EDITORIAL

Yo he copiado

Jordi Pérez Colomé

Un amigo periodista me contaba con detalle hace unos días uno de sus temas: los encargados de las webs de descargas ganan mucho dinero a expensas de terceros. Estás páginas funcionan así: cuelgan cientos de películas, series o canciones y millones de usuarios se las descargan gratis en sus ordenadores. Los anuncios que hay en esas páginas pagan algún céntimo por cada visita. Por tanto, sin hacer nada, sus propietarios ganan bastante dinero. Mi amigo quiere que se hable cada vez más de esta trampa. Cree que es un robo a los creadores: millones de usuarios ven y escuchan productos culturales gratis y unos intermediarios se enriquecen sin esfuerzo. Quizá es poner puertas al campo, pero la preocupación de mi amigo parece loable.
Unos días después charlaba con otro amigo informático que trabaja para el periodista. El informático hizo algunos servicios para una gran empresa en la que trabaja el periodista. Cuando llegó la hora de la factura, el periodista le pidió al informático que añadiera 200 euros más a cargo de «futuras colaboraciones». El periodista quería asegurarse así que cuando él –no su empresa– tuviera algún problema informático, que se lo hiciera gratis. Esos 200 euros los pagaba una empresa externa para que él se aprovechara. Me sorprendió la rectitud en lo ajeno y la relajación en lo propio.
España está enfrascada en docenas de presuntos y reales escándalos de corrupción sobre la gestión del dinero ajeno. Hay pocas cosas que se hagan con menos cuidado que gestionar el dinero de otros. En los relatos de estos escándalos echo de menos la aparición de algún funcionario o político que diga: «A mí me ofrecieron 25 mil euros en dinero negro y dije que no». Quizá a quien tantean y ven incorruptible ya no se lo ofrecen. También echo de menos la confesión de empresas que digan: «A nosotros nos pidieron que añadiéramos un 3 por ciento a la factura de tal obra pública y dijimos que no».
Lo sé: qué ingenuo. Nada funciona así. Si una empresa renuncia a añadir ese 3 por ciento se cae del sistema y nunca más aspirará a la obra pública. El tema central de este número es «la justicia desigual». Es aclarador. Algunos jueces quieren llegar a la cúspide y necesitan hoy la ayuda de políticos que les nombrarán mañana; es algo corruptor, pero ley tras ley, los políticos de todos los partidos mantienen leyes similares. Los procesos judiciales están plagados de trampas legales que pueden obstruir el buen trabajo de los funcionarios. Por si fuera poco, según se cuenta en uno de los artículos, cada uno de los 4.900 jueces españoles debe afrontar 2.300 casos al año. Son casi diez casos por día laborable. Es una gran falta de recursos. El sistema favorece a quien tiene más dinero: también sus coches son más seguros y sus opciones médicas, mayores. Pero también sus corrupciones son mayores y salen más en las noticias. La corrupción podría ser menor si todos los que lamentan su aumento en público fueran igual de tajantes con las corruptelas cercanas. Yo he copiado en exámenes. Copié hasta en el examen de matemáticas de la selectividad. En un examen de historia de BUP el profesor me pilló pasando una pregunta. A mí y a la chica beneficiada nos pusieron un «muy deficiente». Luego recuperé, pero no aprendí. Sigo pensando que copiar es un pecadillo de pícaro sin importancia. Años después, en una clase de alemán, el profesor nos hizo este ejercicio: «Vas con un amigo en un coche a 70 por hora. Él conduce. El límite es de 50.
Atropelláis a una persona. Llega la policía y os pregunta a cuánto íbais: ¿Qué decís?» Toda la clase escribió en un papelito: «50». El profesor confirmó su teoría: «Siempre que lo hago en España, sale 50. Siempre que lo hago en Alemania, sale 70″.
En Estados Unidos, no sé ya quién me lo contó, copiar está mal visto. La sociedad no lo admite, o lo admite peor. Nosotros no. En el próximo ciclo electoral americano se presentarán tres políticos –Mark Sanford, Anthony Weiner y Eliot Spitzer– que tuvieron escarceos sexuales reconocidos con amantes, prostitutas o jovencitas por internet. Por las encuestas, los votantes les han perdonado algo. Pero es más raro que vuelvan políticos acusados de malversar fondos públicos. Es otro nivel de corrupción o errores. En julio estuve unos días en Castellón para participar en un curso de verano. El aeropuerto de la provincia se ha hecho famoso por su inversión y poco uso. Allí cerca estaba también la ciudad de Marina d’Or a medio construir. Los profesores locales nos contaron que en Castellón ocurría este raro fenómeno: después de san Juan la ciudad quedaba vacía porque el 80 por ciento de los habitantes se iban a la casita de la playa –en Benicássim, en Grao– a 15 minutos en coche. También nos dijeron que el aeropuerto no era el mayor dispendio en la comunidad; hay muchos más. Aún así, el Partido Popular puede ganar en las próximas elecciones valencianas; no se ha hundido. La corrupción en una región vecina parece mayor vista desde fuera. Desde cerca, por algún motivo, no es tan terrible. Pero no: toda la corrupción es terrible. El primer paso es reconocer que todos hemos copiado y que es trampa. Yo he copiado, pero espero enseñarle a la próxima generación que copiar es malo y no sirve a nadie.

Número 765

Septiembre/​Octubre 2017

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