Matonismo poético

Luis Suñén
En este número se cumplen los 700 de El Ciervo, que ya son con la que ha caído y lo que nos queda. Uno no lleva tanto en esta casa pero el orgullo de estar aquí no es menor que si hubiera estado en ella desde el principio. Porque escribir en El Ciervo es hacerlo entre amigos, sí, pero qué amigos, de esos que sin querer le dan a uno una lección –o más– todos los meses: de rigor, de seriedad, de compromiso con ellos mismos y con aquello en lo que, por creer en ello, da sentido a sus vidas. No me lo merezco.
Uno empezó en El Ciervo hablando de música y ahora lo hace de lo que pasa y le pasa desde estos madriles que a veces se ven desde fuera como una burbuja cuando son, en realidad, ese mundo que uno ama no sabe por qué pues hay más de una razón para aborrecerlo, como esta España en la que hemos nacido pudiendo haber sido, qué se yo, daneses. Pero es verdad que hay sitios peores. El caso es que enseguida esta página ha ido más hacia la reflexión general que hacia la descripción de lo que aquí ocurre, quizá porque, en buena medida, esta ciudad de ni contigo ni sin ti no sólo emite sino refleja las señales de la vida común.
Este mes, por ejemplo, debieran tocar las elecciones europeas, que aquí han constituido, una vez más, un triunfo para la derecha en pleno lío de espías chapuceros y de comisionistas de algo más de tres al cuarto. Da igual. Los socialistas son en Madrid un desastre de organización y su discurso plano acaba por sonar a música de viento. Los populares van a lo suyo y ganan sin despeinarse. Y lo que te rondaré morena. Pero supongo que de los resultados de la consulta escribirán otros con más títulos que yo para el análisis político, así que me he decidido por la poesía, que es tema que sale mucho últimamente, por mor sobre todo de la sección de obituarios de los periódicos. Lo hemos visto a raíz de la muerte de Mario Benedetti, un poeta que –convengamos, como cualquier otro– no tiene por qué gustar a todos los mortales. Preguntado otro poeta –Antonio Gamoneda– si apreciaba la obra del vate uruguayo su respuesta negativa –que comparten, por lo demás, otros ciudadanos que pagan sus impuestos y compran el periódico todos los días– le acarreó que un compañero de oficio le llamara resentido y poeta del montón.
No seré yo quien niegue la posible condición de resentido y hasta de poeta del montón de Gamoneda –lo primero, puede, lo segundo lo dudo en la misma medida que la no pertenencia del acusador a dicha categoría– pero me parece evidente que no es ni una cosa ni la otra porque no le guste Benedetti. Y, desde luego, hasta siendo un resentido y un poeta del montón tiene perfecto derecho a afirmar que no le gusta su indudablemente más popular colega. Tampoco parecía gustarle Angel González –al menos no el más reciente– y lo dijo y los mismos de ahora le dieron de palos entonces. El caso es que se le acusa a Gamoneda de enterrador de poetas y de que dando tierra simbólicamente a los fallecidos los ensalza, acusación que resulta chocante viniendo de quienes, seguramente con razones muy poderosas para ello, hicieron de su relación con los muertos fecunda ocasión para la fama propia. Hasta ha habido quien poniéndose en el fiel de la balanza sin pudor o con una naturalidad que le supera ha terciado afirmando que en su persona se equilibra la posibilidad de que voces distintas convivan sin batalla: Gamoneda y Benedetti fueron miembros del jurado de un premio que le fue concedido a él. Como vemos, la altura intelectual del debate es asombrosa.
Cualquier observador de la deriva poética española comprobará que los salvadores del honor de estos muertos que nos tienen que gustar a la fuerza son profesionales del ramo que se han cuidado muy mucho de que nadie les haga sombra. El somatén constituido por una parte de la poesía española –integrado por editores, escritores, cantautores y periodistas– procede, además, y se jacta de ello, de una izquierda que siempre tuvo a la dialéctica como presunta maestra pero que también, como decía Bakunin, corre el riesgo de acabar en el despotismo de una minoría gobernante. Lo hacen, qué duda cabe, por el bien de todos, llegaron a decir un día que con ellos la poesía le daba al lector –perdón, o lectora– por fin lo que pedía, que volvían a estrechar los lazos que rompió no se sabe quién. Gamoneda –que yo no incluiría entre mis poetas predilectos– hablaba de construir un mundo, de hacer un edificio con palabras que respondiera a un proyecto estético.
Ellos hablan de compromiso, de actitud cívica, de aquellas cosas exigibles a un militante de la Unión General de Trabajadores pero nunca a un poeta –recuerdo aquel artículo de Ferlosio en el que decía que a un torero se le puede pedir todo menos que sea honrado. El problema es que, como afirma de sus pares de antaño Ignacio García Aguilar en su estupendo libro Poesía y edición en el Siglo de Oro (Calambur): “Muchos de los hombres de letras eran tanto escritores de mercado como calificadores del Santo Oficio”. O sea, como estos que enseñorean el peor momento de la poesía española de los últimos cien años, matones de Erato que dirigen el tráfico en dirección única para que nadie se les cuele en la cofradía.

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