Editoriales

Jordi Pérez Colomé

Hace poco leía un artículo de un comentarista norteamericano. El presidente Obama viajaba ese día a Estonia. Iba a prometer a los estonios que la OTAN les defendería ante cualquier incursión rusa.

EDITORIAL

Obispo de Roma

Joaquim Gomis

Mi amigo, buen teólogo, está satisfecho. Pero no he leído en la inmensa producción periodística de estos días siguientes a la renuncia, que nadie comentara lo que motiva su satisfacción. Que es simplemente que Benedicto XVI no dijo que renunciara a ser papa. En la conversación de estos días, todos más o menos utilizamos la palabra «papa» (renuncia del papa, cuál será el nuevo papa). Veo el vídeo de la audiencia del obispo de Roma a su clero y compruebo que tras un extenso aplauso, surge el grito o aclamación habitual: «¡Viva el papa!». Papa, la expresión que Joseph Ratzinger, buen teólogo, no utilizó. Como tampoco la utiliza mi amigo también buen teólogo.
¿Qué dijo aquel que todos llamamos papa? La fórmula clave, en latín, fue: «Declaro que renuncio al ministerio de obispo de Roma». Es lo que repite mi amigo: el denominado papa es en realidad el obispo de Roma. Y no es ninguna originalidad. Basta abrir el Anuario Pontificio y comprobar que bajo el nombre de aquel que llamamos papa, el primero de la extensa lista de títulos es Vescovo di Roma (y el último, tras el de «Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano», es Servo dei servi de Dio).
¿Tiene todo esto alguna importancia? A mi juicio sí. No es una cuestión de palabras, las palabras son significativas. En este caso expresan el progresivo cambio experimentado en la Iglesia católica sobre la función del sucesor del pescador Pedro. «¡Viva el papa!» grita enfervorizada la multitud, sin saber que durante mil años «papa» (del griego papas, padre) era el título habitual otorgado a todos los obispos y sacerdotes, que se conserva en el oriente cristiano como pope. Fue al iniciarse el segundo milenio cuando Gregorio VIII decretó que en la Iglesia católica sólo lo podía utilizar el obispo de Roma. Es el signo de un cambio, del inicio del progresivo crecimiento de la figura del papa. Crecimiento lento porque sólo quinientos años después Alejandro VI, el papa Borja, fecundo en hijos fue también fecundo en iniciar la burocracia que tras el concilio de Trento se convirtió en la curia romana. Y cada vez menos se habló del obispo de Roma. Porque cada vez más el protagonista venerado –sobre todo desde que en tiempos de Pío IX quedó encerrado en el Vaticano– fue el papa. Hasta que de hecho en muchos aspectos la Iglesia católica quedó identificada con el papa.
Ahora, al iniciarse un nuevo milenio, un obispo de Roma tiene la suficiente lucidez como para reconocer que «el peso del ministerio» que ha ido cayendo sobre él es excesivo. Lo argumenta basandose en su edad y su salud. Pero cabe preguntarse si el problema no es básicamente que la concentración de poder, de responsabilidad, en el obispo de Roma, es desmesurada en sí misma. Pareció que el concilio Vaticano II quería corregir esta concentración de poder. Quererlo lo quiso, pero lograrlo no parece. La Iglesia sigue identificada con la figura del papa y su desmedido protagonismo. La curia romana lo comparte, pero sabe disimularlo.
Desmedido, quizá este sea el diagnóstico. Me preguntaba el director de esta revista por mi recuerdo de los papas que he conocido. Y la pregunta me trae el recuerdo de algo que escribió mi hermano Lorenzo. No encuentro la cita pero me quedó grabado, quizá porque me sorprendió dicho por él, más tolerante que un servidor. Sólo uno conseguía buena nota –excelente nota – , Juan XXIII evidentemente (Juan Pablo I, el papa Luciani, ni tiempo tuvo para ser valorado). Y diría que la diferencia peculiar de Angelo Giuseppe Roncalli fue que se sintió ante todo obispo de Roma y superado ante el ministerio de papa: por ello lo que se le ocurrió enseguida fue convocar un concilio. Los otros, tan distintos entre sí, todos con su mejor buena voluntad y cada uno a su modo han pretendido resolverlo todo. Sin reconocer de entrada que la tarea era desmedida. Por eso todos, de algún modo, han fracasado en su intento.
Ahora se ha despedido Benedicto XVI. Uno no se entusiasmó con su elección, pero ahora siente cierta pena al verle andar dificultosamente hacia su retiro. Si fuera un jugador de futbol de mi equipo, pensaría que ha hecho lo que podía, con buena voluntad, pero sin encontrar nunca su lugar en el equipo. O que ha sido todo el equipo –en Roma, en el conjunto del episcopado– el que ha flojeado. Quizá lo que más le reprocharía es su escaso entusiasmo conciliar, demasiado creyente en sus ideas. Pero más a fondo pienso que confirma lo antes dicho sobre lo desmedido de la actual concepción del ministerio papal. Por eso no me apasiona en absoluto el juego quinielístico sobre los posibles papables. El problema está mucho más en lo desmesurado del ministerio para el que se elige. Y los electores me parecen figurantes de un intento imposible.
Ojalá encontraran alguien muy discreto capaz de iniciar una nueva etapa, la del tercer milenio, eligiendo más a un buen obispo de Roma que a un gran papa mundial.

EDITORIAL

Siempre queda algo

Jordi Pérez Colomé

En primavera recibí un correo electrónico de un catalán que vivía en Mántova, Italia. Trabajaba para la organización de un festival literario. Me invitaban a hablar de periodismo en la siguiente edición en septiembre. Acepté en seguida. No por el festival, sino por Italia. Voy a Italia siempre que puedo; si me invitan, más. No le di más importancia hasta que una amiga italiana me escribió al cabo de unas semanas: «¿Vas al festival de Mántova y no me lo has dicho!» Se había enterado porque se acababa de publicar el programa y, aparentemente, decenas de miles de italianos lo recibían y reservaban rápido sus entradas para los actos.
A principios de septiembre tomé el avión a Bolonia. Llegué al aeropuerto a las 11 de la noche y me esperaban dos personas –un chófer y una chica que hablaba español– con un cartel con mi nombre sin faltas de ortografía. Me llevaron a Mántova y me dejaron en el hotel. Durante el viaje me advirtieron: «Este festival no es una fiestecita cualquiera». Al día siguiente, tenía mi acto: hablaba con otros dos periodistas italianos más jóvenes que yo. Ninguno de los tres era conocido. Me enteré que para entrar a los actos había que pagar un billete de 5 euros. ¿Quién iba a pagar para ver a tres periodistas desconocidos? En la sala había unas 120 personas.
Fue solo el inicio de mi sorpresa. Estuve tres días más en el festival. Fui como asistente a charlas de un escritor egipcio, uno americano, una israelí y uno francés, además de varios italianos. Incluso fui a ver al pequeño teólogo de la liberación Gustavo Gutiérrez, que hablaba con una candidez tremenda en un italiano macarrónico junto a un cardenal alemán. Fue un espectáculo. En algunos actos había cientos de personas, sin un solo lugar vacío, todas habían pagado su entrada y la mayoría escuchaba con atención. Hace años que no leo novelas porque me interesa más el mundo real, pero el ambiente del festival y algún escritor hizo que me interesara por su trabajo. Pero eso no es lo importante. La noticia era que en cuatro días decenas de miles de personas pagaban por oír y ver a escritores.
El Festivaletteratura de Mántova lleva 17 ediciones. Todo está bien organizado: los actos empiezan puntuales, los intérpretes que traducen son magníficos y si un acto no acaba de ser interesante, seguro que el siguiente lo es. Pero no podía dejar de pensar: esto interesa igual que un festival de música moderna y encima los protagonistas no actúan, solo charlan. ¿Por qué aquí han logrado esta proeza? En general, si algo no interesa es sano que desaparezca. Un espectáculo como el de Mántova confirma mi opinión. La literatura, el arte, la escritura no van a extinguirse aunque nos preocupe. Un cambio de formato –las innovaciones digitales u otro– no va a provocar, así como así, la muerte de un arte antiguo. Pero siempre queda la duda de qué interesa más y por qué.
A la gente solo le interesa el fútbol y los programas del corazón, se suele decir. También algunos programas o series. Es verdad. Las audiencias lo demuestran. Son industrias que mueven más dinero. He conocido a más personas que saben hablar de fútbol que de libros. Hace unas semanas murió una persona que era justo lo contrario: Martín de Riquer. Le vi solo una vez en mi vida, para una entrevista que hicimos con Lorenzo Gomis en casa de Riquer hace más de diez años. Durante todos estos años me he acordado a menudo de una frase que nos dijo Riquer y que recordamos en este número. Preguntó a unos estudiantes si habían leído el Orlando furioso, de Ariosto. Nadie levantó la mano. Y Riquer: «Señores, tengo el gran honor de felicitarles. Les felicito porque aún les queda en esta vida el placer de leer el Orlando furioso».
La frase de Riquer tiene trampa. El goce del Orlando furioso requiere una educación. Si quedaran seis meses de vida a mucha gente que conozco, no escogerían el Orlando furioso como último gozo. ¿Por qué no si ya no se tendrían muchas preocupaciones ni prioridades? ¿Por qué no seguir entonces una recomendación de un sabio como Riquer? No se disfruta igual algo nuevo que algo que hace tiempo que uno conoce.
En su «Diario» de este mes, Joaquim Gomis confiesa que ha leído Los hermanos Karamazov de Dostoyevsky porque lo recomendó el papa Francisco. No creo que Francisco sepa de libros más que Riquer, pero su recomendación es igual de válida. Joaquim la ha seguido porque le gusta el criterio del Papa; de este Papa.
La alegría de haber disfrutado mucho de algunos libros en mi vida me ayuda a entender las palabras de Riquer o Francisco. No por eso juzgaré a quien no le guste; ni siquiera estoy seguro de si habrá tenido peor suerte. Me gusta ver un festival de literatura en Italia lleno; me gusta ver que una revista loca como El Ciervo puede vivir más de 60 años, que haya jóvenes que les parezca interesante y que otras nuevas sigan saliendo; me gusta que el Papa recomiende libros de Dostoyevsky y que Joaquim siga su consejo. En 2013 hay espacio para todo eso. Es una gran noticia que ese rincón de la lectura siga tan vivo o más que en otras épocas –seguramente más. La oportunidad de vivir en una época así es para no quejarse de decadencias. Siempre podremos aprender a leer el Orlando furioso. Si queremos.

