Silencio, la nueva película de Martin Scorsese recuerda inevitablemente a La Misión (1986), aquel excelente filme de Roland Joffé sobre las famosas reducciones jesuíticas del Paraguay. ¿Se acuerdan de Jeremy Irons y Robert de Niro trepando por las cataratas de Iguazú? Scorsese nos transporta ahora, un siglo antes de aquello, a la llegada de los primeros jesuitas al Japón, donde el cristianismo no solo estaba prohibido, sino que era perseguido hasta la muerte. Ambas películas han sido rodadas en escenarios de una naturaleza primigenia y desbordante y ambas plantean de forma muy vívida el problema del choque de culturas y las diferentes respuestas que desde la política y desde la fe pueden darse. Por último, ambas dejan deliberadamente al espectador ante un final abierto hacia el futuro que nos permite construir nuestros propios finales, proyectar nuestros propios deseos, plantear nuestras propias dudas. Demasiadas coincidencias para no tenerlas en cuenta.

El jesuita español Alberto Núñez, profesor de teología en la universidad Fujen-​Bellarmino de Taipei, ha sido un testigo de excepción de este rodaje. Los días de filmación, una furgoneta negra lo secuestraba al amanecer, lo separaba por unas horas de su actividad académica y lo conducía al set de rodaje.

¿Nos puede decir qué hace un jesuita español en una película de Scorsese?

Mi cometido principal con los actores fue asesorarles sobre cómo administrar los sacramentos. Con el actor Yoshi Oida ensayamos repetidamente los movimientos de la mano en la aspersión con el agua en una escena de bautismo, hasta que aprendimos de memoria la fórmula ritual en el japonés eclesiástico latinizado de aquella época. Este veterano actor japonés fue la persona que más me impresionó de todo el plantel de artistas.

Se habla mucho de él. Dicen que tiene la rara virtud de volverse transparente y dejar que el espectador pueda percibir sin estorbos el mundo de emociones que hay detrás del personaje. ¿De verdad es así?

No hay duda. Y eso es crucial en una película en que lo que Scorsese pretende no es sermonearnos, sino, usando sus propias palabras, “conducir nuestra mirada hacia lo que no podemos ver”. La profesionalidad de Yoshi Oida es brillantísima, pero también lo son su simpatía, su sencillez y su erudición sin límites. Tuvimos largas conversaciones de sobremesa. Yo me quedaba embobado escuchándole hablar con esa pasión de la Sagrada Familia de Barcelona, de la visión islámica de Jesús de Nazaret o del modo tan lúcido con que sabe comparar el cristianismo y el budismo, por ejemplo. Su forma tan cortés de saludarle a uno, con una profunda inclinación de cabeza, hacía que te sintieras apreciado y a la vez respetado por alguien que muy bien podría ser tu padre o tu maestro.

Es curioso, pensé que me hablaría usted de Spiderman, porque Andrew Garfield es el actor que asume el papel protagonista del filme, encarnando al jesuita portugués Sebastião Rodrigues.

Andrew era muy distinto en el trato. Era muy respetuoso y de temperamento más reservado, pero era capaz también de resultar enormemente exigente e incisivo, por ejemplo en sus preguntas acerca del modo de celebrar la misa según el rito tridentino. Yo nunca había celebrado esta liturgia, por lo que tuve que estudiarla de antemano. Durante el ensayo de las escenas eucarísticas, él buscaba la perfección en la liturgia, insistiendo mucho en aspectos que a mí me parecían completamente accesorios. Hasta el mismo Scorsese intervino en la discusión para explicarle que no todas las misas tridentinas eran tan solemnes, que él había sido monaguillo de chaval, había ayudado a muchos curas durante la celebración y cada uno mantenía un estilo personal.

La película está basada en una novela del japonés Shusaku Endo.

Sí, publicada hace ya mucho, en 1966. El tema de la obra es la tormentosa relación entre el cristianismo y la mentalidad japonesa tradicional. El pretexto: las peripecias de dos jesuitas embarcados en la búsqueda detectivesca de un tercero y, al mismo tiempo, perseguidos por la policía. Los dos sacerdotes portugueses se mueven clandestinamente por un país desconocido, sin dominar la lengua y siendo conscientes de la fuerte persecución religiosa. Mientras tanto, se entregan con enorme devoción a servir en sus necesidades espirituales a los fieles, pobres aldeanos que llevan una existencia difícil, con pocos medios de subsistencia, pero que se arriesgan a ocultar a los sacerdotes y a compartir con ellos lo poco que tienen.

¿Y el título, Silencio, a qué hace referencia?

