La democracia se aprende

Como les presumimos tan conocedores de las vicisitudes que acontecen en el Parlament de Catalunya como del talante de esta revista, que es la suya, creemos que bastará decir que en absoluto puede sernos grato el espectáculo de un dirigente político que sin siquiera tener los votos para ser presidente pretende proclamar la independencia de Catalunya y la república catalana, nada menos. Y con el 47,8 por ciento de los votos de sus conciudanos, nada más. Caramba. Parece que el señor Artur Mas, protagonista principal de estos sucesos, está pidiendo a gritos que se le inmole en el ara del sacrificio, salida que tal vez cree más honrosa que un discreto mutis por la puerta trasera del foro, que es lo que aconseja el sentido del ridículo tan caro al catalanísimo seny.

Hay, en cambio, un aspecto colateral de estos episodios nacionales que nos ha llamado de otro modo la atención. Quizá lo habrán leído: Lluís Llach votó en contra del “Inicio del proceso de creación del Estado catalán independiente en forma de República”, que así se intitula la resolución famosa también conocida como de la desconexión. Llach se equivocó. Es decir, votó No por error. Lluís Llach, conocido excantante, ahora es el diputado por Girona Lluís Llach i Grande, ilustre señor, que se estrena con la amalgama Junts pel Sí. Al ser nuevo en el oficio, se comprende que sufriera una confusión, máxime si se tiene en cuenta el torbellino de emociones que debían de embargarle en el momento histórico de decidirse por un sí o por un no (también tenía la opción de abstenerse, lo que complica más si cabe la operación). Su error quedó compensado por el de la diputada popular Esperanza García, que es menos popular que Llach pero lo es más porque es diputada del PP. La ilustre señora García votó que Sí, adelante con la desconexión y que salga el sol por Antequera. De manera que el resultado no se movió: la mitad de la cámara menos cinco, contando a Lluís Llach, No; la mitad de la cámara más cuatro, contando a Esperanza García, Sí. Resolución aprobada.

Esta anécdota venial nos parece ilustrativa de algo en que a veces no reparamos: a votar se aprende. La democracia se aprende. A ser diputado se debe aprender. Hay unas normas, unas reglas, unos hábitos, unas formas y hasta unos botones que accionar cuando el jefe del grupo levanta el dedo. Para elegir a los diputados también hemos tenido que aprender todos los demás: hay que empadronarse, ser mayor de edad, tener el DNI en regla, comprobar que estás en el censo electoral y si te toca ser presidente de mesa, aguantarse y cumplir.

Como cualquier joven que tiene la suerte de conseguir un trabajo y descubre el primer día un mundo nuevo, los diputados debutantes deben aprender. Los jóvenes, especialmente si su trabajo es cara al público, deberán esmerarse, vestir de una manera, poner buena cara, comportarse. Los diputados no tienen que cumplir tantos requisitos, parece, quizá porque su trabajo no es cara al público y los parlamentos tienden a convertirse en una especie de peceras. Así vemos a diputados que, sin dejar de ser ilustres, descuidan la indumentaria y aparecen en el estrado ya sea con camisetas, tejanos rajados y sandalias de pescador ya sobrecargados de brillantina o embutidos en trajes más apropiados para una boda. Si los diputados se vieran obligados, como en el Reino Unido, a mantener un contacto regular y directo con sus representados, si conocieran a quien desean convencer de que les vote, entonces vestirían quizá no con corbata pero con más esmero.

Estas cosas deberán aprenderlas los diputados noveles, sobre todo los que creen que la democracia es un hecho biológico, un derecho natural o un don divino y que ellos son sus profetas. O los que, como Llach, han mostrado poco interés por los trámites más prosaicos de la política: durante la campaña, respondió a preguntas sobre el programa electoral que no tenía “ni idea” y, ya diputado, se deja ver en el salón de plenos con un gorro encasquetado, lo que no debe de ayudarle a mantener la cabeza fría, dado el estado de ebullición en que vive el Parlament. Quizá por eso se equivocó al votar.

La democracia no se aprende proclamándose a todas horas demócrata y negando esta condición a los demás. Más bien se aprende practicándola y entendiendo que su esencia está en su formalidad. Es decir, cumpliendo las reglas, las leyes, no saltándose las que no gustan sino cambiándolas mediante los procedimientos que garantizan su validez y nos protegen de abusos y arbitrariedades. La democracia se practica discutiendo amistosamente, negociando, cediendo, pactando, escuchando a quienes defienden posiciones contrarias, buscando el entendimiento y la manera, siempre, de evitar lo contrario de la democracia, que tantas veces hemos conocido en la historia: la confrontación y la imposición. La democracia no es la panacea ni el paraíso ni Jauja y el Parlamento es un lugar generalmente aburrido, aunque al principio puede no parecerlo. En el Parlamento uno puede hablar con absoluta libertad –y eso es lo que conviene– pero cuando le dan la palabra. En el Parlamento se elaboran las leyes y se aprueban con los votos, pero pulsando el botón adecuado. Igual que el joven aprendiz, los diputados descubren, al llegar, un mundo. Pero es un mundo que ya estaba aquí y que, con su organización, sus formas, sus normas y su continuidad, ha hecho posible que los nuevos representantes se sienten en los viejos escaños.

Jaume Boix Director de El Ciervo

Número 761

Enero/​Febrero 2017

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