EDITORIAL

Los gestos campechanos

Jordi Pérez Colomé

Cuando cerramos el número anterior, no había Papa. En las mil teorías que oí en la redacción de El Ciervo había curiosidad por saber quién sería el siguiente obispo de Roma, pero nadie tenía gran esperanza. En este número preguntamos a unos cuantos amigos expertos que valoren al papa Francisco. Hay unanimidad: es magnífico y prometedor. ¿Qué ha pasado? Solo gestos. Jorge Mario Bergoglio ha pagado la cuenta de su hotel, no duerme en los apartamentos vaticanos y cada mañana hace una pequeña misa con su homilía donde cuenta lo que le apetece. Es tan sorprendente y fresco que una buena amiga me dijo que era una pose: «¿Por qué no se pone los zapatos rojos que llevaba Benedicto XVI?» Diría que no hay que buscar grandes motivos: no quiere. Para un Papa, no hacer lo que se espera es más difícil que para cualquier otro. Ese es el mérito. Pero los Papas tienen en cambio una ventaja. Deben dirigir la Iglesia, pero su mando no les obliga a las grandes gestas legislativas de otros presidentes. Tienen una responsabilidad distinta. La silla de San Pedro da para más. Su ocupante puede centrarse en dar ejemplo de vida. Cada vez que conozco a alguien que es famoso o admirado, acabo con la impresión de que es un tipo normal. Su labor requiere talento y esfuerzo y suelen hacer bien su trabajo, pero luego comen pizza, van en bici, se preocupan por sus hijos. Pero no les vemos hacer eso y nos olvidamos. He vuelto hace unas semanas de Israel. He conocido a tenientes coroneles, agentes del Mosad y comandantes de las brigadas de Al Aqsa. Seguro que los hay raros, pero también eran gente normal. Las imágenes que vemos de un conflicto son las extraordinarias, pero en la vida cotidiana la mayoría se preocupa de ir tirando sin apuros. El Papa quizá no coma pizza, pero es magnífico ver cómo se paga su cuenta y es fácil imaginarle como hace de Papa después de desayunar un café que se ha servido él. Los gestos dan confianza. Si el Papa hace lo que cualquiera de nosotros en su vida privada, es más fácil pensar también que hará lo mismo que una persona normal como Papa. O lo intentará. Imagino que habrá gente a quien no le gusta que el Papa sea campechano. Una persona campechana, por ejemplo, se deja asesorar y cambia de opinión si es necesario. Prefiere el sentido común. Procura entender y aceptar los problemas ajenos. Le gusta lo suyo pero admite que otros también pueden vivir con sus creencias y costumbres. Pero para algunos una persona campechana podría transmitir inseguridad, dudas. Para quien quiere convicciones, un campechano es incómodo, porque puede decir cosas así: «Después de 50 años, ¿hemos hecho todo lo que nos dijo el Espíritu Santo en el concilio? ¿En esa continuidad de crecimiento que fue el Concilio? No. No queremos cambiar. Más aún, hay voces que quieren retroceder. Esto se llama ser testarudos, querer domesticar al Espíritu Santo, volverse tontos y lentos de corazón». El Espíritu Santo es campechano y querer domarlo es poco prudente. Como en El Ciervo creemos que somos campechanos (Joaquim Gomis es el mayor ejemplo de campechanez que conozco), el papa Francisco nos gusta. Nos preocupa qué va a poder hacer y cuáles serán sus objetivos principales. Pero nos conformamos bastante con que dé ese ejemplo de naturalidad, que es un valor a veces difícil de lograr. En España la naturalidad entre personajes públicos con responsabilidad es rara. La crisis complica el ambiente. Los políticos prefieren salir poco y a ninguno se le ocurrirá bajar de su casa para hablar con los representantes de un escrache. Hace poco tuve la ocasión de conocer a un político español en Bruselas, con un cargo de cierta importancia. Un día –contó– debía intervenir en un mitin en Francia en apoyo de un candidato afín. Llevaba su discurso preparado en unos papeles. Cuando le llegó el turno, el político le dijo: «¿Qué son esos papeles?» Respondió que era el texto que iba a leer. «Uy –le dijo el político– no te va a hacer falta. Te darán un micro y te van a hacer preguntas». El político español, del desconcierto, aún preguntó si estaban preparadas. «Me temo que no», le dijeron. Salió a la tarima y aprendió que la naturalidad y el debate son el mejor modo de acercarse a los votantes. En otros países estos métodos son comunes. La senadora republicana Kelly Ayotte, como la mayoría de sus colegas, hace encuentros con votantes. En abril, tras votar para no aumentar el control de armas, tuvo que responder a una pregunta de la hija de la directora de la escuela Sandy Hook, Newtown, que murió en la matanza de diciembre. La cercanía debería ser una obligación. El Papa es más famoso que cualquiera de estos políticos. Sus gestos pesan más. Es una suerte poder contar con alguien así en un lugar tan destacado. Gracias Llevamos ya tres números de este año raro. Queremos sobre todo agradecer algo que esperábamos en nuestro interior pero que no podíamos asegurar: los suscriptores no se han quejado ni han abandonado. Esperamos que en 2014 todo vuelva a ser como antes. Seguiremos informando.

