El abrazo

Juan Genovés empezó a pintar El abrazo en el lejano 1973 pero recuerda bien qué le inspiró: el alborozo de unos niños a la salida del colegio. Él pintó adultos, de espaldas, sin rostro y sin color pero con el calor de los que corren a abrazarse. Como los niños al dejar las aulas, sus padres en la pintura parecen expresar un jubiloso alivio o liberación.

Genovés tenía el cuadro en su taller cuando miembros de la Junta Democrática le pidieron una imagen para la campaña por la amnistía. Les mostró la pintura de unas manos entre rejas, pero parecía demasiado obvia. Entonces alguien se fijó en esta gente abrazada. Fue una buena idea convertir el cuadro en cartel. Funcionó, se agotó pronto y más adelante se reeditó para sufragar con su venta los primeros gastos de la naciente sección española de Amnistía Internacional. Los que vivieron la Transición fueron asociando, entre otras, esa imagen a la lucha por la libertad no solo de los presos sino la de todos. Y así El abrazo se fue convirtiendo en un símbolo.

El abrazo de Genovés ha sido, como saben, colgado en el Congreso de los Diputados junto a los de los jefes del Estado constitucionales, los de la República y los de la Monarquía. Queda allí para representar la voluntad de concordia de los ciudadanos y el entierro, o al menos su deseo, de las dos Españas que habían de helarnos, una u otra, el corazón. La Transición como un abrazo. Muy bien.

La idea es bonita y más amable que otras formas de representación que también cabrían. Por ejemplo, en sentido contrario, serviría el tremendo Duelo a garrotazos de Goya como símbolo de lo que nunca hay que hacer y tantas veces hemos hecho. De modo parecido a cómo el áspero recordatorio de los desastres de la guerra que es el Guernica de Picasso se ha convertido en un símbolo de paz, así podía La riña de Goya con esos cuerpos desquiciados por la lucha a muerte avisar de lo que los ciudadanos nos prohibimos al optar por la razón, el derecho y las leyes que nos protegen porque emanan del Parlamento soberano.

Es mejor quizá y va más con nuestro tiempo el optimismo levantino de un abrazo que el salvaje fresco que pintó el afrancesado Goya con justificado pesimismo camino del exilio ante el triunfo del absolutismo y las cadenas. No querían, los que se fueron, ser súbditos sino ciudadanos, condición a la que no llegamos hasta que decidimos por fin abrazarnos y abandonar los garrotes. El marco de este cuadro de Genovés se llama Constitución. Al aprobarla, los españoles nos constituimos, digamos, en abrazados. Bien está que así sigamos, siempre que tomemos el abrazo como la manera figurada de entendernos y procuremos que no nos asfixie o nos impida ver el panorama. Pensemos que de aquel abrazo van a cumplirse 40 años. Han sido las cuatro décadas de mayor progreso y libertad que ha conocido este país. Un éxito, de acuerdo. Pero el marco del cuadro ha sufrido en este tiempo bastante desgaste y parece que una gran falta de mantenimiento mientras la población ha crecido, se ha multiplicado y se ha renovado. Hoy son ya mayoría las generaciones –entre ellas la del actual jefe del Estado, el rey Felipe VI, que entonces era un niño de 8 años– a las que el abrazo de 1976 puede sonar tan exótico como el de Vergara. No pueden sentir, ante el cuadro y ante el marco, la misma emoción que experimentan sus padres o abuelos, que lo reconocen como parte de su memoria, como algo suyo. Es lógico que así sea: para que la Constitución perdure y sea vigorosa conviene que los ciudadanos la sientan como propia, que la comprendan para ser comprendidos en ella.

Las últimas elecciones han mostrado un aumento de las voces y los votos que expresan descontento y piden cambios: son los que más padecen las injusticias del presente y sienten mayor desamparado. Los jóvenes, sobre todo: tienen más futuro por vivir y más incertidumbre que nunca en el horizonte. Viven en un estado de malestar. No es peor que el de entonces, pero se nota a faltar algo en este cuadro: “Entonces había ilusión, alegría, risas, solidaridad y una gran fraternidad. Hoy en día no encuentro esa alegría por ninguna parte, hay desconfianza hacia todo lo que es político y hacia el político”, ha dicho Juan Genovés con mucha razón. ¿Podría recomponer hoy la pintura? El pintor cree que sí, que el abrazo también hoy es posible. Claro que lo es, y también muy necesario. Pero no caerá del cielo.

Algo hay que hacer ya para abrazar a estas nuevas generaciones. Hay que restaurar, con ellas, el marco de bienestar que se está rajando y tiene claras grietas. Hay que emprender reformas: abrir, ventilar, pulir, ampliar y no quedarse en una capa de barniz o empecinarse en el inmovilismo. Hay que moverse para dejar paso. Y sitio. Hay que poner al día el marco de nuestra convivencia para que siga sirviendo mejor y por muchas más décadas. Ya parece que quedan pocos que defienden aquella fea forma de contumacia, “sostenella y no enmendalla” tan rancia y abusiva. Y tan manifiestamente equivocada, cuando –véase los Estados Unidos, por no salir de casa– precisamente son las enmiendas uno de los puntales que sostienen la Constitución. Hay que ponerse a trabajar y cuanto antes mejor para invertir los términos y hacer posible un nuevo abrazo. Enmendarla para sostenerla.

Jaume Boix Director de El Ciervo

Número 765

Septiembre/​Octubre 2017

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