¿Quién quiere ser político?

Este 2015 será en España un año de políticos. Pronto tendremos ganas de que se acabe. Después de las andaluzas, vienen municipales, catalanas y generales. Es más interesante que otros ciclos porque hay partidos y probables representantes nuevos. Es una esperanza lógica, pero es mejor que cada cual se ilusione según sus posibilidades, no más.

Cuando hablo de políticos jóvenes o nuevos, siempre recuerdo una conversación hace años con Lorenzo Gomis, fundador de esta revista y director durante más de medio siglo. Charlábamos de un amigo común que parecía querer meterse en política. Su entrada debía ser una buena noticia: iba a conocer de primera mano a un representante público. ¿Qué mejor motivo para, llegado el momento, votarle? Aún así, yo no estaba convencido. A pesar de ser encantador, no me parecía que su carácter fuera solo generoso, desinteresado, sincero.

Lorenzo solo me preguntó: “¿Quién quiere ser político?” Se refería, claro, a “¿qué tipo de gente quiere ser político?” He conocido a muy poca gente que aspire a ser político. Todos tienen un patrón más o menos común: hablan mucho, les gusta ser protagonistas y se vuelven de plastilina para adaptarse a otros gustos. No todos los que son así acaban en política, pero muchos sí. No es por supuesto nada solo negativo. Las personas así no son malas. Pero tampoco son cooperantes abnegados o sacerdotes ingenuos. Un futuro político tiene que creerse –aunque sea poco– que su papel será importante para que la sociedad mejore. La alta vocación política requiere en el fondo más ambición que generosidad, igual atención a los detalles de uno mismo que a las carencias de una sociedad. En política local puede ser distinto, aunque siempre queda el hormigueo del posible salto hacia arriba.

He tratado de pensar en políticos que cumplan menos estos rasgos. Barack Obama fue un ejemplo reciente de político “distinto”. Creo que la historia será generosa con él cuando su mandato se cierre. Pero es evidente que para creer que se puede ser presidente de la organización más poderosa del mundo, uno no puede tener el punto de mira bajo. Los años en el poder han disminuido inevitablemente el aura de Obama. Es un político más. Tengo curiosidad por ver si en sus memorias es capaz de explicar si se alejó mucho del hombre Barack para ser presidente. Pero la trituradora de la vida pública se ha comido a la esperanza americana. El motivo es simple: la política tritura. Nadie que no se vaya a tiempo y con un pasado adecuado –Nelson Mandela– es capaz de soportar inmaculado ser el responsable de que las cosas no funcionen: en todas las sociedades siempre hay cosas que no funcionan para unos u otros. La política no es fácil. En estos meses vemos emerger dos partidos nuevos: Podemos y Ciudadanos fuera de Cataluña. De repente, dos nombres nuevos necesitan cientos de cargos, expertos y asesores que se presenten a elecciones y sepan de infraestructuras, gestión cultural o armamento. Son un montón de vacantes laborales. ¿Quién da ese paso?

No solo el carácter de cada cual debe estar preparado, también los codos. Mientras no pasemos a un sistema con listas más abiertas, los aspirantes se pasearán poco por su barrio para hablar con los vecinos sobre cómo mejorar el centro cívico o la recogida de basura. Todo lo que deberán hacer es militar y ganarse la amistad de los jefes del partido. Algunas empresas también funcionan así, pero son privadas. Las listas abiertas mejorarán a la fuerza la vida de político. Ya no hará falta que los candidatos sigan a rajatabla las directrices del partido. Dentro de unas mismas siglas puede haber voces que disientan y tengan apoyo popular. Todos ganaremos.

El servicio público en primera línea requiere un tipo de carácter, pero también sacrificios. Somos más severos con la educación, la vida y los errores de los políticos: ¿fue a una universidad privada? ¿Dedicó poco tiempo a su beca? ¿Pagaba en negro a su asistenta doméstica? A falta de mejores medidores, valoramos a los candidatos según su pasado. Lo vemos en entrevistas y mítines, pero es difícil entrever si lleva máscara o no. Por eso hurgar en el pasado es un modo de saber si ha cambiado solo para gusto de los votantes.

Todo este tinglado es solo el modo en que nos organizamos. La gestión de bienes públicos es necesaria para que salga agua del grifo, los semáforos funcionen y cuando nos roben nos ayuden. Por eso el carácter de los políticos es un retrato de toda la sociedad. Poco antes de la guerra de Irak, Lorenzo Gomis escribió un artículo en La Vanguardia titulado “¿Por qué votamos a los locos?” Lo he releído estos días. La frase del título se la había dicho un amigo. Es fácil quejarnos de los representantes. Pero Gomis da un paso más: “Pero no basta con esta pregunta. ¿Estarían locos los que le aclamaron, le votaron, le siguieron?” La conclusión es obvia: “Ni siquiera la democracia ha conseguido por lo visto elegir sistemáticamente a gente sencilla, modesta, inteligente y sensata, carente del inmenso ego necesario para llevar a los conciudadanos a una guerra”. Claro que no lo ha conseguido, porque la democracia somos nosotros.

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