Cortoplacismo

Cortoplacismo es una palabra menos agraciada incluso que lo que significa. Pero rara no es: al contrario, tiene vida y vigor, figura ya en el diccionario y su uso es tan políticamente correcto que más bien es un abuso.

Cuando la Academia decide dar por buena una palabra lo mínimo que podemos pensar es que por algo será. Porque, aunque no tanto quizá como entrar en la Academia, acceder al diccionario cuesta lo suyo y obliga a las palabras a acreditar muchos méritos: peso, densidad, sentido, uso, resistencia al desgaste, utilidad, aceptación, funcionalidad y si puede ser algo de belleza o eufonía (aunque este último no es un campo obligatorio). Está bien que así sea porque el diccionario es la obra magna de una lengua, el cofre que guarda todos los nombres, el depósito fiable al que acudir para comunicarnos. El diccionario son palabras mayores y menores, catalogadas amorosamente y ordenadas con diligencia para que las encontremos en su sitio cuando necesitamos, por ejemplo, pensar.

Entre las siete decenas de nombres que en su última revisión los académicos incluyeron en el diccionario está, además de la citada, la palabra multiculturalidad, referida a la convivencia de varias culturas. Es comprensible que por fin se dé por buena porque responde en efecto a una realidad incuestionable. Las culturas no solo se aproximan cada vez más sino que se funden, se confunden, se mezclan y se enriquecen mutuamente. La multiculturalidad es un hecho: no hay más que ver las palabras prestadas por otras lenguas que el mismo diccionario hace suyas, es decir nuestras: wifi, intranet, giga, tuit, backstage, birra, bótox, pilates, spa, precuela, coach, dron, identitik, impasse, tunear, brik, quad, euríbor (que es un acrónimo del inglés Euro Interbank Offered Rate). O el –masculino– hiyab, pañuelo usado por las mujeres musulmanas para cubrirse la cabeza y –el o la– burka.

Además de estos préstamos el diccionario da por buenas palabras de reciente invención que tratan de designar nuevas realidades sociales: mileurista, amigovio (extravagante expresión para uno que es más que amigo y menos que novio), homoparental, feminicidio. O que provienen de la política: europarlamentario, a la que ha costado decenios ser admitida, quizá en consonancia con lo que cuesta consolidar la Unión Europea, un proyecto diametralmente opuesto al cortoplacismo de que hablamos. Cortoplacismo muestra una primera contradicción: es demasiado larga para expresar algo corto. Eso parece incoherente. La palabra tiene un origen mostrenco, difuminado. Parece que ha venido rebotada del mundo de la economía financiera, feraz campo abonado a la creatividad numérica y a la invención de palabras que disimulan su sentido. “A corto” y “a largo” decían en aquel mundo no hace mucho para referirse a inversiones, depósitos, rentabilidades y beneficios. Pronto la carrera la ganó de calle el “a corto”, la búsqueda del inmediato beneficio aunque se traduzca en pan para hoy y hambre para mañana. Eso nos trajo la burbuja, el triunfo del “a corto”.

Fue tal su éxito que no tardó en incorporarlo la política, lugar de gente ilustrada que habla en polisílabos. Sabían que es corto el prestigio de corto. En su catálogo el diccionario nos da una sola acepción virtuosa: la que asocia corto a breve cuando se refiere a los discursos. Ahí está bien. Pero todo lo demás, ya me dirán: bajo, chato, chingo, escaso, insuficiente, rabanero, rabicorto y truncado; escaso, apocado, encogido, pusilánime. Todo eso es corto. Y una ración corta deja insatisfecho, ser corto es ser poco expresivo, un corto de alcance es tonto, quedarse corto es no estar a la altura, corta de mangas es camisa defectuosa y un corto de vista no ve a dos pasos. De manera que la política corrigió la cortedad de la palabra recuperando el plazo y añadiendo el sufijo ismo que le da apariencia de corriente filosófica de alta escuela. Y así el cortoplacismo se fue extendiendo (o alargando) en nuestra sociedad de forma sostenida, por lo que la Academia ha acabado admitiendo la palabra, que es casi tan fea como lo que conlleva: imprevisión, incapacidad de prever y prevenir, cortedad de miras, falta de horizontes, miopía.

El cortoplacismo es uno de los males de nuestra política, de nuestra economía, de nuestra sociedad. De él se quejan, porque lo sufren, investigadores, científicos, médicos, enseñantes, artistas, los padres que piensan en sus hijos, los hijos que han tenido que emigrar, los que trabajan por horas, los que sobreviven al día sin encontrar ofertas a medio o a largo plazo donde confiar sus menguadas reservas de esperanza. Ofertas que no tienen ni nombre: medioplacismo o largoplacismo no existen ni parece que estén hoy en la mente de los que deben dirigir y organizar el país. Cuando nos decidamos a tomar cartas en el asunto y a pensar en el futuro, entonces quizá estas palabras ganarán peso y popularidad.

¿Habrá influido la confirmación académica del cortaplacismo en la contagiosa extensión de su práctica que observamos en tantos campos? Más bien es al revés: la palabra nos permite identificar el mal, señalarlo y empezar a pensar cómo curarlo. La Academia hace muy bien en admitir cortoplacismo aun cuando esperamos que caiga algún día en desuso. Porque las palabras nunca sobran. Es más: cuando alguien pone cara de asombro, alegría o dolor y gravemente proclama “sobran las palabras”, lo que en realidad dice es que le faltan.

Jaume Boix Director de El Ciervo

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad