Querido amigo

Espero que sigáis todos bien. Recibí tu carta ayer y por el matasellos vi que salió hace diez días, ya ves cómo está el correo. Lo hice notar al cartero y me dijo exactamente esto: “Ya ve cómo está el correo”. Añadió que ni siquiera les dan uniforme y que suerte tiene de que no lo hayan echado. Todavía. Me apresuro, pues, a responder, aunque supongo que cuando te llegue esta, pocas cosas habrán cambiado y me temo que no para mejorar. Lanzas una piedra al lago y en todos los círculos que se van formando, desde el más cercano al mayor, se refleja el mismo bucle de fatigante mediocridad, los gobiernos siguen en manos de gente poco preparada, floja de remos, larga de manos, unos con más cara que cabeza, otros que en su necedad se creen astutos, oportunistas que tiran la caña en aguas revueltas, aprendices de guía que se pierden por los atajos, inventores de democracias ¡ay! referendatarias y no sigo para no alarmarme, porque el más macho de esa jaula de locos tiene a mano el botón nuclear.

No veas, querido, en este desahogo un faible populista, tan de moda. Soy consciente de que los políticos hoy objeto de merecidas críticas y a veces abusivo vilipendio nos representan en todos los sentidos: porque los hemos libremente elegido y porque son nuestra representación, nuestra figuración, imagen de cómo somos. De entre nosotros salen, no como setas sino como Eva de la costilla de Adán. Eso es para mí lo más preocupante y te confieso que a veces me dan ganas de salir pitando, como el Alcestes del Misántropo, ¿recuerdas?, “buscaré por el mundo la escondida ciudad /​donde el hombre de honor habite en libertad”. Pero, claro, todavía la busca.

Te mando el último número de la revista. Verás que publicamos los artículos del premio Enrique Ferrán y a propósito quiero contarte un detalle que te gustará: los miembros del jurado, gente seria y navegada, quedaron conmovidos al leerlos. Una cosa, decían, es manejar informes macroeconómicos, análisis de coyuntura y prospectivas optimistas sobre la cuarta revolución tecnológica poblada de robots que trabajarán como esclavos y pagarán la sanidad y las pensiones mientras nosotros viajamos, tocamos el violín, cultivamos bonsáis, escribimos versos y vivimos en la nube o en el cielo, una cosa es esa y otra es toparse con testimonios desgarradores de las víctimas de este esperado reparto del trabajo que, como Godot, ni llega ni llegará. Fíjate en este: “Todo aquello que un día imaginé ya no existe”. Lo escribe una joven de 30 años, Carlota Alonso. Muy duro. O lo que dice, con dolor que se te pega al alma, Pilar Lachén: “No nos prepararon nuestros padres para esto. Llenaron su vida y la nuestra con la ilusión de tener hijos que el día de mañana fueran hombres y mujeres de provecho, independientes, capaces de comerse el mundo cuando ha sido este el que se nos ha comido”. Muy triste, ¿no crees? ¿Podemos, ante esto, huir? No, no podemos bajar los brazos y dejar a nuestros hijos un mundo peor del que heredamos. Algo hay que hacer, pero ¿qué? Hablo de aquí, de lo nuestro, de casa, es decir también de esa bella Europa que cumple 60 años y navega a la deriva sin gobernalle. Algo hay que hacer. Espero con ansia tu respuesta.

Y sí, tienes razón cuando dices que desde 2008, cuando estalló la crisis financiera, ha pasado una década y hemos retrocedido unas cuantas más. No hay industria y la poca que aguanta se mantiene a costa de reducir primero el número de empleados, después los horarios y la paga de los que quedan y después… ¿Qué sentido tiene esto? Para mí una empresa no lo tiene si no da trabajo a su comunidad. Enriquecer a los accionistas, aumentar la rentabilidad, son objetivos de los escualos del business pero que sean la razón de ser de una existencia me parece muy pobre. Ganar dinero no es delito ni pecado, se dice. Y es verdad: algunas veces no lo es. Pero ¿dónde está la responsabilidad social de la empresa? ¿Existió alguna vez? ¿Quién y por qué, para volver al principio de la carta, ha dejado, por ejemplo, que agonice el servicio de correos, en otro tiempo, junto al ferrocarril, orgullo y prez de todo Estado digno de este nombre? ¿Por qué no sabe competir con otras mensajerías más eficientes, ya sean los drones de Amazon o los ecociclistas que cual intrépidos discípulos de Miguel Strogoff sortean trampas y peligros de la selva urbana para entregar a tiempo su mensaje?

Del correo postal, de enviar y recibir correspondencia hablamos también en este número. Ahora se escribe más que nunca pero no cartas. Hay listas de contactos, no corresponsales y correspondientes. La comunicación digital es mucho más fácil y rápida; ¿es por ello mejor? Quizá no siempre. La inmediatez, virtuosa en la urgencia, no siempre es una necesidad. A veces conviene que el texto repose, que uno digiera y asimile y luego piense bien la respuesta y la escriba con orden y si es posible cierta gracia. ¿Esto puede hacerse en cualquier soporte? Claro que sí. ¿Se hace? Creo que no.

Pero, en fin, tampoco vamos a llorar por ello cuando tenemos tantos motivos serios para hacerlo. Digamos, constatando, que en este asunto del correo postal las cartas están echadas. Y no al buzón, sino a la papelera.

Te mando un gran abrazo y saludos para los tuyos de nuestra parte. Os añoramos. Escribe pronto.

PS: Imprimí la carta, como siempre, después de escribirla en el Ipad. A ver cuando os ponen wifi.

Jaume Boix Director de El Ciervo

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