De consenso en consenso

Iñigo Méndez de Vigo (Eurodiputado por el Partido Popular desde 1992)
El comienzo del día de un eurodiputado depende de varios factores, aunque el principal es el calendario. Un lunes suelo amanecer muy temprano, a eso de las cinco de la mañana, cuando como se suele decir, no han puesto todavía las calles, o por las mismas circula algún trasnochador cantando bajito el himno de Asturias. Cojo el primer vuelo de la mañana Madrid-​Bruselas y trato de dormir durante el trayecto (en ese viaje, conocido como el vuelo de la legaña, ¡hasta el piloto automático procura dormir!). Si se trata de un martes o cualquier otro día avanzada la semana el madrugón es menor y puedo permitirme reposar hasta las siete todo lo plácidamente que te permite la cama del hotel en que me alojo.
A mi llegada al aeropuerto de Bruselas o a la puerta del hotel, me espera uno de los chóferes que el Parlamento pone a nuestra disposición para conducirnos a nuestro trabajo. Lo que caracteriza a éstos es su profundo conocimiento de la Liga española, sean de la nacionalidad que sean. ¡Aún estando en Europa tampoco me libro de los habituales sarcasmos a los que estamos acostumbrados los hinchas del Zaragoza! Y eso que este año vamos con la cabeza bien alta porque hemos ganado la Copa del Rey.
A las ocho llego al despacho donde ya me espera mi fiel asistente, sagaz y astuto a la manera de Sir Humphrey en “Yes, Prime Minister”. Despachamos primero la correspondencia del día que comprende desde los propios asuntos del trabajo parlamentario, invitaciones a multitud de actos, solicitudes de apoyo a causas de lo más variopinto (buscar una au-​pair en Dinamarca, salvar los bosques de la Amazonia, reincorporación a su hábitat de un elefante que ha quedado huérfano en un zoo) hasta la carta de alguna admiradora (esas las menos).
Luego probablemente tenga que acudir a una reunión de mi grupo político o a otra de los miembros de mi grupo en la comisión de Asuntos Constitucionales de la que soy coordinador. La política europea, por lo general más amable que la nacional, muestra aquí, sin embargo, una dificultad añadida. A veces es más difícil llegar a acuerdos dentro del grupo (formado por conservadores, democrata-​cristianos, centristas y como en la canción de Mecano, hasta algún que otro liberal despistado) que con otras fuerzas políticas.
A lo largo del día me reúno, como, meriendo, ceno y quedo con tanta gente, que a veces envidio a Robinson, tan afortunado en la soledad de su isla. Pero aquí, como en cualquier otro Parlamento la labor de pasillo es fundamental, y en todas partes te encuentras con diputados formando corrillos, con aire de conspiración (aunque probablemente, en algunos casos no estén sino intercambiando recetas).
A primera hora de la tarde acudo a la Comisión Constitucional, donde se debate el informe sobre multilingüismo. Unos pretenden reducir el número de lenguas oficiales y otros incluir hasta los dialectos… ¡Ay, infortunado esperanto! ¡Por qué hubiste de fracasar! Tras cuatro horas de tenaz porfía al fin llegamos a un consenso y podemos dejar la sala con una sonrisa beatífica de general satisfacción.
Porque esa es la principal característica de la política europea. La capacidad de alcanzar consensos. Y esa es la que ha regido durante las dos Convenciones en las que he sido presidente de la delegación del Parlamento Europeo: la que elaboró la Carta de Derechos Fundamentales y la que ha redactado la Constitución Europea. En ambas, tras largos meses de trabajo, sesiones maratonianas, argumentos tajantes, enfados supinos, posturas inamovibles que por milagro ceden, ¡al final siempre llegamos a un acuerdo que parecía imposible! Eso sí con alguna cana de más pero todavía con las pilas cargadas para nuevos retos.
Por cierto que el gran trabajo que hemos hecho en la última Convención ya está dando sus recompensas y todos mis ex colegas no paran de ir hacia arriba. Gijs de Vries será el coordinador europeo de la lucha antiterrorista, Michel Barnier acaba de ser nombrado ministro de Asuntos Exteriores de Francia y se habla de Antonio Vittorino como próximo presidente de la Comisión Europea. ¿Y a mí? ¿Qué es lo que me espera?
Más tarde me bato con algún periodista exigente que trata de poner en mi boca aquello que estoy pensando pero que por humildad no quiero decir. Tal vez alguna cámara (objeto codiciado) me filme delante del hemiciclo ante el ojo apetente de mis colegas o mis palabras enlatadas en el estudio de radio se propaguen después por todos los hogares.
La cosa cambia si se trata de semana de Sesión Plenaria. Hasta el escenario es distinto. Los amplios despachos, largos pasillos y enormes distancias del Parlamento de Bruselas, que recuerdan a una nave nodriza, se mudan a las estrecheces incómodas y camarotes de los hermanos Marx del Parlamento de Estrasburgo, que asemeja más al laberinto de Dédalo. Incluso el ritmo cambia, la vorágine de encuentros, reuniones y debates, con el horizonte de las votaciones encima, se hace más frenético y a veces falta el sosiego necesario para analizar y reflexionar sobre los avatares políticos. Nuestra propia imagen se deteriora y no es difícil ver a algún político a la carrera, el sudor cayendo a goterones, la camisa arrugada, la corbata en la espalda, a punto del infarto por entregar a tiempo una enmienda que pueda ir a plenario.
Al final del día, o más bien, bien entrada la noche, regreso a la soledad de mi hotel o me embarco en otro avión, esta vez nocturno, en el que igualmente todos tratan de dormir. Mi vecina de asiento en cambio, lee Lo que el viento se llevó. Para mí también, al igual que para Scarlett O’Hara: “mañana será otro día” ¡Pero éste que acaba ha valido la pena!

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