España, cada 20 años

Jordi Pérez Colomé

Hace justo 20 años, en diciembre de 1994, El Ciervo dedicó su premio Enrique Ferrán a «La corrupción». Para el concurso, la redacción de la revista siempre ha buscado temas importantes de actualidad. Ahora en 2014, la corrupción podría haber sido de nuevo el tema. La pregunta es obvia: ¿cómo puede ser que 20 años después España esté en el mismo lugar? Uno de los miembros del jurado era el periodista Lluís Foix. En el número siguiente, el jurado publicó sus impresiones en una sección titulada «Contra la corrupción». Foix escribió: «La crisis no es de las instituciones. La crisis es del individuo. Los individuos tienen que plantearse si quieren vivir una vida honesta o no. Como esto no será posible porque la sociedad es muy variada, nos tenemos que acostumbrar a que habrá corrupción». Aunque nunca hay que aceptarla, concluía Foix.

Foix acertó: la corrupción ha continuado. Cuando aparece un caso nuevo, siempre me pregunto qué pensaba ese señor –suelen ser señores– cuando cometía el delito, por qué se equivocaron tanto. Veo dos excusas. Primero, las instituciones son así. Seguro que hay políticos que creen que su uso del dinero público para fines dudosos es común. O que forma parte de sus beneficios por su trabajo, como unas dietas generosas: la comisión que paga una constructora para poder hacer un edificio público, el abuso en los fondos para viajes, los sobresueldos en negro. El ex director de la Guardia Civil Luis Roldán fue uno de los casos de corrupción más ejemplares de los 90. Entró en la cárcel en 1995 y salió en 2010. Hace un año, en noviembre de 2013, le entrevistó El País sobre cómo lo vivió: «No reflexionas, formas parte del paisaje, de lo que ves alrededor. Haces lo que se hacía», decía Roldán. El paisaje de repente legitima algo que es pura corrupción. Pero lo hacen todos. Es institucional.

La segunda opción es que todos haríamos lo mismo. El premio Enrique Ferrán de 1994 lo ganó el profesor de la Universidad de Valencia Agustín Domingo Moratalla. En su artículo decía algo interesante sobre el origen de la corrupción: «[Las raíces] nos afectan más de lo que imaginamos y por ello procedemos a buscarlas siempre fuera de nuestros hogares». El problema es que en nuestros hogares somos más permisivos. El subtítulo de un artículo estos días en un periódico deportivo sobre el ex presidente del Barça, Josep Lluís Núñez, dice: «Gobernó con oposición, dribló a Hacienda y resistió al medrar político»; driblar es una virtud. La reacción de un ciudadano en las redes sociales a otro que critica que la gente se haga fotos con Jordi Pujol es: «No entenderéis que por mucho robado hizo más por Cataluña de lo que poca gente hará jamás». Es también habitual el arrope del partido a algún político que debe responder ante la justicia.

Son reacciones humanas. Los errores que cometen personas afines parecen menos errores. Si alguien es de un equipo, comprende mejor las malas palabras de su entrenador o que los árbitros se equivocan cuando es a su favor. Esta comprensión con otros cercanos, a pesar de ser natural, no ayuda. ¿Cómo vamos a limpiar la casa de todos si aceptamos que la nuestra esté un poco sucia porque, bueno, somos así y hay otras prioridades?

En un caso reciente de presunta corrupción ha habido un aparente lío de faldas. Muchos han dicho que la vida privada de un hombre público no interesa. Tengo mis dudas. Es difícil marcar una frontera entre qué se puede saber y qué no. Es cierto que todos tienen derecho a una segunda oportunidad: el ex convicto, el ex moroso, el ex mentiroso. Solo faltaría. Pero para tener esa segunda oportunidad hay que reconocer el error anterior, no esconderlo.

Los políticos son gente que contratamos con votos para que gestionen el interés general. Las campañas electorales –y las eternas precampañas– son largas entrevistas de trabajo. Hay cargos con más responsabilidad y cargos con menos. Pero su comportamiento en su vida privada puede ayudar a conocer mejor sus perfiles. ¿Tiene intereses específicos porque depende de algún grupo? ¿Ha defraudado a sus socios en una empresa reciente? ¿Ha engañado a todas sus ex mujeres? Nada de todo esto debe ser definitivo. Pero las entrevistas de trabajo son para que los aspirantes se expliquen. Nuestros empleados –los políticos– también deberían hacerlo.

Una mayor conciencia de quién debe responder ante la justicia –aunque sea «uno de los nuestros»– y más transparencia en nuestras vidas no eliminará la corrupción. Tengo otra esperanza. La corrupción hoy está mal vista, pero hace décadas en España la corrupción se llamaba picaresca. Los políticos que hoy vemos en los titulares crecieron en los 60 y en los 70. Era otra España. Como decía Lluís Foix hace 20 años –que tampoco son tantos – , cada individuo debe en el fondo responder por sí mismo. Muchos podrán decir, como Luis Roldán: «No me explico cómo rompí con mi manera de entender la vida». Pero cada vez sonará a peor excusa. Si alguien ve este artículo en 2034, es posible que compruebe que hemos avanzado poco. Pero un detalle será seguro: la corrupción será menos aceptada. La vida pública española no será perfecta, pero será más honesta.

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