EDITORIAL

Un señor libre

Jordi Pérez Colomé

En el edificio de la redacción de El Ciervo había hace unos años una amable portera, Montserrat. Tras la muerte de Lorenzo Gomis en 2005, su hermano Joaquim empezó a venir más a menudo. Cuando entraba, la señora Montserrat le decía: «Buenos días, señor Gomis». Cada saludo, según decía Joaquim, le recordaba que era el último «señor Gomis». Joaquim Gomis Sanahuja, de 82 años, murió de repente en la madrugada del sábado 21 de diciembre. Se había levantado a echar un vistazo al ordenador –lo hacía cuando no podía dormir– y quizá a fumar un cigarrillo o comer una galleta danesa. Cuando volvió hacia la cama, le costaba andar. Su mujer, Montse, quiso ayudarle y con esfuerzo logró meterlo en la cama. Joaquim dio un gran suspiro. Al rato llegó el médico, que certificó el fallecimiento. Joaquim moría igual que su hermano Lorenzo: de repente, en casa, cerca de la cama.
Joaquim, igual que sus hermanos, Joan y Lorenzo, fue uno de los fundadores en 1951 de El Ciervo. Después se ordenó sacerdote y fue vicario en Sant Just Desvern, cerca de Barcelona. En 1962 viajó a Roma como doctorando, pero sobre todo tuvo la suerte de poder observar de cerca a su admirado Juan XXIII y el inicio del Concilio Vaticano II. Un año después volvió a Barcelona para trabajar en el Centro de Pastoral Litúrgica. Con las revistas del Centro, ayudó a miles de sacerdotes a aplicar las novedades litúrgicas del Concilio Vaticano II. Empezó entonces su relación con Foc Nou, que al poco tiempo se mudó a esta casa. Joaquim se secularizó en 1992 para casarse con Montse Obiols. Se jubiló poco después, pero nunca dejó de escribir. Es el oficio al que más tiempo dedicó en toda su vida y con el que se describía: escritor.
Aprendí mucho de Joaquim. Le conocía bien desde hace solo diez años. Mientras preparaba este número, he descubierto un libro que no sabía que existía: Jukebox (Sígueme). Son cartas que enviaba en 1962 desde Roma a siete adolescentes de Sant Just Desvern. Joaquim tenía entonces poco más de 30 años. Leía esas cartas y veía al Joaquim que conocí con 70. Cuando charlaba con él, me daba cuenta de que las percepciones en la vida –las importantes de verdad– apenas cambian. Se cambia de opinión, no de formación.
