En estas páginas analiza el papel que está desempeñando Francisco y destaca su vocación social, la nueva forma de ejercer el papado, el modo de ver la estructura de la Iglesia y su liderazgo espiritual en el ámbito internacional.

El 13 de marzo de 2013 fue elegido Papa el cardenal argentino Jorge M. Bergoglio Sívori, tras el gesto de humildad de Benedicto XVI de renunciar por falta de fuerzas. Desde su primera aparición en el balcón de la Basílica, cuando se creó un elocuente silencio entre él y la multitud, todos intuimos que se iniciaba un nuevo período en la historia de la Iglesia.

La biografía oficial es conocida: argentino de padres italianos, educado en la fe por los Salesianos, formado humanamente en los Jesuitas, sacerdote dedicado a la enseñanza y distanciado de la dictadura militar de Argentina, obispo comprometido con los más perjudicados por la crisis argentina, cardenal de vida austera enfrentado con los diversos gobiernos de su país y, finalmente, primer Papa no europeo desde el 741 (el sirio Gregorio III), primero de lengua española desde 1506 (el español Alejandro VI) y primero de una orden religiosa desde 1846 (el camaldulense Gregorio XVI).

A partir de ese momento, un nuevo escenario. Ni él ni nadie imaginaron que podía ser elegido. Solamente la periodista argentina Elisabetta Piqué, por razones obvias, apuntó su nombre. Pero su salida a la loggia de San Pedro fue una sorpresa para todos. Como también lo han sido los diferentes pasos dados y el carisma que ha emergido.

Su biógrafo oficioso, el jesuita italiano Antonio Spadaro, habla de él como una persona de espiritualidad tradicional y fuerte vocación social. Se guía por lo que da en llamar un “pensamiento en diálogo”, optando por razonamientos abiertos que concluye a través del encuentro. Ese encuentro, pero con las multitudes, ha transformado su carácter tímido hasta hacer de él un líder carismático.

A todo ello añadiría la referencia a la ratio formativa de los Jesuitas, que remite a una síntesis entre fe y cultura y a un programa estructurado de trabajo, aun cuando no siempre se explicite, si bien lo hizo en la exhortación apostólica Evangelii gaudium, el documento programático de su pontificado. Sabe dónde quiere llegar pero mide los tiempos.

El primer rasgo que caracteriza al papa Francisco es su nueva forma de ejercer el papado, concebida desde la coherencia y la simplicidad. Eligió un nombre que era ya una declaración de intenciones: Francisco, el santo de la radicalidad evangélica. Simplificó su indumentaria personal. Y eligió, y eso sí me parece realmente significativo, una residencia sacerdotal para vivir. Otro elemento aún más importante fue destacar su condición de Obispo de Roma, lo que remite a la mayor colegialidad que ya anticipó Benedicto XVI. También recuperó las salidas improvisadas de san Juan XXIII para conocer la cotidianidad de sus feligreses, porque como san Juan Pablo II ejerce como un obispo que visita sus parroquias, si bien las que destacan por su compromiso social. Y, como este, ha reinstaurado las misas públicas diarias. En este sentido, ha desarrollado una forma de magisterio no basada en documentos estrictamente magisteriales sino en una proliferación de homilías diarias, declaraciones semanales y diversas entrevistas. Ha introducido la espontaneidad en el papado, prodigándose en declaraciones comprensivas y esperanzadoras que a menudo se expresan casi con la brevedad de un mensaje de twitter, que subraya con un mensaje no verbal donde a veces tan importante como lo que dice es cómo o dónde lo dice. No ha introducido cambios en la tradición pero sí en su interpretación. Esa forma de ejercer el papado busca hacerle creíble y cercano.

El segundo elemento del pontificado es la innovadora forma de ver la estructura de la Iglesia, concebida desde la simplicidad y la colegialidad. Ha concluido el desmantelamiento de la corte pontificia iniciado por el beato Pablo VI y la transformación de la Curia vaticana en un instrumento internacional de servicio, más armonizador que coordinador. Pero lo realmente significativo es la constitución de tres niveles de colegialidad: el Consejo de Cardenales, los Consistorios anuales y consultivos de Cardenales y los Sínodos de Obispos, de los que lleva dos en tres anos. La misma encuesta sobre la familia constituyó un hecho inédito. Mientras no se completa la reducción de la Curia, ha unificado cuatro pontificios consejos y ha creado dos nuevas secretarías, en aras de mayor simplicidad y transparencia. El peso pasan a tenerlo ahora los obispos, de los que la Curia se concibe como un instrumento de apoyo. De ahí, de nuevo, el concepto de periferias.

