¿Toleramos la corrupción?

En los años en que estrenábamos la democracia, el hoy añorado Juan María Bandrés contó un día, creo recordar que en un encuentro en la redacción de El Ciervo, que su partido Euskadiko Ezquerra tenía un diputado especialista en controlar escrupulosamente la gestión administrativa del gobierno vasco. La búsqueda (y el hallazgo) de errores, arre­glos, irregularidades, incluso supuestas ilegalidades y malas prácticas fue, contaba, una pérdida de tiempo: las denuncias no tuvieron consecuencias, las irregularidades no dejaron de producirse y, además, ni un solo voto costó todo ello al par­tido gobernante ni lo sumó el partido opositor. Lo descubrió Bandrés con tristeza aunque no con decepción, bregado como estaba el combativo abogado en la defensa de causas perdidas.

¿Perdida? Eso se diría, en vista de los buenos resultados que la corrupción ha obtenido en las elecciones generales del 26 de junio. El partido que más pruebas y condenas tiene acu­muladas por ensuciar el que debería ser noble arte de la polí­tica es el único que ha ganado una buena cantidad de votos. Sus representantes, en vez de avergonzarse cuando se les des­cubre, a ellos o a sus compañeros, prácticas deshonestas sacan pecho y se sienten absueltos y bendecidos por el electorado.

Como en el caso de Juan Mari Bandrés, esto es muy triste, pero tan cínico sería no lamentarlo como ingenuo que nos asombrara. La corrupción, ya avisó nuestro amigo, no pena­liza electoralmente. No lo ha hecho durante más de dos déca­das en Valencia, no lo ha hecho en Baleares ni en Catalunya ni en Andalucía ni en Madrid, lugares donde las prácticas corruptas protagonizadas por políticos claman al cielo. ¿A qué se debe esa tolerancia? ¿Por qué los partidos que ponen la regeneración del ejercicio honrado de la política en primera línea de su programa no obtienen mejor resultado que los que se sabe que seguirán actuando como siempre han hecho?

Los políticos nos representan. Son una representación de lo que somos como sociedad. Y no son una casta sino que forman parte del conjunto. Miremos un poco a este conjunto, mirémonos. ¿Las empresas, los empresarios, sus gestores y afluentes están libres de corrupción? ¿Los bancos, los ban­queros y los bancarios? ¿Los negocios que se enseña a hacer en esas escuelas que los llaman business y que no parecen contribuir a la economía del país en la misma proporción que a la de sus ejecutivos? ¿Los sindicatos? Algunos europeos del norte se preguntan cómo es posible que con los índices de paro y la pérdida de derechos sociales que sufrimos en España no haya habido (¡y que dure!) un estallido violento. ¿Es que hay una economía sumergida? Claro: permitida, tolerada y en algún momento estimulada. Como hay paraísos fiscales para que los millonarios practiquen la insolidaridad que les hace ricos. Y a esos morosos que deben más de un millón de euros a Hacienda cada uno y son nada menos que 4.768 (15.000 millones deben en conjunto al país ), ¿por qué se les tolera si se sabe que muchos nunca pagarán? ¿Alguno de los cientos de miles de aficionados al fútbol va a dejar de apoyar a su equipo porque sus estrellas no pagan lo que deben? ¿O se dará de baja algún socio porque su club no contribuye a la seguridad social o especula con tratos de favor de los políticos locales?

Hay formas y grados distintos de corrupción. ¿No es corrupción que miles de manteros vendan productos falsifica­dos, llegados de contrabando, distribuidos por mafias chinas ante la pasividad policial y política mientras los comerciantes que pagan sus impuestos ven bajar las ventas y algunos la persiana? ¿No lo es saltarse las normas de civismo, no respe­tar el mobiliario urbano, los parques, el transporte urbano, la propiedad privada, el descanso de los vecinos, no es una corrupción del sistema que estos comportamientos queden impunes? ¿No es corrupción el abuso de autoridad sobre los débiles y el servilismo hacia los poderosos?

El resultado de las elecciones nos devuelve, aunque algo incompleta, nuestra imagen como país. Esa imagen nos mues­tra hoy que la corrupción se tolera y no es solo política. La hay venial y mortal, como los pecados, y algunos creen que aquí justamente está el problema: los pecados se confiesan y el pecador queda absuelto. Hasta que repite. Bueno: siempre que el pecador devuelva con intereses el dinero robado y cum­pla la pena impuesta, que no debería ser de tres padrenuestros y un avemaría, podemos aceptar el símil y, ya que estamos, meditar un poco si la lucha contra la corrupción no empezará por uno mismo, como se dice de la caridad bien entendida. ¿No deberíamos mirarnos al espejo, preguntarnos si esta no es una cuestión de moral y de salud pública y privada y tomarnos mucho más en serio este problema empezando por la educación de los menores, por la escuela, y siguiendo por la coerción de los mayores?

La regeneración política demanda seguramente endure­cer la ley pero sobre todo poner las condiciones para que su incumplimiento sea socialmente rechazado de manera que el afectado no tenga más remedio que dimitir avergonzado y ni se le ocurra buscar en las urnas la bula que le garantiza absolución sin penitencia. En este número de la revista varios amigos nos aportan reflexiones muy jugosas sobre la toleran­cia: a veces, leemos, lo pertinente es ser intolerantes. Pues sí. Y a veces, como con la corrupción, incluso un poco más que intolerantes: alérgicos de ni acercarnos.

Jaume Boix Director de El Ciervo

Número 764

Julio/​Agosto 2017

>Suscribirse a El Ciervo

>Pedir este número

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad