Cuando yo era pequeño y el mundo era una caja llena de soldados de goma o un mazo de estampas de colores, mi padre me leía en voz alta a Rubén Darío, pero no declamándolo al viejo estilo, sino teniendo en cuenta que yo era un niño y que jugábamos a que él me recitase poemas. Nunca olvidaré aquellas lecturas. Por ellas me enteré de que había caballeros capaces de vencer a la muerte, de que las hadas podían llenar copas repletas de felicidad y de que las mujeres más bellas perdían la cabeza por los héroes más fieros. Por ellas también supe que la poesía debe cumplir con ciertas normas para serlo, que no basta con repartir la prosa en renglones para hacer poesía. Todo eso lo aprendí en Rubén y no se me va a olvidar nunca.

Me sigue pasmando hoy, un siglo después de la muerte de Rubén Darío y sesenta años después de que mi padre me lo recitara por primera vez, esa preciosa amalgama de los sentidos que es el poema de Cantos de vida y esperanza “Marcha triunfal”, escrito en la isla de Martín García, en el Río de la Plata, a algo más de 40 kilómetros de Buenos Aires, durante la primavera (otoño austral) de 1895. Su mismo autor nos dice de esa pieza en Historia de mis libros (Managua, 1988) que es «un “triunfo” de decoración y de música». Hay quien defiende que el tema se lo dio una representación de la Aida de Verdi; otros hablan del recuerdo de un desfile militar en París; yo prefiero pensar que Rubén dio rienda suelta a los sentimientos épicos que lleva dentro todo gran poeta y que quiso mostrar en su “Marcha triunfal” el lado vibrante y glorioso de cualquier victoria militar.

Pasó el tiempo, y leí otras muchas veces a Rubén Darío. De cada lectura surgía una voz diferente. Una voz importante para mí, que crecía conmigo, que me daba malos consejos cuando empecé a salir con chicas, que me relajaba después de un examen, que sonaba a cielo en mis éxitos, que me acompañaba al infierno de mis sucesivas derrotas. Una voz que ahora, a los sesenta y cinco años de mi edad (voy superando, a día de hoy, en dieciséis años a Rubén, que falleció a los cuarenta y nueve), está repleta de tristeza, y no porque yo esté más triste que antes, sino porque es ahora cuando me doy cuenta de lo terriblemente triste que fue el paso de Rubén por este mundo, pese a la pedrería resplandeciente de sus versos, que tapizaron de belleza su desolado medio siglo de vida.

El hombre que invirtió en Baco y en Venus la mayor parte de su existencia es, para mí, el poeta más importante que ha escrito en lengua castellana desde Sor Juana, Lope, Góngora, Quevedo y Bécquer. Libros como Prosas profanas (1896 y 1901) y, sobre todo, Cantos de vida y esperanza (1905) se me antojan hitos inigualados en nuestra poesía contemporánea. Sin Rubén, ni los hermanos Machado ni Juan Ramón Jiménez hubieran sido tan geniales. Precisamente a través de ellos se prolonga Darío en las generaciones posteriores. En lo que atañe a la mía, llamada generación del 70, del 68, de los Novísimos o del lenguaje, Darío cuenta con un intercesor tan valioso como Pedro Gimferrer. Yo mismo descubro con frecuencia en mi poesía la huella inmortal de Rubén. Toda la poesía española actual que me interesa tiene que ver con Rubén Darío.

Luís Alberto de Cuenca es filósofo y poeta. Premio Nacional de Poesía.

Número 764

Julio/​Agosto 2017

>Suscribirse a El Ciervo

>Pedir este número

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad