Todo bajo la cama

Juan V. Fernández de la Gala
Médico y arqueólogo
Ya desde pequeño me lo habían advertido: “El que mucho abarca, poco aprieta”. Es que yo siempre he tenido tendencia a la dispersión. O quizá a la indecisión. En plena adolescencia, viví de modo algo traumático esa eterna dicotomía a la que nos conduce nuestro sistema educativo cuando, al llegar al bachillerato, me preguntaron: ¿ciencias o letras? Y yo me quedé allí sin saber qué responder, balbuciente desde entonces y con este andar perplejo y blando que se nos queda siempre a los indecisos. Allí sigo todavía, exactamente en el mismo punto de aquella misma encrucijada, tan confuso como entonces y sin saber todavía para dónde tirar. Por eso muchas veces me pregunto si esta doble vida no será un signo de inmadurez que me convendría ocultar púdicamente, en lugar de ir dándomelas por ahí de polifacético.
Aclarados ya los torpes orígenes de mi doble vida de médico y de antropólogo, les explico cómo consigo llevarla adelante sin que se le noten demasiado las costuras al engendro. No es difícil, porque hace mucho que preferí las tareas docentes a las asistenciales y eso me permite dedicar algún tiempo extra a trabajar con restos arqueológicos. No me puedo quejar: durante el día enseño biología e historia de la medicina; pero, al terminar la jornada de clases, me espera la expectación impagable de mi segunda vida: abro despacio cada una de las cajas que los arqueólogos han ido llenando con detención cuidadosa.
Son huesos humanos. Y yo intento esclarecer cuestiones como la edad, el sexo, la estatura, el número de individuos que aparecen en un mismo enterramiento o el estado de salud o enfermedad de esas poblaciones antiguas. A nosotros nos gusta llamarlo “osteoarqueología” y este trabajo siempre me pareció algo así como dedicarse profesionalmente a abrir regalos. Uno se asoma al interior de la caja y percibe todavía el ajetreo polvoriento de las excavaciones, el repiqueteo de las herramientas y hasta el sol cayendo de plano sobre las cuadrículas de cuerda.
El inconveniente de todo esto es fácil imaginarlo: a veces los huesos campean libres por toda la casa, inquietando a las visitas y ocupando hasta los rincones más íntimos, el hueco de la escalera, el altillo de un armario, una bañera y hasta el espacio discretísimo que hay debajo de las camas, precisamente allí donde se esconde a los amantes en los vodeviles. Es mi mujer, Isabel, la que asume con paciencia la peor parte de mi doble vida, la que hace economías imposibles para arañar un poco más de tiempo o un poco más de espacio donde poder acumular las cajas mientras los huesos se miden, se estudian y se interpretan, antes de enviarlos a descansar por fin en el oscuro almacén de algún museo.
Más que una doble vida, la mía es una vida de doble fondo, como la maleta de los contrabandistas. Luego está la literatura y la tesis inacabada y la revista Panacea y las reseñas de libros y algunos blogs y la lexicografía médica y hasta el consejo de administración de una pequeña empresa familiar. Don Santiago Ramón y Cajal era muy taxativo en esto: “Menos es más”, decía levantando el dedo en el aire. En ese lema tan escueto se reflejaban bien sus modos de hombre sabio y trabajador estricto, que era capaz de amputar para salvar, de podar para obtener más fruto, de acortar disciplinadamente el campo de sus intereses para ser más eficaz en los hallazgos, de perder en extensión para ganar en profundidad. Nada de esto soy capaz de hacer yo. Es verdad que la gente que me quiere –a pesar de estas rarezas que les cuento– me animan dicendo: “Tú es que eres un hombre del Renacimiento”. No acabo de saber si es una palmadita de aliento o un modo cariñoso de llamarme anacrónico.

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