Locos y ciegos

La aparición en el escenario público de un número creciente de personajes excéntricos o descentrados que excitan emociones primarias de la audiencia y concitan de este modo adhesiones, aplausos y fervores ilustra, una vez más, la famosa escena con la que Shakespeare nos advirtía en su Rey Lear. “Locos guiando a ciegos: es la desgracia de estos tiempos”, exclama el hombre que el poder ha condenado a la ceguera y pide a un loco que le lleve como lazarillo camino del abismo donde quiere morir.

Es una imagen poderosa, muy certera; cada vez que se repite en un escenario el público asiente y la encuentra llena de razón y de verdad. Y no es que piense el espectador en los oscuros tiempos medievales en que transcurre la acción sino que proyecta esta frase hacia su presente, al momento en que la escucha recitar. Mira entonces a su alrededor y fácilmente encuentra a muchos ciegos conducidos por locos. Hace 400 años que esta obra se representa y siempre ocurre así. Es la virtud del clásico: que perdura. Y el vicio del hombre: que no aprendemos.

Ahora bien, hay un aspecto en este asunto que invita a no simplificar, cosa que nunca hay que hacer con Shakespeare y menos con el Rey Lear, obra de tantas complejidades que incluso muchos directores que la han montado y actores que la han representado no acaban de saber del todo de qué va. Tal vez Shakespeare tampoco lo supo hasta ese extremo. Pues resulta que el auténtico loco de la función es el rey Lear, que después de provocar desgracias y disgustos recupera la cordura y consigue morir en paz. Lear es el loco, pero no es el protagonista de la escena que da pie a la réplica y a esa feliz (pero lamentable) imagen que se ha hecho célebre, la de locos guiando a ciegos. Shakespeare hace aquí un poco de trampa. Le sale una frase tan buena que se convierte casi en el eslogan de la obra, pero no responde a la verdad de la escena que propiamente la origina porque el lazarillo al que se refiere no está loco sino que finge estarlo. Y aunque el ciego, que es quien pronuncia la frase, no lo sabe, el público sí, el público sabe que el lazarillo no está loco y que por lo tanto la conclusión del viejo –locos guiando a ciegos– es equivocada.

Aun así, el autor y el espectador la dan por buena. ¿Por qué? Porque si bien parte en este caso concreto de un error, acierta al aplicarse al conjunto de lo que estamos viendo, porque es una frase cargada de verdad cuyo tuétano, hecho de experiencia y conocimiento, deja el sabor amargo de los desastres que las relaciones de poder conllevan en todo lugar y ocasión. El público, pues, la acepta pese a que sabe que el loco es en realidad un tipo listo que para salvar el pellejo se hace pasar por ido y por mendigo y de esta guisa disfrazado conseguirá al final no solo salvarse sino salvar del suicidio al ciego (que morirá igualmente, a eso nadie escapa) y heredar al final la corona y el reino. No era su objetivo, pero se lleva el premio. Haciéndose el loco. ¿Y si, entonces, esos locos de hoy estuvieran también fingiendo?

¿Y si esos ciegos que los reclaman como guías no estuvieran tan ciegos? ¿Podría ser que estos dirigentes grotescos que hoy vemos actuar sin templanza ni educación y parece que sin criterio estuvieran representando un papel a la espera del momento de quitarse la careta y dar el golpe? ¿Podría ser que estos millones de ciegos que los votan o, donde no pueden votar, los aclaman tuvieran también claro que ese momento llegará y que cuando el líder se destape ahí estarán para recoger las migajas del banquete? ¿No han pasado otras veces en nuestra historia reciente casos parecidos que nos han llevado a desastres inconcebibles? ¿De verdad estaba loco Hitler y estaban ciegos los que le votaron y siguieron su camino y su lucha? ¿De verdad estaban ciegos los que perpetraron, negaron u ocultaron los crímenes del estalinismo?

Con cierta preocupación, pero preocupación cierta, habría que considerar ya las voces que reclaman liderazgos más enérgicos, líderes, guías, conductores más resolutivos que contemplativos, es decir que actúen sin contemplaciones y resuelvan los problemas. Que los resuelvan todos, claro, y a la vez. Se piden líderes con audacia, ambición, autoridad, pragmatismo, carisma –que suele confundirse con telegenia, descaro y simpatía– más que reflexivos, prudentes, tolerantes y humildes –que suelen confundirse con débiles o tontos – . Lo que está consiguiendo este clamor, cada vez menos sordo y no se sabe hasta qué punto ciego es que aparezca el loco, real o fingido, que ha de llevarnos de la mano hasta el desastre.

¿Para qué sirve la historia, cabe una vez más preguntarnos, si no para aprender? ¿Cómo se puede frenar, si no impedir, esa tendencia hoy perceptible hacia el autoritarismo que deriva pronto en agresividad y casi siempre después en violencia? La educación y la cultura tienen aquí un papel importantísimo y un gran trabajo que hacer. Contra ceguera, luz e ilustración; contra locura, sensatez y sensibilidad; contra los aprovechados que se hacen el loco o el ciego, ley, ley que debe proteger al débil e impedir su apropiación por los poderes, abusos, fraudes, ataques y golpes que contra ella se producen desde mucho antes y tanto tiempo después de que Shakespeare los convirtiera en ficciones.

Jaume Boix es director de El Ciervo.

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