“Terminator for president»

Hace ya unos meses que California eligió a Arnold Schwarzenegger como gobernador y sabemos poco de su tarea. Esperábamos que sus batacazos y ocurrencias añadieran un personaje peculiar a nuestra repetitiva –no por poco movida– política mundial. Pero nos equivocamos.
El bueno de Arnold tras ser elegido sólo ha aparecido en nuestro país por un referéndum que organizó en marzo –y que ganó– para conseguir el beneplácito de los californianos sobre unas medidas para salir de la crisis presupuestaria del Estado –la sexta economía del mundo.
Que los medios de comunicación no hablen de un político es bueno para él, es sinónimo de discreción y estabilidad. Tanto silencio ha desembocado en un mes de mayo en el que hemos leído en la prensa anglosajona alabanzas varias del gobernador austríaco.
Nos parece significativo que a Arnold le vaya bien. Demuestra que un buen político es algo variable. Terminator nació en Austria y emigró adolescente a Inglaterra, donde le crecieron los músculos. De allí saltó a California y fue míster universo hasta siete veces y actor de famosas películas. Su mayor logro político fue casarse con Maria Shriver, del clan Kennedy. Está claro pues que su éxito no se basó en las arduas aulas de una universidad, ni en los pasillos de la sede de un partido.
Arnie es diferente: es famoso, parece campechano, se deja asesorar en todo y sus pocas opiniones propias conectan con el electorado.
Sus asesores deciden en los temas técnicos y él capea los temporales. Es un truco que funciona. ¿Veremos pronto a Carmen Sevilla de presidenta?

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