El tercer elemento del Papa Francisco es la forma de concebir la misión de la Iglesia, bien mediante el anuncio del Evangelio, bien a través de la dimensión social de ese anuncio, que asume como indisociable a la manera de Pedro Arrupe. Para ello utiliza un paradigma más experiencial e inductivo que magisterial y deductivo, propio de las epistemologías contemporáneas, así como una apelación a la razón tamizada por los sentimientos, en las tesis también actuales de la inteligencia emocional. El ser humano actual, sumido en mil quehaceres, es especialmente sensible a los mensajes que despiertan emociones o que se asumen desde la experimentación personal. En este proceso de conversión los sacramentos parecen ser concebidos como medio de salvación, no como premio una vez concluido el proceso. Es la metáfora de la Iglesia como «hospital de campana».

Esta metodología evangelizadora, tan pragmática (“la realidad es más importante que la idea”), sitúa a la Iglesia en permanente estado de misión (“una Iglesia en salida”) que habla de Dios haciendo experiencia de sus valores, tratando desde esa conversión institucional de suscitar la conversión personal (“una pastoral de conversión”) iluminando la vida cotidiana a la luz del Evangelio (“la alegría que se comunica”), trasladando el amor de Dios a cada uno (“el nombre de Dios es misericordia”). En suma: lleva la esperanza a las periferias existenciales. En este sentido, fue significativa la elección de su lema papal “Les eligió con misericordia”.

No juzga, porque asume la frágil condición humana y la autónoma del orden creado, núcleo del Concilio Vaticano II, en una pastoral de presencia que intenta suscitar preguntas, como sostenía el gran evangelizador de la contrarreforma, san Francisco de Sales, más que dar respuestas cerradas. Ese comunicar “de persona a persona” recupera la Teología del Corazón del jesuita argentino Juan Carlos Scannone, alternativa al análisis estructural que subyace en la Teología de la Liberación. Una alegría que es propia de san Juan Bosco. Y una idea sobre la transmisión de la fe que es de Benedicto XVI y que él resume en el “olor a oveja”.

Son ejemplos de querer pasar de una Iglesia penitencial a una pascual, que apunta a una felicidad compartida más que a una individual.

El cuarto rasgo de la Roma franciscana es su forma global de analizar el mundo. El papa Francisco potencia su dimensión de líder espiritual por encima de jefe de Estado, hecho al que anade la voluntad de liderazgo mundial en un mundo globalizado. Sin embargo, tal liderazgo no es ya para derrotar al comunismo, como san Juan Pablo II, sino que tiene dos objetivos. Por una parte, quiere detener la persecución de los cristianos y la cultura de la increencia, retos tan grandes para los que ha concertado una alianza con el Patriarca Kirill; en esa misma perspectiva, más que en la religiosa, hay que encuadrar los encuentros con judíos y musulmanes. Por otra parte, quiere hacer de la Iglesia un referente en la construcción de la paz (como se ha evidenciado con Cuba y Venezuela), desde la premisa de que “la unidad prevalece sobre el conflicto”. Una paz que tiene siempre esa misma dimensión social, porque se basa en la dignidad, en la libertad, en la justicia y en la solidaridad, como dijo en el Parlamento europeo, la Asamblea del Consejo de Europa, el Congreso de Estados Unidos y la Asamblea general de la ONU. Hasta la Laudatio sì tiene una finalidad social. Geopolíticamente apuesta por la sociedad civil y por los organismos internacionales por encima de los estados, al tiempo que ve en Asia el futuro de la Iglesia; no sólo por China e India, sino también por Filipinas. No en vano, intenta aplicar a escala planetaria el concepto de “patria grande” del pensador uruguayo Alberto Methol Ferré, cuya influencia ha reconocido. La Iglesia ha ganado peso como actor internacional, en este caso más social que político, en lugar de limitarse a dar ideas sin intervenir en su ejecución.

Sergi Rodriguez Ros, director del Instituto Cervantes de Roma

Número 761

Enero/​Febrero 2017

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