La foto y los parches

La foto influyó, sin duda. La imagen del niño sirio Aylan muerto en la playa conmovió, llenó de tristeza, ayudó a movilizar a la buena gente europea y a abrir esas murallas que no defienden sino que ofenden. Y empujó a los dirigentes a trabajar en la elaboración de un programa de asilo, acogida y protección a refugiados y a inmigrantes.

La foto del pobrecito Aylan ayudó a desencallar la burocracia europea, a desenmascarar los egoísmos nacionales y a desatar una oleada de solidaridad del mismo modo que en su tiempo la imagen tremenda de Kim Phuc, la niña vietnamita que corría desnuda abrasada por el napalm acrecentó el clamor contra la guerra. Kim Phuc sobrevivió y hoy es dentista en Canadá, embajadora de la Unesco y está al frente de una fundación de ayuda a los niños víctimas de guerras que Aylan, su hermano y muchos miles más no han podido recibir.

Estas imágenes son ya un símbolo y eso hace más incomprensibles las dudas sobre la pertinencia de publicarlas que sobrevinieron a los responsables de muchos medios de comunicación (una mezcla extraña de buena y mala conciencia, lo que podríamos llamar mal periodismo de buen corazón). Algunos diarios llegaron a no publicar la imagen para no herir la sensibilidad de sus lectores sin caer en la cuenta de que mientras los consejos de redacción debatían este dilema moral la gente se movilizaba ya y gritaba –de nuevo– ¡basta ya! En primer lugar porque a través de las redes sociales la foto había escandalizado ya a medio mundo y en segundo, porque lo que había empezado a herir de veras la sensibilidad del público fue una imagen de días antes: la del ministro del Interior alardeando de no haber cedido a la pretensión europea de acoger en España a 4.288 refugiados: solo 1.300, dijo, ni uno más ni uno menos. La gente no daba crédito a que un regateo de tamaña mezquindad pudiera producirse al mismo tiempo que veía, alarmada y avergonzada, las imágenes brutales de Hungría, de Grecia, de Turquía, del mar.

Lo que hizo la foto de Aylan fue colmar el vaso. La gente dio la espalda al Gobierno y buscó los lugares donde ayudar. Los ayuntamientos de Barcelona, Madrid, Zaragoza, Santiago, La Coruña, Pamplona, Cádiz y Badalona, con alcaldes de la nueva generación recién salidos de las últimas elecciones, reaccionaron con sensibilidad y prontitud y pusieron en marcha una red de ciudades refugio a la que se han sumado muchas más sin hacer caso a las advertencias del Gobierno: «Con parches esto no se arregla», dijo el presidente Rajoy, pero no tuvo más remedio (a tres meses de las elecciones) que rectificar y declararse, ahora sí, firme partidario de aceptar la cuota que diga Europa: 15.000 asilados. O más, lo que haga falta.

Jaume Boix

El artículo completo está disponible en la versión en papel de El Ciervo

Número 761

Enero/​Febrero 2017

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