El primero enseña lecciones de vida con puntos de amargura. La segunda es la expresión de una persona de gran belleza humana que antepone siempre su libertad en todas sus acciones. Dos ejemplos del arte narrativo de Cervantes.

Ni el licenciado Vidriera ni Preciosa existirían sin Miguel de Cervantes… ni muchos más porque él es su creador, pero sin sus entes de ficción tampoco habríamos recordado en 2016 el cuarto centenario del genial escritor. Miguel de Cervantes, ese perdedor en la vida, nos dejó una herencia maravillosa e inmarcesible: su obra literaria.

Y no hay duda de que sus dos estrellas son esos personajes tan distintos: don Quijote de la Mancha y Sancho Panza. Un hidalgo cuyas pequeñas rentas le permitieron vivir sin trabajar y que dedicó sus ratos de ocio –la mayor parte de su tiempo– a leer, y se convirtió, gracias a su imaginación y a su voluntad, en caballero andante. Y un labrador analfabeto, vecino suyo, que acepta convertirse en escudero del caballero porque le promete el gobierno de una ínsula. Luego sus vivencias y sus conversaciones, que tanto gusto han dado –y seguirán dando– a los lectores a lo largo de los siglos, los llevan a ser tan amigos que no pueden imaginar esa vida andante el uno sin el otro. Pero como esos personajes son tan de cuerpo entero, mejor es que los vayamos imaginando nosotros con todos los datos que nos da Miguel de Cervantes, y dé paso a los dos citados, de vida literaria más breve.

El primero es el licenciado Vidriera, otro loco genial, que aparece en el mundo de la ficción como un muchacho de unos doce años, vestido de labrador, dormido al pie de un árbol en la orilla del Tormes…, aunque entonces se llama Tomás Rodaja. Lo despiertan dos caballeros estudiantes en Salamanca y lo toman a su servicio. Él no quiere decirles de dónde es ni quiénes son sus padres hasta que los honre con sus estudios pues ha oído decir “que de los hombres se hacen los obispos”. Aprovechará muy bien su aprendizaje en la Universidad, y lo completará viajando en compañía del capitán Valdivia porque, como él dice, “las luengas peregrinaciones hacen a los hombres discretos”. Después de ver Italia y Flandes, regresará a Salamanca a completar sus estudios y se graduará “de licenciado en leyes”.

Es en ese momento cuando se le cruza en su camino “una dama de todo rumbo y manejo”, que es quien va a causar la peripecia o cambio de fortuna en la vida de Tomás. Ella requiere de amores en vano al joven, y recurre a un membrillo hechizado, que llevará al joven a las puertas de la muerte. Cuando, a los seis meses, el muchacho logra recuperar la salud del cuerpo, su mente da muestras de “la más extraña locura que entre las locuras hasta entonces se había visto”, porque despierta a la vida creyendo que es de vidrio: es el licenciado Vidriera.

Todo lo que se refiere a su cuerpo representa un problema porque es tan frágil que puede romperse; tiene que acomodar su vida, su vestido, su comida a esa condición tan peligrosa para él. En cambio, su mente ha atesorado todo lo aprendido en los estudios y en los viajes, y es afilada y agudísima… por pertenecer a hombre de vidrio.

Su ingenio se mostrará en las respuestas que da a las preguntas que le hacen; dice sabias sentencias e incluso dolorosas verdades, pero como están en boca de un loco, no duelen. Todos le interrogan, le siguen, se divierten con él; hasta lo llevarán a la corte con igual éxito.

