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Cuba: resignación, esperanza, ingenio y contraste

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6-05-2016

Esta semana una chica decía en el tren que había que ir a Cuba. Que en cuatro años la isla estará llena de McDonald’s y Starbucks. Puede que ese argumento haya empujado a viajar allí a mucha gente desde que empezó el deshielo en diciembre de 2014. Cuba recibió en 2015 3,5 millones de turistas, una cifra récord que espera incrementar este año. Sólo en enero ya hubo 418.000, otro récord.

Un servidor estuvo allí hace justo ahora un año. Fue un argumento similar el que me empujó a viajar, quería conocer la isla y cómo vivía la gente. Desde entonces, en mi entorno laboral han viajado allí otras seis personas.

Fue fácil constatar que el cambio, si es que lo hay, será lento pese al acercamiento político, la reapertura de embajadas y que se llegue a poner fin al embargo tipificado por las leyes estadounidenses. No parece que vaya a haber otra revolución de signo contrario.

Obama visitó La Habana en marzo. Es un hecho histórico. Ya hay acuerdo para que funcione el correo postal entre Cuba y Estados Unidos, para restablecer los vuelos comerciales y el primer crucero llegó esta semana a la isla. Partió desde Miami.

Granma aprovechó la llegada de la embarcación de la compañía Carnival para recordar que el bloqueo sigue vigente y que no viajan turistas si no visitantes, pues los estadounidenses aún no pueden ir por libre a la isla desde su país, aunque se hayan rebajado las exigencias. Yo conocí a algunos que viajaban desde México o Canadá.

Aun así, la cifra de ciudadanos estadounidenses que han visitado la isla también supone un récord en los primeros cuatro meses de 2016. A la vez hay un repunte de cubanos que intentan llegar a Estados Unidos por miedo a que se acaben los beneficios de los que gozan allí.

Cuando estuve el año pasado no había McDonalds, ni Coca Cola. Pero tenían los restaurantes de la cadena El Rápido, su refresco de Cola y además del planchado, un ron en tetrabrik como los de los zumos o batidos que beben los niños, un ron añejo exquisito, como la mayoría de veces el trato de sus gentes. Era un país muy seguro.

El taxista que me recogió en el aeropuerto de La Habana nos dijo que era temporada baja (mayo) y que parecía agosto por la llegada masiva de gente. Además, advirtió de que la isla no tiene infraestructuras ni alojamiento suficiente para acoger a muchos más turistas, que hacen falta muchas inversiones. Ello lleva a muchos países a acercarse a La Habana para ver si pueden sacar provecho de esta apertura.

Visité varias ciudades y en los 16 días que estuve allí sólo una noche dormimos en un hotel. A lo largo de la isla –no llegamos a Santiago y la parte más oriental– vimos una mezcla de resignación y esperanza. Y de ingenio. Era un país de contrastes. Había quien no tenía ninguna esperanza puesta en los cambios que pueda haber, mientras que otros aseguraban que se iban a hacer de oro y veían la reanudación de las relaciones diplomáticas como su salvación. No importaba la edad. El más entusiasta que conocí se acercaba a los 60 años.

Hablo de ingenio porque vimos que aunque la gente tenía muchas limitaciones en el día a día se espabilaba y salía adelante. Mi compañero de viaje, que vive en Holanda, les decía que eso tenía mucho valor y que el capitalismo sacaría partido de ello y se las apañarían mejor.

Muchos, no sé si por ser nosotros españoles, nos hablaban de fútbol y eran del Barça o del Madrid. Y todos tenían un amigo en España por el que te preguntaban. También hubo quien preguntó por Podemos y hasta algo sabían de la cuestión catalana.

La primera noche, al llegar, hacía un calor bochornoso y fuimos a tomar una cerveza. Una pareja muy simpática y joven se encargó de acompañarnos y de que les invitáramos.  Él era cartero. Ella trabajaba en la industria del tabaco. El sueño de él era irse, adonde fuera. El de ella, viajar por el mundo. Nos pintaron todo muy negro. Otros en cambio, defendían lo que allí tenían reconociendo sus limitaciones y que les faltaban muchas cosas. Recordaban con nostalgia los años en que la URSS ayudaba a Cuba.

Había injusticia, gente legal y limitada por las circunstancias con unas capacidades inmensas. Un joven en Pasacaballos, cerca de Cienfuegos, nos habló de la historia de los mercaderes españoles en Cuba. Era su tesis doctoral, y aunque había accedido a libros y documentos en catalán sobre esta materia, le era imposible encontrar un diccionario para traducirlos. Además de su faceta académica, hacía de guía turístico para ganarse la vida. Hablamos con él varias horas. No aceptó nada, sólo unas cervezas que por la falta de costumbre y quizá por el calor no tardaron en afectarle. Fue la persona con más talento y que más desaprovechada vimos. No era nada ambicioso. Sólo quería poder estudiar más.

También vimos gente que se las apañaba para vivir muy bien. Con internet en casa, con móviles de última generación conectados en red… gente que nos pedía pagar en euros para sus vacaciones en Italia… y que había mucha diferencia entre barrios y entre zonas. En la zona de Viñales jamás tuvimos la impresión de estar en un país que sufre un bloqueo y en el que hay precariedad.


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El lugar donde se erigió la escultura en el Malecón con Galiano, en La Habana


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Escultura en el Malecón de La Habana, a la altura de Galiano. Foto de Efe


Recuerdo otra anécdota. En nuestro segundo día allí vimos mucha gente mirando como un camión hormigonera tapaba un agujero en la avenida del Malecón. Unos días después entendimos la curiosidad de aquella gente. Donde había un boquete dos semanas después se erigía una escultura con motivo de la Bienal de Arte de La Habana.

A veces, Cuba, siempre tranquila, era una caricatura de sí misma. Pero el viaje valió la pena. Dio la impresión de que aunque hordas de turistas visiten la isla Cuba no cambiará, al menos no mucho, ni en los próximos años, aunque muera Fidel, que ya se despidió en el último Congreso del Partido Comunista de Cuba. Quizá, para que sigan llegando los turistas.



Fotos: Iñaki Pardo Torregrosa y Efe.

Iñaki Pardo Torregrosa, periodista

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Cuba Fidel Castro

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