¿Esto es Figueres o Estrasburgo?

Concepció Ferrer (Eurodiputada por Unió Democràtica desde 1987)
Describir un día habitual de vida de diputada europea es prácticamente imposible. Ningún día es igual. Sólo el despertar suele ser siempre el mismo. Suena el despertador y mientras lo apago me pregunto: ¿dónde estoy? ¿En mi casa de Figueres, en el apartamento de Bruselas, en un hotel de Estrasburgo o de otra ciudad? Una de las características de la vida parlamentaria europea es su carácter itinerante. En efecto, las reuniones de los grupos parlamentarios y de las comisiones se celebran habitualmente en Bruselas, mientras que las del pleno del Parlamento obligan a desplazarse a Estrasburgo. Por otro lado el grupo político del que formo parte organiza jornadas de estudio en los diferentes Estados miembros de la UE para entrar en contacto con la realidad del país. Además, todo parlamentario es miembro de una delegación para las relaciones con los parlamentos de países terceros, lo cual exige viajar a estos países con cierta frecuencia. Por ello no debe extrañar que cada mañana al abrir los ojos lo primero que haga es responder a la pregunta de dónde estoy. Respuesta no siempre fácil, sobre todo cuando se es miembro, como es mi caso, de la llamada Asamblea Parlamentaria UE-​ACP (países de Africa, Caribe y Pacífico), porque ello implica celebrar reuniones en Nigeria, Congo-​Brazzaville, Sudáfrica, Nassau o Etiopía.
Otra de las características, no tanto de la vida parlamentaria en general pero sí de la mía, es la diversidad de materias y de actuaciones en las que debo centrar mi atención. El hecho de ser la única parlamentaria de mi partido me convierte en una especie de todoterreno, siempre con las antenas puestas y dispuesta a jugar continuamente una especie de ping-​pong intelectual para poder reflejar la posición de mi partido y dar la respuesta adecuada antes de que acabe el plazo, o para no quedar marginada o desaparecer en las mayorías parlamentarias que me rodean.
Por eso no reflejaría la verdad de los hechos si me limitara a explicar que cuando estoy en Bruselas me levanto a las 7,15h, me arreglo y luego desayuno oyendo las noticias de Euronews y TVE –el Avui lo sigo por internet – , salgo de casa sobre las 8,30h y voy caminando al Parlamento –aunque llueva o haga frío – , que llego al Parlamento a las 8,50h y participo desde las nueve hasta las 12,30h en los trabajos de la comisión de Industria, Comercio Exterior e Investigación, que entonces voy a comprar el periódico –El País y si puedo, porque no siempre llega, La Vanguardia– y un bocadillo, y que me quedo en el despacho hasta las tres, en que la comisión reemprende sus trabajos hasta las 18,30h, que vuelvo al despacho para mirar la correspondencia del día y estudiar los temas que se han tratado en la comisión y, finalmente, sobre las ocho de la noche pido un coche para que me lleve a casa –por la noche prefiero no ir andando desde una vez en que me dieron el tirón al salir del Parlamento. Aunque esta sea la agenda que tengo claramente establecida, mil cosas vienen cada día a modificar este orden.
Un día porque me entero que a las doce acaba el plazo para presentar enmiendas a un informe que me interesa y debo dejarlo todo para prepararlas. Otro día porque las reuniones de la comisión de Industria coinciden con las de Cooperación al Desarrollo de la que también formo parte lo que me obliga a ir de una comisión a otra. O porque tengo una entrevista con la ONG World Vision para preparar el informe del que soy ponente sobre el aumento de las capacidades en los países menos desarrollados. O porque desde Unió Democràtica me han pedido que consiga rápidamente una entrevista con el comisario de Agricultura. O porque el comisario de Comercio exterior ha aceptado mi invitación para visitar Barcelona y hay que preparar la visita. O porque tengo una comida con representantes del sector textil y de la confección europeos para hablar de los problemas a los que se enfrentan. O porque al acabar las reuniones en el Parlamento tengo un encuentro con miembros de la Universidad de Lovaina con los que estamos llevando a cabo un programa de ayuda a los refugiados de Burundi.
Lo que sí es cierto es que la vida parlamentaria cuando está abierta a los cuatro puntos cardinales es tan viva, rica y variada como la vida misma y te ofrece la posibilidad de participar con tu grano de arena en la edificación de un mundo mejor, más justo y más humano. Una oportunidad que vale la pena saber aprovechar hasta el final.

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