Veía en Joaquim a ese joven que fue porque aún lo era. No tenía nada más de viejo que el paso lento y el bastón. Resultaba fácil imaginarlo en Roma, disfrutando entonces de lo mismo que ahora. Describe por ejemplo un domingo de Pascua en Florencia. Con dos sacerdotes, subió a Fiésole: «Nos sentamos en unas escaleras, ante el convento de San Francisco y con el panorama de Florencia por delante. Bajo el sol, bajo un cielo suficientemente azul, con un aire bastante agradable. Tomamos nuestros helados. Fumé mis pipas. El brasileño contaba cosas del Brasil. Y el mundo desfilaba por allí. Una tarde de fiesta, de primavera, de domingo, de Pascua». Aquel Joaquim era el mismo de sus charlas recientes en el banco de los jubilados en Sant Just, con sus cigarrillos y sus amiguetes, que seguro que le contaban cosas, porque Joaquim prefería escuchar, y podía ser igual que aquella tarde de Pascua hace 50 años.
Hace poco el buen amigo José Martí Gómez le entrevistó en la cadena Ser. Le preguntaron si le hubiera gustado llegar a obispo. Joaquim rió y dijo que no era para él: «Me gusta ser libre, no me gusta mandar». Joaquim creía que en la Iglesia se podía ser libre, pero solo abajo, con la gente sencilla, que era una expresión que le gustaba. Es cierto que fue libre y le gustaba serlo y no imagino un logro más hondo. Se puede viajar, leer, trabajar más, pero son detalles. La elección de una vida libre, auténtica, sencilla es más difícil: «La libertad no depende de los demás, no depende de las circunstancias», escribió.
En verano, leyó Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski (fue una recomendación pública del papa Francisco). En uno de sus últimos documentos del ordenador había una lista de frases de los Karamazov. La familia decidió usar dos para el recordatorio del funeral: «No podía amar pasivamente, para él amar era ayudar» (cuando preguntaron a Montse, su mujer, si le parecía bien esa frase, dijo: «Es lo que hemos hecho toda la vida») y «Con amor todo se salva».
El amor, la libertad, la naturalidad y la sencillez resumen el ejemplo de Joaquim. Nunca decía nada que antes no hubiera pensado y creyera. En un editorial hace unos meses intenté resumirlo en una palabra, y le llamé «campechano». No le gustó, imagino porque la palabra tiene un tono bruto y feo. Era amablemente tozudo y era mejor no hacerle enfadar, pero era fácil evitarlo.
Con Joaquim se va el último «señor Gomis». Los tres hermanos junto a Rosario Bofill fueron el pilar de esta revista desde el primer día. Todos reflejaban de un modo u otro el carácter de El Ciervo. Eran El Ciervo y El Ciervo era como ellos. Qué pasa ahora con El Ciervo es una pregunta inevitable. Esta revista es su herencia. No habría mejor homenaje que seguir adelante con este proyecto libre, sencillo, profundo. Cuando murió Lorenzo Gomis, director durante medio siglo, el editorial se tituló «Siempre se está empezando». Eso procuraremos hacer mañana, bien acompañados.

