Cenando con poetas

El cenáculo se convoca para celebrar y compartir la amistad y no para aclarar nada, pero algo quedó claro en esa noche y es que la poesía no tiene edad. Excepto Enrique Badosa, que conserva la prestancia de practicante del noble deporte del dandismo, las personas envejecemos; en cambio los versos quedan, la mayoría sobre el papel y algunos grabados en la mente, lugar razonable donde, además de albergar recuerdos y emociones, concebir ideas, configurar pensamientos y reflexionar un poco antes de tomar decisiones. Es decir que unos versos –tal vez pocos, ciertamente– influyen de algún modo en nuestras vidas. Estaban en la cena poetas de otras generaciones y acentos distintos para corroborarlo. José Ángel Cilleruelo, el mismo Duque Amusco, José Corredor-​Matheos, premio nacional y poeta –¿quién es el que me dicta lo que escribo?– fino explorador del fondo de sus silencios.

Los poetas se suceden, nuevas voces toman el relevo. Pero los versos suman, se acumulan como las hojas en otoño y no siempre el viento del norte se los lleva: algunos, como aquellos de Prévert, nunca se pueden olvidar: et la chanson que tu chantais /​toujours, toujours je l’entendrai. Ya fuera escrito el verso ocho siglos antes de nuestra era –la aurora de rosados dedos, las cóncavas naves aqueas– o anteayer –por eso ha sido escrito el Partenón con la más bella tinta de la tierra – , ¿qué importa? Lo importante es que perdura. Hete aquí una benéfica función pública de los humildes versos: la de constituir un patrimonio para uso y disfrute de todos y en todo tiempo y lugar. Poesía social.

Enrique Badosa fue amigo íntimo y albacea de J.V. Foix. Lo tiene por uno de los grandes poetas universales. No un gran poeta catalán del siglo XX, no: uno de los mayores de la literatura de todos los tiempos, insiste Badosa desde la autoridad de su conocimiento, que no es poco, pues ha traducido, y muy bien, a Catulo, Horacio, Llull, Petrarca, Jordi de Sant Jordi, Ausiàs March, Rois de Corella, Antonio Ferreira, Baudelaire, Claudel, Rilke, Espriu o al mismo Foix. De Foix contó al calor de la sobremesa anécdotas de su relación y algún detalle en absoluto anecdótico: explicó que su catolicismo chocaba con la corriente imperante en los años sesenta y setenta, cuando el sectarismo marxista imponía en la cúspide del canon de la ortodoxia la para él única vera poesía social, y recelaba de la experimentación surrealista, el lenguaje de raíz medieval o los sonetos perfectamente medidos que cultivó Foix con tanto gusto y maestría. Los que por entonces cortaban el bacalao llegaron incluso a decir que Onze Nadals i un cap d’any, el precioso volumen navideño de Foix –Ho sap tothom i es profecia/​a cal fuster hi ha novetat,– no era más que un ramillete de poesías circunstanciales cuando, sentenció Badosa, es un destilado de pura esencia foixiana.

Por suerte los buenos versos quedan y las modas, por definición, mudan. De manera que tal vez pronto se podrá cumplir el último deseo de la noche que expresó ya puesto en pie Enrique Badosa: que se haga justicia en forma de homenaje a la poesía de Lorenzo Gomis. El justo reconocimiento de Lorenzo como periodista e intelectual se aprovechó, dijo, para eclipsar su gran calidad como poeta, que es enorme pero no fue en su momento del agrado del sanedrín. La mesa en pleno asintió.

En estos tiempos en que se pide recuperar la memoria hasta casi olvidar o ignorar el presente, viene bien recordar o conocer detalles como esos de la vida discreta que pasa, ese Foix de orden, atildado, callado, tímido, católico y nada sentimental. Haría bien, por ejemplo, a los de la CUP que han tenido la asombrosa idea de pedir al ayuntamiento de Barcelona que expropie nada menos que la catedral y la convierta de manera forzosa y urgente en un economato –un economato, eso han dicho– y una escuela de teatro y danza. La catedral, sí. No parece que conozcan mucho la historia de la ciudad ni la vida de sus ciudadanos. Uno tiene que leer un par de veces su exposición de motivos para creer lo que ve, pellizcarse y comprobar que no se trata de una invención de la revista satírica Mongolia: “Desde la realidad social anticapitalista no se entiende cómo tiene cabida en el distrito un edificio propiedad de una institución que prácticamente en su totalidad y desde su fundación, ha servido a monarquías y burguesías, ayudando a perpetuar procesos de acumulación por desposesión, colonización, saqueo, esclavitud, moralización y control del proletariado”. Se refieren a la Iglesia. “Es por eso que pedimos la expulsión de los mercaderes del templo y la recuperación del espacio para las clases populares”, concluyen. La CUP, ya saben.

Si el pobre Foix levantara la cabeza igual les recitaba Sol i de dol, el soneto que Badosa tradujo: Solo y doliente, y con túnica vieja,/a menudo me veo en negras soledades/​y digo: ¿Dónde estoy? ¿Por qué tierras de antaño/​alocado te pierdes?

Y volvía, perdido, a la tumba.

Jaume Boix Director de El Ciervo

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad