«La religión es un campo fértil de indagación»

La fe en lo sobrenatural importa. Es esencial para el creyente y no deja indiferente a quien no lo es, puesto que todos vivimos en un mundo poblado por gentes que invocan dioses y fuerzas sobrenaturales junto a otras para las cuales no existen. La sociedad humana está repleta de creyentes como lo está de descreídos. Para los unos su fe, su religión, orienta sus vidas. Ella juzga la bondad o la maldad de su comportamiento, e incluso de sus pensamientos. Para los otros la fe religiosa importa también, pues es parte del ambiente en la que vive, el mundo que le rodea. Importa, incluso, como un gran y peligroso error, de modo que el esfuerzo por reducirla a la superchería también se le antoja necesario. En algunos casos, para compensarlo, abraza alguna causa antirreligiosa, y hasta cae en un fanatismo, de religioso talante, que quiere acabar con ella en nombre del ateísmo o del más radical escepticismo. En casos extremos, en nombre también de un agresivo anticlericalismo capaz de arramblar con todo lo que a religión recuerde, caiga quien caiga. Estas expresiones antirreligiosas producen repugnancia moral inmediata, crea uno lo que crea.

No solo por convicción personal, sino también por interés profesional, la religión se me ha antojado siempre como un campo muy fértil de indagación. No en vano, dentro de mi especialidad –la filosofía social y la teoría sociológica– descuella la atención científica por la religión. La sociología, como saben no pocos legos en esa materia, ha aportado grandes estudios sobre la fe religiosa, muy difíciles de ignorar incluso por quienes no la cultivan. Baste con citar Las formas elementales de la vida religiosa, de Emile Durkheim, o La Ética protestante y el espíritu del capitalismo, de Max Weber, para comprender cómo entre las obras más conocidas de la ciencia social moderna, se hallan algunas que de religión tratan. Entre ellas, escasean las que se plantean la cuestión crucial de la supervivencia y futuro de la religión. Recordemos los escritos de Marx sobre su futura extinción, merced, según él, al progreso de la humanidad, o las más cautas de Freud, sobre lo que él llamó en un célebre escrito El futuro de una ilusión. Obras como ellas supusieron un acicate para confeccionar mis propias reflexiones. Uno otea el paisaje siempre a hombros de gigantes.

Y, en este caso, a horcajadas asimismo de mi propia labor. Llevo no pocos años prestando atención sociológica al fenómeno religioso, así como al ideológico y al de las creencias, tan afines a él. Ahorro al amable lector mi propia bibliografía sobre el asunto: de la que en El porvenir de la religión se da cuenta y razón detallada, con alusión a mis trabajos empíricos sobre la religión en España, así como los de mis colegas, cuya aportación es descollante. El país ha poseído y posee especialistas muy notables en el estudio científico de las creencias y prácticas religiosas.

Mi Porvenir es, asimismo, continuación de una preocupación personal. Una preocupación que, paradójicamente, identificó en su día mi propia posición frente a las creencias, enraizada por una parte en una tradición laica, republicana y analítica, y en otra en la experiencia de haber tenido mi propia fe, y salido de ella tras mi prologada adolescencia. En esta historia personal, que no voy a detallar porque una confesión pública en una acogedora revista, como es El Ciervo, debe tener sus límites por mínimo pudor, así como para no sumir al lector en el tedio. Diré, puesto que aquí estoy, que tuvo mucho peso en mi interés por la fe, cuando fui universitario por vez primera, el fundador de El Ciervo, Lorenzo Gomis. También la tuvieron algunos de mis compañeros de curso –Jaume Lorés, Jordi Maluquer– que pusieron el primer número de la revista en mis manos y luego combatieron con mis otros amigos y conmigo mismo el mundo execrable de la España de 1953 o 56, en adelante. Mi admiración y respeto ante ellos, creyentes y cristianos demócratas y de izquierda, como la que tuve por mis compañeros agnósticos, o ateos, o indiferentes a la religión, tuvo más importancia de lo que a mí mismo hoy parece. Cualquier sociólogo os dirá cómo las compañías que uno tiene son a veces más importantes para nuestras convicciones que los profesores que uno tiene. También había de ser determinante haber escuchado las clases, devotamente, de maestros como Mircea Elíade y Hannah Arendt, en la universidad norteamericana en la que me licencié y doctoré. Ambos, y algún otro, intensificaron mi interés por las creencias y sus creyentes. Que uno haya escrito este ensayo fue, desde entonces, cuestión de tiempo. Como lo fue la de mis trabajos anteriores, algunos empíricos, sobre la fe de la ciudadanía.

Mi mayor deseo como autor de este ensayo, ansioso por establecer una conversación franca y clara entre creyentes y quienes no lo son, como si estuviéramos todos reunidos de nuevo en el Atrio de los Gentiles, es que podamos conversar los unos con los otros. El ateísmo hoy –como explica el libro con pelos y señales– tiene sus propios apóstoles y proselitistas, algunos de los cuales argumentan muy bien y convincentemente. Con ellos y no frente a ellos, El Porvenir reclama, desde un espíritu laico y nunca antirreligioso, esa conversación en nuestros días. Propone también una senda para avanzar por nuestro mundo, tan lleno de misterio para los creyentes y de enigma para los que no lo son. Uno escribe pensando que la fraternidad –la compasión dicen los budistas, la caridad, los cristianos– nos ayude a todos a convivir de modo fértil y en paz. Los tiempos hoy son difíciles e infernales. Acechan los fanáticos, hiere el terror a los inocentes. No mengua la guerra y la desolación. El terror en nombre de ese oxímoron que es la ‘guerra santa’ cobra víctimas inocentes sin cesar. Hasta el cosmos, el ambiente, lo que los creyentes llaman la Creación, está en peligro por culpa (¡culpa!, religiosa noción) nuestra y de nadie más.

Todas estas son buenas razones para haberme enzarzado en la exploración de lo que menos conocemos, el futuro, con las herrumbrosas armas a mi disposición, y haber pedido un lugar en algún rincón del Atrio para añadir mi voz sin aumentar la algarabía. Puestos a confesarme, religiosa noción que admite el pecado, diré que mi intención no ha sido sino la de enriquecer esa conversación, hoy en día tan intensa en muchos países. Y tan pobre en muchos casos. Las nuevas formas de irreligión y ateísmo, con frecuencia militantes, han encontrado autores brillantes, ingeniosos buscadores de la polémica, poseídos de cientifismo ideológico (y poca cientificidad, que es otra cosa) a los que no siempre responden con igual brío y tino los creyentes. A terciar en esos combates entre los dogmáticos de uno y otro campo han aspirado mis cavilaciones sobre el más plausible porvenir de la religión y las creencias sobrenaturales de la raza humana, amenazada hoy de extinción por causa propia. Sus dioses no la salvarán. Serán consecuentes y no harán hoy lo que jamás hicieron. Y, sin embargo, amigo lector, laus Deo, sive natura, por aludir a las últimas palabras que aparecen en El porvenir de la religión, en las tres lenguas y países en que ya ha aparecido. Gracias, si la lees. Y a El Ciervo, gracias también por dejar este rincón a su fiel lector de toda la vida.

Salvador Giner es sociólogo.

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