EDITORIAL

Yo he copiado

Jordi Pérez Colomé

Un amigo periodista me contaba con detalle hace unos días uno de sus temas: los encargados de las webs de descargas ganan mucho dinero a expensas de terceros. Estás páginas funcionan así: cuelgan cientos de películas, series o canciones y millones de usuarios se las descargan gratis en sus ordenadores. Los anuncios que hay en esas páginas pagan algún céntimo por cada visita. Por tanto, sin hacer nada, sus propietarios ganan bastante dinero. Mi amigo quiere que se hable cada vez más de esta trampa. Cree que es un robo a los creadores: millones de usuarios ven y escuchan productos culturales gratis y unos intermediarios se enriquecen sin esfuerzo. Quizá es poner puertas al campo, pero la preocupación de mi amigo parece loable.
Unos días después charlaba con otro amigo informático que trabaja para el periodista. El informático hizo algunos servicios para una gran empresa en la que trabaja el periodista. Cuando llegó la hora de la factura, el periodista le pidió al informático que añadiera 200 euros más a cargo de «futuras colaboraciones». El periodista quería asegurarse así que cuando él –no su empresa– tuviera algún problema informático, que se lo hiciera gratis. Esos 200 euros los pagaba una empresa externa para que él se aprovechara. Me sorprendió la rectitud en lo ajeno y la relajación en lo propio.
España está enfrascada en docenas de presuntos y reales escándalos de corrupción sobre la gestión del dinero ajeno. Hay pocas cosas que se hagan con menos cuidado que gestionar el dinero de otros. En los relatos de estos escándalos echo de menos la aparición de algún funcionario o político que diga: «A mí me ofrecieron 25 mil euros en dinero negro y dije que no». Quizá a quien tantean y ven incorruptible ya no se lo ofrecen. También echo de menos la confesión de empresas que digan: «A nosotros nos pidieron que añadiéramos un 3 por ciento a la factura de tal obra pública y dijimos que no».
Lo sé: qué ingenuo. Nada funciona así. Si una empresa renuncia a añadir ese 3 por ciento se cae del sistema y nunca más aspirará a la obra pública. El tema central de este número es «la justicia desigual». Es aclarador. Algunos jueces quieren llegar a la cúspide y necesitan hoy la ayuda de políticos que les nombrarán mañana; es algo corruptor, pero ley tras ley, los políticos de todos los partidos mantienen leyes similares. Los procesos judiciales están plagados de trampas legales que pueden obstruir el buen trabajo de los funcionarios. Por si fuera poco, según se cuenta en uno de los artículos, cada uno de los 4.900 jueces españoles debe afrontar 2.300 casos al año. Son casi diez casos por día laborable. Es una gran falta de recursos. El sistema favorece a quien tiene más dinero: también sus coches son más seguros y sus opciones médicas, mayores. Pero también sus corrupciones son mayores y salen más en las noticias. La corrupción podría ser menor si todos los que lamentan su aumento en público fueran igual de tajantes con las corruptelas cercanas. Yo he copiado en exámenes. Copié hasta en el examen de matemáticas de la selectividad. En un examen de historia de BUP el profesor me pilló pasando una pregunta. A mí y a la chica beneficiada nos pusieron un «muy deficiente». Luego recuperé, pero no aprendí. Sigo pensando que copiar es un pecadillo de pícaro sin importancia. Años después, en una clase de alemán, el profesor nos hizo este ejercicio: «Vas con un amigo en un coche a 70 por hora. Él conduce. El límite es de 50.
Atropelláis a una persona. Llega la policía y os pregunta a cuánto íbais: ¿Qué decís?» Toda la clase escribió en un papelito: «50». El profesor confirmó su teoría: «Siempre que lo hago en España, sale 50. Siempre que lo hago en Alemania, sale 70″.
En Estados Unidos, no sé ya quién me lo contó, copiar está mal visto. La sociedad no lo admite, o lo admite peor. Nosotros no. En el próximo ciclo electoral americano se presentarán tres políticos –Mark Sanford, Anthony Weiner y Eliot Spitzer– que tuvieron escarceos sexuales reconocidos con amantes, prostitutas o jovencitas por internet. Por las encuestas, los votantes les han perdonado algo. Pero es más raro que vuelvan políticos acusados de malversar fondos públicos. Es otro nivel de corrupción o errores. En julio estuve unos días en Castellón para participar en un curso de verano. El aeropuerto de la provincia se ha hecho famoso por su inversión y poco uso. Allí cerca estaba también la ciudad de Marina d’Or a medio construir. Los profesores locales nos contaron que en Castellón ocurría este raro fenómeno: después de san Juan la ciudad quedaba vacía porque el 80 por ciento de los habitantes se iban a la casita de la playa –en Benicássim, en Grao– a 15 minutos en coche. También nos dijeron que el aeropuerto no era el mayor dispendio en la comunidad; hay muchos más. Aún así, el Partido Popular puede ganar en las próximas elecciones valencianas; no se ha hundido. La corrupción en una región vecina parece mayor vista desde fuera. Desde cerca, por algún motivo, no es tan terrible. Pero no: toda la corrupción es terrible. El primer paso es reconocer que todos hemos copiado y que es trampa. Yo he copiado, pero espero enseñarle a la próxima generación que copiar es malo y no sirve a nadie.

