Juan Rulfo, cien años de soledad

Se cumple el 16 de mayo el centenario del nacimiento de Juan Rulfo (19171986), el gran escritor hispanoamericano que revolucionó la novela contemporánea al publicar en 1955 Pedro Páramo. Nacido en Apulco, una pequeña localidad cercana a Sayula, en el estado de Jalisco, la realidad campesina que vivió en su infancia le sirvió de inspiración artística en las dos facetas en las que destacó: la literatura y la fotografía.

La aparición de El Llano en llamas en 1953 marcó el inicio de su consagración como escritor. La temática rural de la colección de cuentos y la ambientación de algunos de ellos en el contexto de la Revolución mexicana encajaban con la tradición realista que había dominado el panorama narrativo en las décadas anteriores. Sin embargo, estos cuentos de Rulfo ofrecían novedades sustanciales desde la perspectiva de la técnica (el papel del narrador, la complejidad de la estructura narrativa) y, de manera muy llamativa, en la calidad estética de su lenguaje literario, algo que puede apreciarse igualmente en el resto de sus textos. Ambos elementos –técnica narrativa y lenguaje– constituyen la sólida base sobre la que se erige una literatura comprometida con el ser humano. La protesta, más que expresada directamente, subyace al mostrar esa humanidad desgarrada por la violencia y la soledad. Rulfo evidencia su voluntad de examinar una realidad que necesita ser transformada pues, aunque su visión sea totalmente negativa, su misma actitud crítica supone en el fondo una confianza en que tal realidad cambie.

Dos años más tarde de la publicación de su colección de cuentos se editó su novela Pedro Páramo (1955). Es difícil encontrar, en el marco de la novelística hispanoamericana, una obra que haya suscitado tal cascada de elogios y una veneración semejante, lo que no resulta extraño, dado que definió en gran medida el nuevo camino que adoptaría la narrativa mexicana e hispanoamericana. Su compleja estructura narrativa y la superación de los tópicos temáticos anunciaban el advenimiento de lo que poco tiempo después se denominó “nueva narrativa hispanoamericana” o “narrativa del boom”. El mundo fantasmal que la novela presentaba ponía a prueba los criterios racionalistas del lector, que se veía obligado a aceptar una realidad en la que la vida y la muerte no estaban separadas por la estricta frontera que nos permite ahuyentar nuestros temores ante lo desconocido. En consecuencia, Rulfo necesitó utilizar una estructura no tradicional –la novela no tiene capítulos, sino “fragmentos”, 69 en total– que le permitiese combinar historias de vivos y difuntos, la narración de sucesos sometidos a la temporalidad de la realidad y la invención de un mundo que sigue “vivo” después de la muerte.

Pedro Páramo relata una historia centrada en un pueblo cuyo nombre ha pasado ya a la mitología literaria: Comala. A él acude Juan Preciado buscando a su padre, Pedro Páramo, al que no ha conocido, en un viaje que tiene su esencia en el hecho de ser una búsqueda de la identidad. Solo que cuando llega se encuentra con un lugar deshabitado, lleno de fantasmas, ánimas en pena de los que allí vivieron. A lo largo de su recorrido por Comala tendrá ocasión de conocer, a través de las conversaciones con esas ánimas en pena, el pasado colectivo de Comala y la historia de Pedro Páramo, el cacique que tanta importancia tuvo para que el pueblo se convirtiese en un mundo de muertos. Pedro Páramo tiene un intenso carácter simbólico. Sus personajes aspiran a ver realizadas sus respectivas “ilusiones”, pero ninguno de ellos logrará su propósito. Víctimas y verdugos coincidirán en su condena a una soledad que traspasa la frontera de la muerte. Pedro Páramo se convertiría en modelo para la nueva generación de narradores hispanoamericanos que comenzaban ya a consolidar una de las épocas de mayor brillantez de la literatura hispanoamericana.

La publicación, en marzo de 1980, de El gallo de oro fue un acontecimiento literario mucho menos celebrado de lo que cabía esperar, si se tienen en cuenta las expectativas que el propio autor había ido alimentando sobre nuevos textos que estaba escribiendo y que vendrían a paliar el ya largo silencio mantenido desde la publicación de Pedro Páramo. Con la perspectiva que da el paso del tiempo, hoy se puede considerar que el planteamiento de la edición de 1980 no fue muy acertado, pues, al vincular la obra a un proyecto cinematográfico y publicarla junto a otros textos del autor –estos sí, guiones y argumentos para el cine – , se la marginaba del ámbito literario. Por otro lado, la aparente desvinculación de Rulfo respecto a la edición no hizo sino añadir más incertidumbre. El gallo de oro, texto redactado por Juan Rulfo entre 1956 y 1958, aunque por su extensión podría entrar en la categoría de “novela corta”, merece el calificativo de “novela” por su densidad temática. Su entidad literaria ha de situarse en el mismo nivel que sus cuentos de El Llano en llamas y Pedro Páramo, obras con las que forma una especie de trilogía en la que Rulfo volcó su singular y trascendente capacidad creativa en la década de los años cincuenta. La unidad de El gallo de oro con el resto de la obra literaria de Juan Rulfo se constata porque de nuevo están presentes en esta novela los grandes temas de sus obras previas, a pesar de la anecdótica ambientación de las celebraciones festivas populares, algo que se relaciona con la trama desarrollada por los protagonistas de la novela.

Desde que en 1980 se descubrió que la afición de Rulfo a la fotografía era, en realidad, una manifestación artística de suma importancia (de manera bastante casual, se realizó una exposición de unas cien fotos suyas con motivo de los actos de homenaje que en ese año se le tributaron en el Palacio de Bellas Artes de México), han sido muchas las exposiciones de su obra que han podido verse en diversos países y, también, numerosos los libros que la han reproducido. Hoy puede afirmarse que en el campo de la fotografía tiene un lugar importante que debemos desligar de su fama literaria. La abundante bibliografía sobre esta faceta del escritor ha permitido descubrir, además, las confluencias temáticas con su narrativa.

Su afición por la fotografía se inició muy pronto y de ella quedaron testimonios en imágenes de Apulco y San Gabriel, correspondientes a los años treinta, pudiéndose establecer una continuidad en su actividad fotográfica a lo largo de los años cuarenta, un punto álgido en los cincuenta y un progresivo abandono en los años siguientes, aunque se prolonga hasta los ochenta. En todos los casos se trata de fotografías realizadas desde una perspectiva artística.

Rulfo fotografió multitud de escenarios rurales en los que el protagonista es el ser humano. Calles solitarias de pueblos, iglesias, caminos, bardas, casas, tianguis y mercados, imágenes unificadas por la presencia de un niño, de un hombre, de unas mujeres. El resultado es una imagen del mundo rural mexicano complementaria de la que el lector puede obtener en su obra literaria. En ambos casos, fotografía y literatura, el documentalismo queda transcendido por la presencia de valores universales que el lector-​espectador debe estimar en una escala simbólica conforme al sistema connotativo propio del arte. Al igual que en su literatura, el compromiso de su fotografía se fundamenta en una realidad social muy definida: indígenas y mestizos que han sido excluidos de una sociedad moderna y que son símbolo de un abandono y de una marginación seculares. Como en sus libros, Rulfo radiografía el final de un mundo rural que mira hacia el pasado, pero cuya memoria debe ser el espejo en el que las generaciones futuras puedan mirarse para no cometer los mismos errores.

Juan Carlos González Boixo es catedrático de Literatura hispanoamericana en la Universidad de León.

Número 765

Septiembre/​Octubre 2017

>Suscribirse a El Ciervo

>Pedir este número

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad