Guerra y paz

En el viaje que está llevando al mundo a la tercera década del siglo XXI vamos a entrar en una zona de turbulencias. Donald Trump se ha hecho con el mando y desde la cabina ordena: ajústense el cinturón y que nadie se mueva. La irrupción en la escena mundial de este demagogo es una mala noticia. Tan solo llegar y ya se ha pronunciado, y escrito, la palabra guerra. Y ha sido en China, atención, donde primero se han apresurado a responder al piloto que aprenda a evitar las borrascas porque no todos van a permanecer atados a los asientos más tiempo del razonable. También Europa se ha puesto en guardia ante las intempestivas declaraciones del nuevo comandante, impropias de un aliado: no esconde el propósito de debilitar la Unión, anima a los países miembros a abandonarla, critica la OTAN y proclama su admiración por el gobierno de Putin que representa lo contrario de los valores que con tanta dificultad hilvanan la frágil trama de la democracia y los derechos civiles y sociales en la Europa libre. El ex primer ministro francés Manuel Valls respondió indignado que eran declaraciones “de guerra”. De nuevo esa palabra.

Habrá que ver hasta qué punto al ladrador se le va la fuerza por la boca pero en cualquier caso la trágica experiencia histórica europea del siglo pasado debería servir de vacuna e impedir que otro grotesco bravucón acabe mordiendo de verdad. Quizá la amenaza que representa Trump sirva para que los europeos tomemos mayor conciencia de la necesidad de reforzar los valores de nuestro proyecto común, que es un hermoso ejemplo de convivencia en permanente construcción.

Donald Trump ha venido a sustituir a Barack Obama pero no a sucederle en el sentido de tomar el relevo. No solo no va a gestionar la positiva herencia de Obama sino que se jacta y promete romper con ella. Lástima grande. Porque Obama ha sido un buen presidente y ha demostrado ser un hombre bueno. Se va con el Nobel de la Paz, un galardón que suele ser cuestionado, pero es verdad que el mundo le va a echar de menos. Ya lo hace. Las quizá exageradas ilusiones que suscitó su llegada a la Casa Blanca –ahí estaban hace ocho años Pete Seeger y Bruce Springsteen cantando el más bonito himno del pueblo americano, This land is your land– se han cumplido solo a medias. El viejo Seeger murió, el boss sufre depresiones, el sueño ha terminado y el dinosaurio sigue aquí, bramando amenazante y ensoberbecido. Pero no es muy sensato considerarse decepcionado ante la extensión de la cobertura médica a millones de personas que no la tenían, las nuevas relaciones con Cuba e Irán, el compromiso de reducir las emisiones que afectan al cambio climático, el descenso del paro. El balance de Obama, pese a Guantánamo, al desastre de Siria, al racismo, a la venta de armas es positivo. Deja su país mejor de cómo lo encontró. Y también el mundo, a pesar de estas turbulencias en las que entramos. Las dudas se despejan solo con preguntarnos si no preferiríamos que a los mandos de la nave estuviera Obama en lugar de Trump.

Ahora bien: no todo es Trump. Trump es la mala noticia y por eso se habla tanto de él, porque el periodismo decidió que las buenas noticias no son noticia y viceversa, no news good news. Sin embargo, eclipsada por la trompetería del bramante se produjo en este inicio de año una muy buena noticia: Antonio Guterres juró en Nueva York su cargo de nuevo secretario general de la ONU. Si con Trump se ha hablado ya de guerra, la primera palabra que pronunció Guterres fue paz. Antonio Guterres, buen conocedor de los desastres de la guerra desde su puesto al frente de ACNUR en los últimos diez años, marcó en su primer discurso esta prioridad principal de su mandato: construir una diplomacia de la paz con la misión de encontrar soluciones pacíficas a los conflictos. Porque los conflictos, recordó Guterres, “solo dejan perdedores”. A veces esto se olvida y el resultado es que “la paz es, por desgracia, la gran ausente de nuestro mundo”. De manera que Guterres llamó al mundo a unirse por la paz. Unámonos, pidió, y los representantes de los 193 estados miembros, todo el mundo, aplaudieron puestos en pie.

¿Qué posibilidades hay de que estos aplausos se conviertan en realidades? Pues la verdad es que pocas. El mismo Guterres dice que no cree en milagros, tal vez porque desde su militancia católica progresista ha visto cómo siempre hay alguien luchando detrás de los milagros, y sabe que le costará mucho impulsar las reformas para que la ONU, si no puede llegar a ser el gobierno del mundo que muchos desearíamos, sea por lo menos un organismo más eficiente y decisivo. Guterres llama a trabajar con los pies en el suelo y a no creer en soluciones milagrosas y fáciles, justo lo contrario de Trump, que promete soluciones fáciles a problemas difíciles. Es la razón contra la insensatez, responsabilidad frente a frivolidad, verdad contra mentira, acuerdo frente a discordia. Antonio Guterres ha llegado en silencio con la atención mínima de los medios, embebidos y se diría que excitados por el estruendosa cabalgata de Trump y su banda de aguerridos millonarios. ¿Podrá Guterres, es decir el mundo, frenar y reconducir el galope desbocado de Trump? Aunque esta no sea su misión, sí puede ser nuestra esperanza. Guterres no tiene más poder que la palabra. Puede parecer que no es mucho, pero no es poco. Fue el primero y principal, según quedó escrito: en el principio era el verbo. O la palabra.

Jaume Boix Director de El Ciervo

Número 761

Enero/​Febrero 2017

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