En literatura, la curación de la locura no lleva más que al silencio o a la muerte del personaje. A los dos años o poco más, un fraile jerónimo curará –matará– a Vidriera, y este se convertirá en el licenciado Rueda. Vuelve a la corte para ganarse la vida; pero no le sirve de nada ni el nombre ni cómo pregona sus servicios, porque escuchar al loco da gusto; en cambio, contratar al cuerdo, si no pertenece a familia conocida, no da confianza alguna. No tuvo más salida que irse a Flandes, para ser soldado prudente y valeroso en compañía de su buen amigo el capitán Valdivia. Descubrió en propia carne que lo que había oído no era cierto: de los hombres no se hacen los obispos. En su tiempo era indispensable algo más: el linaje, el asentamiento social de su familia.

Después de esta lección de vida con sus puntos de amargura, otro personaje se nos acerca danzando y cantando: es Preciosa, La gitanilla. Es rubia como el oro, tiene gracia, duende, talento. Emboba y seduce a todo el que la ve bailar por las calles de Madrid. Su vieja abuela está siempre a su lado vigilante, aunque ella sabe andar muy bien por el mundo. Cuando un teniente la ve danzar ante su esposa y la oye hablar, asombrado por su discreción, le dice que procurará que sus Majestades la vean porque es “pieza de reyes”; y ella le contesta: “Querranme para truhana, y yo no lo sabré ser; y todo irá perdido. Si me quisiesen para discreta, aún llevarme hían; pero en algunos palacios más medran los truhanes que los discretos. Yo me hallo bien con ser gitana y pobre, y corra la suerte por donde el cielo quisiere”.

Se enamorará perdidamente de ella un joven caballero, tanto que aceptará la condición que ella le impone: ser gitano durante dos años, para ver si su amor es solo pasión repentina que se va según llega. Juan de Cárcamo está muy enamorado y será Andrés Caballero por amor a la bella y discreta gitana. Pero antes, como ella quiere cerciorarse de que es quien dice, irá a casa de su padre, y allí tiene lugar una escena espléndida.

Preciosa baila ante varios señores y, al hacerlo, se le cae un papel con un bello soneto en alabanza suya que le acaba de dar un paje. Uno de los caballeros alaba al poeta, y la gitanilla le contesta que no es poeta, “sino un paje muy galán y muy hombre de bien”. ¡Ay qué dijo! Su pobre enamorado Juan, celosísimo, palidece, tanto que interviene el propio narrador dirigiéndose a Preciosa para que se dé cuenta del efecto que han causado en el joven sus palabras y rogándole que le hable al oído para tranquilizarlo. Es una genial “irrupción subjetiva” del narrador, que se sitúa, por tanto, en el mismo plano que el personaje: “Mirad lo que habéis dicho, Preciosa, y lo que vais a decir; que esas no son alabanzas del paje, sino lanzas que traspasan el corazón de Andrés […] Llegaos a él en hora buena y decidle algunas palabras al oído, que vayan derechas al corazón y le vuelvan de su desmayo”. La gitanilla le hará caso y le hablará al oído a Juan fingiendo que es un remedio para su mal repentino, que no ha pasado desapercibido a su padre. Después, cuando los gitanos entreguen a Preciosa a Andrés, al que han aceptado como uno de los suyos, ella le recordará las condiciones que le impuso, y le dirá: “Estos señores bien pueden entregarte mi cuerpo; pero no mi alma, que es libre y nació libre y ha de ser libre en tanto que yo quisiere”: ¡qué belleza tiene este personaje! Tras algunas peripecias, la historia llegará a su final feliz. El reconocimiento de sus padres devolverá a la gitanilla su origen noble, y así podrá casarse con su amado Juan de Cárcamo.

Preciosa nos ha dicho muchas cosas, como también lo hizo Tomás Rueda: a ella dio un final feliz su creador, y a él no se lo deparó malo porque supo acomodarse al espacio que le dio la vida. No solo nos maravilla una y otra historia, sino que nos hacen reflexionar, ¡y mucho! Es solo una pequeña muestra del arte narrativo del genial Cervantes.

Rosa Navarro Durán es filóloga y catedrática de Literatura Española de la Universidad de Barcelona.

Número 761

Enero/​Febrero 2017

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