Era un período de la historia japonesa que ha venido a llamarse sakoku o “nación cerrada”, cuando la cristiandad, reducida a un rebaño disperso, tenía que vivir en la clandestinidad, es decir, en el silencio. Los misioneros y sacerdotes habían sido o bien expulsados a la fuerza o bien arrestados, torturados y condenados a muerte si no apostataban. La película recrea un Japón desprovisto de todo glamour cultural, contemplado siempre desde la perspectiva de los más desheredados y vulnerables, una sociedad ruda y violenta, muy lejos de los estereotipos clásicos de la sofisticación oriental. Por eso la fe de los sencillos brilla ahí con inmensa fuerza. Le aseguro que cuando Ichizo, el anciano líder de una comunidad cristiana en la montaña, magistralmente representado por Yoshi Oida, bautiza a un bebé en el secreto de una choza, parece ungido de una solemnidad mayor que si fuese una ceremonia catedralicia.

¿El silencio de las víctimas o el silencio de Dios?

El silencio de Dios ante el sufrimiento humano. Ese es el que de verdad mortifica al protagonista. Mientras se derrama la sangre de los mártires, Dios parece callar. Para Scorsese, la lección que aprenderá el joven jesuita es que Dios está presente también en su silencio.

En la novela de Endo los pasajes evangélicos de la pasión están constantemente superponiéndose en la trama, con un paralelismo milimétrico que sobrecoge. Nunca había encontrado una historia sobre la fe tan alejada de la edulcoración hagiográfica, tan llena de crudeza y con un suspense tan sabiamente administrado, casi con el estilo genuino de un thriller al uso. Me da un poco de miedo preguntarlo, pero ¿los hechos que se cuentan allí sucedieron realmente?

Sí, aunque con bastantes licencias literarias. A Roma habían llegado noticias confusas de que el padre Cristóbal Ferreira, que había sido misionero ejemplar en Japón durante treinta y tres años, había renegado de su fe tras ser apresado, encarcelado y sometido a tortura en Nagasaki. Así que el padre Ferreira existió realmente. Para construir al personaje del joven protagonista de esta historia, el padre Sebastián Rodrigues, el novelista tomó como modelo a otro jesuita real, el siciliano Giuseppe Chiara, que llegó a Japón a finales de junio de 1644 con el propósito de encontrar al padre Ferreira. Chiara intentó, en efecto, ejercer clandestinamente el ministerio sacerdotal, pero pronto sería arrestado por la policía e interrogado por Inoue, el señor de Chikugo, un cristiano renegado convertido en perseguidor de cristianos. Tras ser sometido a torturas, el padre Chiara apostató y fue obligado a casarse con una mujer japonesa. Murió a los 84 años, en 1685.

Da la sensación de que el tema que ha elegido Scorsese en esta ocasión se aparta bastante de los intereses y del estilo al que nos tiene acostumbrados Hollywood. ¿Una película de tema religioso en estos tiempos?

Es cierto. Pero él reconoce que le había interesado siempre, desde su juventud, el trasfondo de fe que constituye la materia de la novela de Shusaku Endo. Su propia fe cristiana, vivida desde niño en el seno de una familia católica ítalo-​americana, le había ayudado mucho a afrontar el mundo como adulto.

¿Hay algo en la construcción de la historia o en el enfoque de Scorsese que no le acabe de convencer del todo?

Quizá una de las pocas pegas que se le podrían poner sería la facilidad con que a veces parece resolverse la dificultad del lenguaje. Lo sabemos bien quienes, después de muchos años trascurridos en Extremo Oriente, aún seguimos encontrando complicado hacernos entender a niveles más profundos, como es el de la experiencia religiosa, con los nativos. Cuánto más debió suceder en el caso de los personajes representados en el filme, religiosos extranjeros con un nulo conocimiento del japonés que, sin embargo, aparecen comunicándose sin intérprete con los lugareños.

Pero con intérpretes de por medio el relato se haría farragoso.

Claro, claro. Y hay motivos sobrados para no perderse la película. Primero, porque se trata de una obra de arte firmada por uno de los grandes genios de la cinematografía, con un excelente guion, una fotografía impresionante, y unos actores de primera línea. Segundo, porque el argumento que narra corresponde a una época apasionante de la misión de los jesuitas, y toca algunos temas que todavía son de actualidad en muchos sitios: la persecución religiosa, el conflicto entre los principios y la compasión, así como la aparente ausencia de Dios en este mundo, un Dios que parece haber dejado al ser humano solo ante la injusticia y el dolor. Cómo podría interpretar el creyente ese aparente “silencio” de Dios es lo que nos plantea magistralmente Scorsese. Desde luego que merece la pena.

Juan V. Fernández de la Gala es médico y escritor.

Número 761

Enero/​Febrero 2017

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