¿Papeles viejos o pequeños tesoros?

La función principal de la carta ha sido siempre la comunicación. Alguien tiene algo que decir a otra persona y ese es el motivo para establecer una correa de transmisión gracias a la cual la distancia geográfica o mental ha logrado superarse. Hasta la llegada del teléfono las cartas iban y venían constantemente, de una calle a otra de la misma ciudad, de una ciudad a otra, de un país a otro, de uno a otro imperio… Eran el único modo eficaz de ponerse en contacto y, como ahora ocurre con el correo electrónico, la gente ocupaba una parte significativa de su tiempo (que podía ser de toda una mañana o una tarde) para mantener al día el correo. En la medida en que las cartas tienen un destinatario concreto, indicado bien en los mismos pliegues del papel (procedimiento habitual cuando la carta se entregaba en mano) bien en el sobre, su contenido dependerá de a quien se dirigen. Es la naturaleza de la relación entre los corresponsales la que condiciona el contenido, el estilo y el grado de afectividad que transmitan. Dicho esto, es evidente que aunque la carta esté condicionada por el destinatario y por nuestra relación con él, hay mucho que decir del remitente. Hay quien adora expresarse por escrito, que destina parte de su tiempo a construir delicadamente esa cápsula intelectual o afectiva que es una misiva, mientras que muchas personas por más interés que tengan en el otro no dejan de expresarse rutinariamente, sin calor y muchas veces sin afecto, a pesar de sentirlo. Américo Castro, cuando escribe a su amigo Guillermo Díaz-​Plaja, le dice que, solo y aislado en un hotel de Playa de Aro, la carta es su única forma de poder tocar todavía el mundo. Ambos scholars lo tocaban tanto escribiéndolas como recibiéndolas y de ello da fe la abundante correspondencia de Díaz-​Plaja conservada en la Unidad de Estudios Biográficos.

¿Hay placer mayor que recibir una carta de alguien que nos ama? “Me gustaría recibir aún más cartas tuyas. Me gustaría que me inundases de palabras, que me dijeses lo que ya sé pero que tanto me gusta oírte. Así, por carta, resulta menos ruborosa la confesión” escribe un joven y ansioso Camilo José Cela a su novia, Charo Conde, el 8 de julio de 1941. La “manía epistolar” de Cela le llevaba a copiar las cartas que escribía y que por supuesto guardaba en su archivo. Casi cien mil cartas, conservadas en la calamitosa Fundación CJC y que van saliendo en cuentagotas. En todo caso, la fecha es importante en una carta, como lo es en un diario, porque cris taliza un estado de ánimo ubicado en el tiempo, nos proporciona un trozo de vida aislado del resto y envuelto en una intencionalidad. Porque en la medida en que nos dirigimos a otro ejercemos algún modo de transacción, administrativa, comercial, afectiva. Buscamos la confirmación del amor, como Cela en el 41, el establecimiento de un afecto, el mantenimiento de una amistad, la comprensión del otro, la petición de un favor, el afán de noticias… Los motivos son infinitos pero cualquiera de ellos nos ha movido a escribir.

La lectura parcial del copioso epistolario del escritor romántico Juan Eugenio Hartzenbusch, depositado hace unos 150 años en la Biblioteca Nacional de Madrid por su hijo, me ha hecho pensar recientemente en el poco respeto que la cultura española ha manifestado por las correspondencias. ¿Cómo se explica que todavía no dispongamos de una edición del epistolario de Hartzenbusch cuando es el más completo de nuestro Romanticismo? El autor de Los amantes de Teruel fue uno de los pocos interlocutores que tuvieron nuestras románticas y sus cartas cruzadas con Gertrudis Gómez de Avellaneda, Carolina Coronado, Fernán Caballero o Faustina Sáenz de Melgar son un valioso testimonio de la lucha de aquellas mujeres por hacerse un hueco en la vida literaria con sus revistas y composiciones. Hartzenbusch fue director de la BNE y dado que el acceso de las mujeres a dicha institución estaba prohibido, el gran erudito les facilitaba la consulta, bajo mano, de los libros que precisaban leer para documentarse en su labor literaria. Las peticiones van y vienen, todas las atiende Hartzenbusch; también lee sus manuscritos, las anima a continuar y escribe prólogos y reseñas de sus obras. Su ascendencia alemana le une especialmente a Fernán Caballero (hija del cónsul Nicolás Böhl de Faber) y solo otro alemán, Theodor Heinermann, editaría en 1944 la maravillosa correspondencia disponible entre ambos autores. Pero el epistolario de Hartzenbusch sigue en el limbo y nadie se preocupó en su día de localizar las cartas enviadas por él para completar el legado.

Mucho peor es el caso del epistolario de Santiago Ramón y Cajal, pese a haberlo depositado su hijo íntegramente en el Instituto Cajal. La mayor parte de las cartas (unas doce mil, según cálculo de su editor actual, Juan Antonio Fernández Santarén) se han perdido. Es decir, se vendieron en su día fraudulentamente a anticuarios, pasaron a engrosar colecciones particulares o bien fueron a parar a un contenedor cuando el Centro de Investigaciones Biológicas necesitó hacer más espacio en su laboratorio. Papeles viejos o bien pequeños tesoros que nos conectan prodigiosamente con un pasado del cual solo nos quedan algunas “estructuras supervivientes” (la expresión es de J.L. Gaddis). Dos formas, en definitiva, de tratar el pasado, pero entre una y otra hay un mundo, el que va de la barbarie y la mezquindad al respeto y el reconocimiento del valor de la cultura. Porque el correo es un medio cultural fundamental: promueve la escritura, teje relaciones entre personas y comunidades y, como dijo Carlos Monsiváis, mantiene viva la esperanza. “Renuncio a tus poemas si piensas que con ellos sustituyes tus cartas; ese montón de alas estremecidas que vibran en mis manos, frescas con el rocío de nuestra intimidad”, escribe una moderna y abierta Ernestina de Champourcín a Carmen Conde, dos años menor y en cierto modo discípula de los consejos emancipatorios de la primera.

Las biografías precisan de esas estructuras supervivientes (cartas, documentos, imágenes, memorias), le son imprescindibles si aspira a recuperar algo de los procesos mentales que un día lejano jugaron un papel decisivo en una vida humana. La labor de un biógrafo es parecida, aunque mucho más compleja, a la de un arqueólogo: reconstruye todo el conocimiento que puede a partir de los restos de que dispone. Las cartas son, en efecto, valiosísimos restos, huellas, fósiles que nos permiten comprender el funcionamiento de un tiempo y de las personalidades implicadas. Sin ellas, cualquier biógrafo se siente perdido ¿Cómo no disponer de un museo nacional o de un archivo estatal dedicado a centralizar la información sobre las correspondencias y los legados personales? ¿Cómo no haber preparado todavía una antología con las mejores cartas escritas en castellano y que poder ofrecer a los estudiantes como estímulo y sugestión? ¡Cuántos cientos de miles de cartas perdidas! Alas estremecidas, estructuras supervivientes, trozos de vida que nos conectan con el mundo…

Post Scriptum. Las cartas viajaron de todas las formas imaginables. Fueron en manos de un mensajero a pie o a caballo, en recuas de acémilas, diligencias, carruajes de tiro, trenes, aviones, barcos… Metidas en sacas, perfumadas y con bellos adornos en el papel, enfundadas en una botella al mar por pura desesperación. Lo cierto es que el siglo XXI ha revolucionado, una vez más, el formato del correo. Las nuevas tecnologías conceden a la escritura (correo electrónico, SMS, WhatsApp, Telegram, redes sociales) un espacio impensable hace unos años, cuando el teléfono era el medio hegemónico de comunicación. A medio camino de lo oral, lo escrito y lo visual (gracias a los emoticones), el correo digital con su inmensa variedad de recursos es fruto de una creativa mutación que nos permite mantener viva la esperanza de contactar con el ausente y de construir lazos con él.

Anna Caballé es responsable de la Unidad de Estudios Biográficos del Departamento de Filología Hispánica, Universidad de Barcelona.

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