El mundo por sorpresa

Es algo realmente asombroso: parece que el mundo ha decidido coger por sorpresa a todo el mundo. De pasmo en pasmo, sobresalto a sobresalto, no paramos de sorprendernos a nosotros mismos ni de quedarnos con la boca abierta ante el espejo. ¿Cómo es posible? Lo que está pasando y lo que estamos haciendo. Ahora Trump, como una aparición en diferido de este Halloween tan celebrado por los jóvenes que parece anunciar la pronta defunción de nuestro Día de los Difuntos. Los zombis, los monstruos, los vampiros, los extraterrestres, los invasores, los superhéroes empiezan a estar demasiado vistos, los viejos freaks han ido dejando su especialización en el horror, se han hecho simpáticos, los llamamos amigablemente frikis y quien más quien menos tiene, y se alegra, uno próximo. Toda esa tropa de seres delirantes que el negocio de los sueños ha puesto a acompañar la vida de millones de personas está perdiendo su capacidad de sorprender, atrapada en las redes y exprimida hasta las últimas gotas con best sellers, series, cine, tebeos, disfraces, muñecos o videojuegos. La familiaridad, esa natural desenvoltura y confianza con que están siendo asimilados, los deja fuera de juego, porque la sorpresa pide novedad, imprevisión, extrañeza. O engaño. De manera que el mundo tenía que dar un paso más para sorprender al mundo y de ahí viene el invento de los reality shows. Fantasmas reales, zombis sin careta, el monstruo en bruto, desnudo, sin vergüenza. Trump.

La vaga esperanza que nos queda es que, obligado a mantener la lógica de la sorpresa, el personaje no tenga más remedio que rizar el rizo y en un asombroso más difícil todavía se convierta en una persona más razonable. Difícil parece, pero algo parecido vimos con Ronald Reagan. En 1980, poco antes de su primera victoria parecía que estábamos a las puertas del apocalipsis y que si ganaba aquel (subestimado) vaquero de Hollywood, la guerra atómica era cuestión de días. Ahora se dice: es que Reagan tenía experiencia como gobernador de California y el partido republicano detrás. Pero de esto nadie hablaba entonces. Es decir que puede haber un poco de exageración al juzgar antes de hora a Trump, más por sus dichos que por sus hechos, y un exceso de benevolencia al juzgar a posteriori a Reagan. Porque si bien este no pulsó el botón nuclear y forzó la caída del muro de Berlín y la derrota de la URSS, su reaganomics fue efectivamente un desastre y las consecuencias de su revolución neoconservadora las estamos viviendo todavía hoy: una de ellas es Trump, un multimillonario hecho a base de ladrillo, casinos, manejo de las finanzas, mínimos impuestos, engaños, demagogia y obscena exposición televisiva. Este fenómeno va a gobernar la primera potencia mundial por deseo expreso de sus conciudadanos. Ya ocurrió en Italia no hace tanto y los comentaristas coinciden en que esto va a ir a más en todas partes y que es un mal síntoma. Lo que no está tan claro es de qué. Por eso, además de preocuparnos, algo habría que hacer antes que resignarse. Y lo mejor, sin duda, es hacer política. Hillary Clinton y el presidente Obama dieron en caliente un ejemplo de frialdad y una gran lección de convicción y respeto democráticos. También Trump pareció moderarse en su primer discurso.

Así está el mundo al final de este año en que nuestra revista ha cumplido 65. En este número de cumpleaños hemos querido hablar de la juventud (no de la nuestra, sino de la actual) y hemos pedido a unos cuantos amigos y a los columnistas habituales qué ha sido y es para ellos El Ciervo. Damos las gracias a todos los que están y pedimos disculpas a los que son y no han podido estar. Animamos también a los lectores a mandarnos su opinión sobre esta efemérides que, modestia aparte, nos sigue manteniendo como la revista de pensamiento y cultura más veterana de España. Esto es algo que no puede sorprender a los lectores asiduos y sí tal vez a los nuevos. En cambio lo que seguramente no sorprenderá a los jóvenes y a los veteranos puede parecerles raro es nuestra portada. Sin titulares. Vemos letras, palabras sueltas, mensajes a medias, frases inconclusas, versos libres, guarismos, imágenes… En estos 65 años las calles han cambiado mucho. Donde había tiendas con sus toldos y rótulos como Expendeduría de Tabaco, Colmado o Ultramarinos ahora hay edificios impersonales, poco sol, menos calma y una lluvia de mensajes, efímeros y cambiantes, de imposible digestión. Mucho ruido para entendernos. Demasiados twitulares. De modo que –nos sugirió Mariscal– ¿por qué no pedir a los posibles lectores ocasionales atraídos por un título la misma confianza que nos otorga el suscriptor, que recibe la revista independientemente de lo que esta exhiba en su portada? Nuestro título es El Ciervo. Debería bastar. Nos gustó la idea y esta bella sugerente portada en la que uno puede entretenerse con mirada limpia y corazón abierto viene a decir: aquí seguimos, a nuestro aire. Somos el Señor del Caballito y en la jungla virtual llena de redes y otras trampas aquí estamos, como siempre, aguantando con buen ánimo lo que caiga, dispuestos a ver, a escuchar, a compartir y a aprender de las sorpresas que da la vida.

Jaume Boix Director de El Ciervo

Número 761

Enero/​Febrero 2017

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