Impulsos a centenares

Manuel Quinto
El número 700 de la revista es un buen momento para agradecer y reflexionar, o viceversa, que corazón y cerebro no tienen que ir independientes, sino coordinados en beneficio de la salud.
Llegué a las páginas de El Ciervo hace 23 años, invitado por Rosario Bofill para sustituir como crítico de cine al buen amigo y escritor John Richardson. Ya conocía la publicación que, junto a otras como Cuadernos para el diálogo e Índice, representaban una actitud de enfrentamiento mesurado, aunque firme, contra la ideología –¿hay que llamarla así?– de la sociedad franquista.
En concreto, El Ciervo mantenía una posición de izquierda cristiana. Agradezco la libertad que me ha permitido siempre y la posibilidad de irme construyendo una opinión a través del cine, entendiéndolo como proceso de conocimiento y acto de comunicación, en lugar de un entretenimiento. Escribir sobre cine sin imperativos publicitarios y en actitud respetuosa hacia un lector consciente, ha significado entender –aunque sea sólo un poco– que John Ford no es sólo un director de westerns, que Angelopoulos ilumina itinerarios históricos, que David Lynch se apoya primero en Buñuel y luego en la deconstrucción de la narrativa y que ver Con la muerte en los talones de Hitchcock enseña más puesta en escena que todas las escuelas del mundo.
En estos momentos en que se plantea en todas partes el futuro de la llamada crítica de cine, me siento satisfecho, no de lo bien que lo he hecho, sino de haberlo hecho. Como ya dije en un artículo anterior publicado aquí, la palabra “crítico” tiene connotaciones negativas –si al colchonero se le llama “técnico en descanso”, al crítico se le prodría llamar “consejero cinematográfico” sin problemas – , como si un artículo hubiera destrozado una buena película, en vez de tener en cuenta que han focalizado la atención en directores que van desde Howard Hawks en la “política de autores” de los principios de Cahiers du Cinéma, hasta gente tan diversa en la actualidad como Atom Egoyan, Quentin Tarantino o Zhang Yimou. Las críticas de cine cada vez tienen menor espacio en los periódicos o revistas no especializadas, habiendo perdido incluso su carácter informativo en aras de un enfoque publicitario en artículos de redacción pergreñados sobre material de las distribuidoras. Internet tiene la ventaja y el inconveniente de estar abierto a todo el mundo, con lo cual, al lado de blogs de gran interés –casi siempre fundados por profesionales – , tenemos que soportar una inmensa mayoría de opiniones de freaks de Kansas, jubilados de Turín o destroyers de Santa Coloma de Gramanet.
Aparte de que el opinar de cine se haga mediante un canal u otro, a mí me sigue interesando, primero porque verbalizar es afirmar las ideas, y después porque no se trata de emitir un juicio, de decir si un film es bueno o malo, sino de proporcionar los datos y las explicaciones pertinentes a fin de que el espectador tenga toda la información posible y fundamentada. No es cuestión de que uno sea más inteligente que otro, sino de que uno le dedique el tiempo a una materia y el otro elija una postura más pasiva. Sobre la leyenda negra de que los llamados críticos sean “creadores frustrados”, sigo recordando que críticos de cine fueron Graham Greene, Godard y Cabrera Infante.
Como corolario a esta celebración, voy a enumerar las diez películas que más me han impresionado, no ya sólo por su calidad, sino por la influencia que han tenido sobre mí y porque las sigo viendo siempre que puedo. Como me decía Espriu, llega una edad en la que la relectura sustituye a buena parte de la lectura. L’âge d’or, de Luis Buñuel (1930), junto con El perro andaluz verdaderos hitos en el cine netamente surrealista.
Diario de un cura de campaña, de Robert Bresson (1950), cine religioso en el sentido del sufrimiento en un entorno social hostil y en el de la enfermedad.
Raíces profundas, de George Stevens (1953), western ejemplar acerca de la soledad y una de las más bellas historias de amor, amistad y sentimientos paternos.
Ordet, de Carl Th. Dreyer (1955), o la posibilidad del milagro en un contexto de contraposición entre fanatismo y caridad, locura y misticismo.
Hiroshima, mon amour, de Alain Resnais (1959), una obra definitoria en la vanguardia narrativa de los tiempos de las nuevas olas.
Suspense (The innocents), de Jack Clayton (1961), la mejor versión del relato Otra vuelta de tuerca de Henry James.
Los comulgantes, de Ingmar Bergman (1962), la sobrecogedora soledad del sacerdote ante el silencio de Dios y la imposibilidad de ayuda a los fieles.
El padrino I y II, de Francis Ford Coppola (197274), saga de una familia mafiosa, desde los tiempos de “la Mano Negra” a los del narcotráfico.
Manhattan, de Woody Allen (1979), oda de admiración hacia una ciudad y entrañable desfile de tipos de mujer.
La mirada de Ulises, de Theo Angelopoulos (1996), las secuelas de la guerra de los Balcanes a través de los ojos de un artista desplazado.

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