EDITORIAL

Supermán no existe

Jordi Pérez Colomé

El papa Francisco cumplió en marzo su primer año en el Vaticano. El director del Corriere della Sera fue a entrevistarle «en una salita de la [residencia] Santa Marta. Una sola ventana da a un pequeño patio interior que descubre un ángulo minúsculo de cielo azul». Ahí vive el Papa. El periodista le preguntó por la «franciscomanía» que se ha desatado. Francisco responde, parece, molesto: «Se dice por ejemplo que [el Papa] sale de noche del Vaticano para ir a dar de comer a los mendigos en la calle Ottaviano. Nunca se me ha pasado por la cabeza. Sigmund Freud decía, si no me equivoco, que en todas las idealizaciones hay una agresión. Representar al Papa como a una especie de Supermán, una especie de estrella, me parece ofensivo. El Papa es un hombre que ríe, llora, duerme tranquilo y tiene amigos como todos. Una persona normal».
Es la mejor descripción de su mayor cualidad: el Papa es un hombre normal. Francisco descubre así un secreto: las otras personas con poder también son como el resto. El poder del Papa no es como el de Vladimir Putin. Pero la fama y el cargo dan también poder, aunque sea de otro tipo. Es una maravilla que Francisco use ese poder para decirnos que ser Papa es una labor más dentro de la Iglesia, igual de importante que otras. La afirmación no es impostada. En sus respuestas, se nota que detrás habla alguien que piensa y cree lo que dice. Es natural. No «representa» el papel que podría acarrear su institución. Por ese peso pareció dimitir Benito XVI. Francisco en cambio vive la Iglesia como una institución natural, humana, en marcha como si fuera un paseo, con la carga aceptable de unos siglos que han construido otros hombres como nosotros, no seres sobrenaturales.
La humanidad de los líderes es aún poco valorada. Calará despacio, porque la presión del cargo no es una tontería. Cuando tropas rusas entraron en Crimea, el mundo miró al presidente Obama: ¿cómo iba a responder? Algunos sectores pedían una bravuconada: «¿Es el presidente Obama lo bastante duro como para enfrentarse al ex coronel del KGB en el Kremlin?», escribía un periodista del New York Times. Nadie quería una guerra, claro, al menos de momento. Pero Obama debía hacerse el chulo. Si la chulería derivaba en tensión y muertes, son cosas que pasan. Esa es la presión del cargo.
Hace cien años, los dirigentes europeos no supieron resistir a esa presión con naturalidad. Era otro mundo. Este año se cumple el centenario de la Primera Guerra Mundial. «El honor y los duelos eran tomados muy en serio por los ejércitos europeos», escribe hoy la historiadora Margaret MacMillan, que cita a un pensador alemán influyente en la generación de 1914, que escribió: «Si la bandera del Estado es insultada, es el deber del Estado pedir satisfacción, y si la satisfacción no llega, declarar la guerra, por muy trivial que la ocasión pueda parecer». Algo queda hoy de esa presión absurda. Por suerte, de momento, no parece llevar a guerras, aunque sí a conflictos. Detrás de una guerra siempre hay intereses estratégicos, pero es importante que cuestiones de presunto orgullo nacional no influyan en la opinión de todos. Para eso está el fútbol.
Las palabras y hábitos del papa Francisco demuestran que la pompa del cargo no significa nada extraordinario. Las pretensiones exageradas de los grandes deben ponerse en duda. En una larga entrevista hace unas semanas, Obama decía: «Estamos en este planeta bastante poco tiempo, así que no podemos rehacer todo el mundo a nuestro antojo. Somos solo parte de una larga historia. Solo intentamos acertar con nuestro párrafo». En este número de El Ciervo tratamos tres temas que ocupan más de un párrafo de nuestra historia: la educación, la inmigración y la globalización. Su progreso depende del esfuerzo, ideas y sufrimiento de miles de ciudadanos. La inmigración está por desgracia de nuevo estos días en los titulares. Creo sinceramente que si hubiera una solución alguien en el mundo la habría encontrado. Pero el deseo humano de querer una vida mejor puede con cualquier ley, ahora y en el siglo XIX.
La prueba de que ese deseo triunfa es que la emigración en todo el mundo en las últimas décadas ha creado sociedades distintas. La globalización ya no es solo cultural, sino también humana. El cambio no ha estado en manos de ningún político, que solo puede dar bandazos o empujones con sus decisiones. Las cosas importantes pasan despacio porque deben pasar. Hay que agradecer al Papa que reconozca sus limitaciones y nos dé otra perspectiva. En todas las idealizaciones hay una agresión, decía el Papa, sea contra quien sea. Es más fácil comprender un mundo real, a nuestra escala. Dejemos a los humanos equivocarse. El Papa –ni nadie– no es Supermán porque Supermán no existe.

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad