La responsabilidad política

El político ideal es aquel que ejerce una profesión y decide saltar a la vida pública como un acto de servicio a la sociedad. Concurre a unas elecciones, debate con los adversarios y una vez conseguido el apoyo de las urnas se dedica a gobernar o a hacer oposición. No vive de la política sino para la política porque puede regresar a su oficio y seguir ganándose la vida y realizarse profesionalmente. La vida del político debería ser transitoria y no definitiva.

Las urnas lo confirman o lo apartan. Depende de si ha cumplido sus promesas y, sobre todo, de si ha mantenido el contacto directo con los votantes a los que se debe. Los buenos políticos miran más a su electorado que a su partido. En los sistemas electorales de circunscripciones personales, el caso de Inglaterra es emblemático, la relación del diputado con su distrito es constante. Sabe que su permanencia en la política depende de la proximidad con los votantes que representa.

El sistema cerrado de listas en España hace que el político dependa más del partido que le incluye en una lista electoral que de los votantes que le entregan su confianza pero que luego no saben a quién recurrir cuando tienen una preocupación o una queja. Los partidos son indispensables para el buen funcionamiento de una democracia representativa. Pero no pueden vivir al margen de los intereses del conjunto de la sociedad ni tampoco dejar de rendir cuentas.

La accountability es esencial para la transparencia democrática. Si hay que rendir cuentas sólo al partido, es más fácil que se fomente la corrupción. En los países en los que la opinión pública, y no sólo las urnas, determina la aprobación o rechazo de un político, las irregularidades tienen consecuencias. Durante sus tres mandatos, la canciller Angela Merkel ha visto como dimitían dos presidentes de la República y varios ministros y ministras. Por pequeños casos de corrupción o por haber copiado una tesis doctoral hace ya unos años. Una de esas ministras era amiga personal de la canciller.

Otra causa de abandono del poder es la pérdida de confianza del electorado. David Cameron gozaba de una mayoría holgada en el Parlamento. Convocó un referéndum que pensaba ganar y el mismo día que se conocían los resultados del Brexit anunció su dimisión. El general De Gaulle sometió su presidencia al resultado de un referéndum en 1969 sobre la organización territorial de Francia. Lo perdió y se fue a casa. Willy Brandt, el gran alcalde de Berlín durante la guerra fría, dimitió como canciller al descubrirse que uno de sus asesores más directos, Günter Guillaume, estaba trabajando para los servicios de inteligencia de la Alemania Oriental. Harold Macmillan tuvo que dimitir como primer ministro como consecuencia del caso Profumo, ministro de la Guerra británico, que mantuvo relaciones íntimas con una señora que trabajaba para la inteligencia soviética.

La diferencia entre muchas democracias occidentales y la española es la impunidad política de acciones delictivas y corruptas que aquí parecen inocuas y en otros países tienen consecuencias inmediatas para quien las cometen. La responsabilidad, cuando se descubre un caso de corrupción o de mala gestión, hace que un político abandone su cargo. El mal precedente de que sólo puede haber responsabilidad política cuando un juez ha dictado sentencia firme es nefasto para la salud democrática de un país. La presunción de inocencia es válida para todo ciudadano, también para el político, pero cuando la sombra de la sospecha cae sobre alguien con responsabilidades públicas lo más indicado y lo más prudente es retirarse. El general De Gaulle decía que los cementerios están llenos de hombres indispensables.

Lluís Foix es Periodista

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