Ex cátedra

Al cerrar este número, los diputados que elegimos el 20 de diciembre del año pasado llevan tres meses sin ponerse de acuerdo para formar gobierno. Es un poco sorprendente que el reto de dificultad mayor al que se ven enfrentados nuestros dirigentes políticos sea el de acordar quiénes y cómo van a gobernar el país los próximos cuatro años. Difícil tarea esta que les obliga a invertir esfuerzos y buena parte de sus reservas de energía mental y física.

Sería hasta cómico si no fuera la situación tan preocupante: si no fuera por la crisis económica que no para, la desigualdad creciente, la corrupción perversa, la falta escandalosa de trabajo y la abundancia de trabajo mal pagado, las tensiones territoriales, las complicaciones europeas, la inestabilidad en el Mediterráneo, la tragedia de los refugiados y la inmigración; si la educación de nuestros hijos, el cuidado de nuestros padres, la erradicación de la pobreza, el restablecimiento del Estado del Bienestar, la protección del medio ambiente, el fomento de la investigación, la ciencia, la cultura y las artes no fueran ya suficientes problemas que reclaman un orden de prioridades urgente y sin demora.

En este trimestre de diálogos infructuosos, ha dado la impresión de que un obstáculo que no se logra superar lo levanta cierta propensión a la intransigencia. Quizá no es fácil transigir, o sea convenir las partes en litigio en un punto razonable que anule o reduzca las diferencias. Pero sabemos que la transigencia suele dar resultados mejores que la intransigencia. Para entenderse, acordar y pactar es necesario acercarse, moverse. Y eso no suele ser compatible con el apuntalamiento en posiciones fijas, asentadas en ideas o creencias de raíces tan hondas que se han hecho lejanas, inaccesibles, intocables e inapelables como dogmas de fe.

A veces parece que algunos dirigentes tienen la costumbre de hablar ex cátedra, pontificando. Quizá es por deformación profesional porque muchos de ellos son profesores universitarios y –pese a que sin duda prefieren unas aulas como centro de reflexión, debate y contraste de ideas– saben que conviene en algún momento ir al grano, sentarse en su silla, o cátedra, e impartir lecciones a la vieja usanza de la clase magistral. Es lo que a veces uno piensa cuando los ve profesar con una convicción sin dudas ni resquicios, granítica, y con un expeditivo despacho de anatemas al discrepante.

Pero una cosa es la cátedra y otra la vida alrededor. Una, la pulida academia y otra, la realidad prosaica, con altibajos, rugosidades y llena de gente variopinta que no comparte la misma fe ni objetivos ni intereses, pero sí los mismos derechos y la misma libertad. Parece que a veces esto se olvida.

No se trata de abogar por un relativismo disolvente que socave los fundamentos y desmorone el andamio que a cada uno sostiene. Pero tampoco hay que caer en un dogmatismo que “mata el espíritu empecinándose en la letra e impide una renovación a fondo de la vida y bloquea cualquier avance serio”. Son palabras de Hans Küng, a propósito justamente del dogma de la infalibilidad. La del Papa, claro. El viejo teólogo acaba de cumplir 88 años y mantiene dignamente la llama de su rebeldía, de modo que aprovechando la aparición de un nuevo volumen de sus memorias –el quinto, que reúne sus polémicos textos sobre el dogma– ha hecho un llamamiento al papa Francisco pidiéndole que permita revisar el de la infalibilidad.

Küng –su último título publicado en España es Una muerte feliz, donde aborda con lucidez y esperanza la proximidad de su último viaje– quiere, antes de irse, intentar de nuevo lo que ya le costó el castigo vaticano de ser apartado de la enseñanza de la teología: que se acabe con este dogma. “Afortunadamente –escribe a Francisco– es usted casi 10 años más joven que yo y, como espero, me sobrevivirá. Y seguramente comprenderá que en mi condición de teólogo, llegado el final de mis días y movido por una profunda simpatía hacia usted y su labor pastoral quiera ahora que todavía estoy a tiempo hacerle llegar mi ruego”. Esta simpatía que Küng dice sentir por el Papa le induce a pensar que Francisco podría sumarse a la actitud comprensiva que Juan XXIII mostró sobre el asunto y que Küng resume en una bonita anécdota. Según ella, estando con un grupo de estudiantes, el Papa bueno dejó caer, con presunta naturalidad:

—No. Yo no soy infalible.

Causó, como esperaba, sorpresa. Y acto seguido matizó:

—Bueno, lo soy cuando hablo ex cátedra…

Entonces, breve pausa, una sonrisa y este guiño:

—Pero esto es algo que yo nunca haré.

Es una lección de humildad y de sabiduría. Nos enseña que no hay que hablar ex cátedra ni siquiera siendo Papa de Roma. Llevada a la política, la pretendida infalibilidad es absurda, imposible, ridícula y sobre todo inútil. No solo no da poder sino que aleja de él y enclaustra a los que pretenden poseerla en su reducida, tal vez cómoda pero angélica o extraterrestre, cátedra. La silla en la que Juan XXIII se sentaba con buen humor y sin apoltronarse. El resultado es que además del más querido, Juan XXIII fue el que realmente renovó y ayudó a cambiar tantas cosas. Sin creerse infalible, sin sentar cátedra, arriesgándose a errar. “Ío non sono infallibile”, les dijo. Ninguno lo somos.

Jaume Boix Director de El Ciervo

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