«La montaña mágica», Europa en el sanatorio

Al terminar la lectura de La montaña mágica de Thomas Mann –su mítica obra magna, tanto por su calidad literaria como por su extensión– uno tiene la impresión de haber estado envuelto durante mucho tiempo en el ambiente enigmático del sanatorio Berghof de Davos, en los Alpes suizos donde transcurre la historia situada a principios del sigloXX. Es este escenario en las alturas el que sirve de marco simbólico de la mitología, tal vez wagneriana, donde están concentrados los cuerpos dañados y las almas (¿en pena?) de unas decenas de pacientes. Y por encima de todo, también nos parece que hemos convivido, junto al protagonista, Hans Castorp, su larga reclusión en el centro sanitario-​hospital alpino. Y que hemos experimentado con él la pérdida del sentido del tiempo desde un espacio de altura enrarecedora. Una extraña percepción del tiempo y el espacio alterada en una atmósfera física y existencialmente elevada, distinta y distante.

Por ello, después de acompañar durante cientos de páginas a nuestro personaje central, en la vivencia premiosa y enervante de interminable duración –días al principio, semanas más tarde, meses después y años al final – , el último capítulo de la meganovela causa el vértigo de la pérdida de altura. Una caída brusca a la llanura que nos devuelve en muy poco tiempo a una realidad mundana –y mundial– olvidada en el Olimpo de la Vida/​Muerte cotidiana del sanatorio. La gravitación del descenso desde la cumbre, nos deja frente a frente con la gravedad moral de la doble tragedia existencial e histórica que se funden en el destino final de Castorp.

La abstracción y evasión que genera la altura alpina, el aislamiento hospitalario, las nieves como marco superrealista de la existencia humana, sus debilidades y grandezas, se convierten inesperadamente en un escenario de realismo terrible. De pronto, tras años de vida en un limbo –entre monástico y hedonista– mas allá del bien y del mal, reaparece la Realidad cruel, la Historia, reflejada, una vez más en todos los horrores de la Gran Guerra. Un crisol que fundirá en pocos años los metales de la civilización, destruirá las ciudades y consumirá los cuerpos de millones de ciudadanos, víctimas inocentes de la política de la Europa decadente e inconsciente que la precedió.

Para intentar asimilar el choque entre estos dos universos, aparentemente tan lejanos, hay que encontrar en el ambiente de la narración que tan dramáticamente concluye, algunas claves interpretativas. Repasando el microcosmos del Berghof y sus variopintos personajes surgen algunas pistas significativas: la pluralidad no sólo afecta a sus identidades, sino que abarca una amplia paleta geográfica paneuropea. Los huéspedes-​enfermos proceden no solo de las vecinas Austria, Alemania, patria de Castorp y de su primo Joachim Ziemssen. También vienen de Gran Bretaña, Francia, Italia u Holanda. Además en sus comedores y salones alternan con ellos ciudadanos de diversos territorios de la Rusia zarista y de diversos estados orientales del Imperio Habsburgo. Todo un mapa de la Europa de la época.

En este ambiente cosmopolita europeo de entonces –con el francés como lingua franca y ni sombra del inglés, nota bene– los enfermos viven una vida aparentemente plácida y despreocupada, incluso frívola, pese a sus dolencias. El alto coste del suntuoso centro no parece preocupar a los acomodados burgueses huéspedes-​enfermos que tienen sus rentas bien seguras para pagar la pensión completa con atención médico-​sanitaria por largos períodos casi siempre indefinidos. La cura para la enfermedad pulmonar que sufren, la tuberculosis, es también un síntoma, valga la expresión, de su inadecuación. El director médico, el inefable y misterioso Doctor Behrens, reduce el tratamiento a largas estancias en el sanatorio, basado en respirar el aire puro alpino yaciendo en camas en la fría intemperie de las terrazas frente a las montañas nevadas. Gracias a esta terapia –o mejor, pese a ella– los enfermos tardan meses y años en curarse, y algunos ni siquiera logran sobrevivir. Y en este ambiente de cierta resignación fatalista, los fallecimientos de internados se aceptan como relativamente normales. Por ello el trasiego de ataúdes montaña abajo –en trineo durante los meses invernales– se convierte en algo habitual y relativamente poco traumático para los habitantes/​supervivientes del centro.

UN NARRADOR PROTAGONISTA

Junto a la peculiaridad del fondo de la situación descrita, en lo que se refiere a la forma literaria de La montaña mágica, una de las características que destacan es la exhaustiva estructura narrativa que comporta; de forma evidente, un deseo de extensión y detalles explicativos de todo tipo. Porque, por una parte, la prolijidad de las descripciones de personajes, situaciones o paisajes ya es de proporciones, extensas e intensas, extraordinarias. Pero aún más excepcional resulta la introspección de pensamientos y reflexiones, las interpretaciones y debates internos. Ambos elementos complementarios justifican situar la obra de Mann en la cumbre (¿dónde mejor?) de la literatura de ficción del siglo pasado.

Para valorar este aspecto impactante de la relación entre forma y contenido de la novela, es obligado referirse a la figura central de su narrador. Este personaje literario predomina a lo largo de toda la obra de forma casi absoluta y acaba siendo el auténtico protagonista. Es quien, muy a menudo, lleva la “voz cantante” de la trama, su música y su letra, como intérprete de los personajes, incluido curiosamente, el del principal, Hans Castorp. Porque es su ininterrumpido flujo narrativo el que expone –e impone– sus pensamientos y los encaja en el contexto adecuado. Él aparece constantemente en sus páginas no solo como narrador sino tambien analista de las situaciones y estados de ánimo, así como de paisajes y escenas, en contrapunto a acciones y diálogos. Y esa figura omnipresente que habla constantemente, como una voz en off, no se expresa en primera persona.

Otro aspecto a destacar en la técnica narrativa de La montaña mágica es que en su relato conviven, por una parte, la acción que se desarrolla, escasa pero relevante por la rutina cotidiana y falta de novedad, las relaciones entre Hans Castorp, los otros personajes, sus diálogos, preocupaciones y supuestas pasiones. Y por otra, una constante impresión de misterio por la peculiar percepción del tiempo/​espacio que sobreviene a quienes habitan el sanatorio y que conlleva una irrealidad de estar en un universo cerrado pese a estar al aire libre. Como indica el título, es mágico el entorno en el que los actores viven encerrados. Y al cabo de poco tiempo de habitar ese círculo hechizado no se sabe si están en este mundo o en una especie de recinto misterioso donde el paso del tiempo se siente de otra manera. O deja de percibirse.

Es esta sensación constante, o al menos latente, de que en esa cima encantada se vive el drama existencial, las paradojas de proximidad entre la Vida y la Muerte, con el dolor y el miedo como contrapuntos cotidianos. Pero al mismo tiempo se palpa en el ambiente y en las personas un cierto estado de ánimo sereno, entre resignado y feliz, que parece aceptar –o tal vez ignorar– el fatum de la condición humana y su fragilidad. Esta proximidad de la realidad cotidiana con la tragedia, vía la enfermedad pulmonar y su largo tratamiento alpino, hace familiarizarse a los enfermos con sus síntomas y ellos parecen asumir con resignación o inercia sus reglas de juego sin grandes protestas.

Todo este fatalismo aparentemente estoico parece ignorar sistemáticamente las implicaciones espirituales o trascendentales del posible destino fatal de sus dolencias. Y, de forma remarcable, los internos en el sanatorio no parecen tener temor a la muerte, o preocupados por el Más Allá que asoma en el horizonte, ni mostrar inquietudes religiosas ante su peligrosa situación. Solo en el caso del piadoso final de una joven muy cristiana aparece esa dimensión trascendental. Esta supuesta displicencia sobre la espiritualidad metafísica tiene otra excepción en la que la religión aparece también en la obra, aunque como tema polémico. Pero no a través de posibles pensamientos de Hans Castorp ni de su omnipresente y cognoscente narrador, sino que el tema de las creencias aflora a través de los debates –apasionados y académicos– de dos personajes clave en la novela: Ludovico Settembrini y Leo Naphta, ambos pacientes en el sanatorio. El primero, italiano, admirador del escritor Giosue Carducci, representa una mentalidad de humanista liberal, laica, defensor de las libertades y derechos surgidos de la Ilustración y de la Revolución Francesa. A él corresponden las diatribas contra el pensamiento reaccionario que esta posición atribuye a la Iglesia Católica, histórica y doctrinalmente. Pero tamthomas bién se muestra opuesto a las ideas de su interlocutor y tenaz contrincante Naphta. Se trata de un ser extraño, de nombre inquietante, judío, convertido al catolicismo y jesuita primero, que evoluciona después para defender un ramillete de ideologías radicales e izquierdistas, posturas curiosamente basadas en sus orígenes de formación cristiana y que, mutatis mutandis, y pasando por la masonería, le llevan a profesar y defender ideas revolucionarias y marxistas.

Las discusiones entre estos dos intelectuales, un tanto extravagantes y exaltados pese a su enfermedad, proporcionan al lector algunas de las más jugosas páginas de este libro. Pasajes sabrosos que convierten la lectura de las andanzas –más bien estáticas– del protagonista enfermizo y melancólico en un apasionante debate escolástico y filosófico de cierta enjundia. La intensidad de esas polémicas, un tanto pintorescas y pedantes a veces, tiene un amable contrapunto con la aparición de Mynheer Pepperkorn, un holandés errante, simpático personaje vital y gozador epicúreo que simboliza los placeres dionisíacos, los misterios gozosos de ese edén de la cumbre.

Pero, en abierto y sorprendente contraste con la intensidad de estos enjundiosos diálogos está la casi total ausencia de introspección intimista de Castorp y sus escasas referencias a su pasado.

EL TIEMPO Y EL IMPOSIBLE NIRVANA

Entre los críticos literarios se ha especulado en la subclasificación de la obra dentro de su género narrativo. Algunos lo consideran como el clásico ejemplo de “Bildungsroman”, novela de formación y juventud, otros lo encuadran como novela filosófica que refleja y analiza la condición humana, con la enfermedad como parámetro de la vida y la muerte. Y otros autores destacan también que la obra combina una narración personal con un panorama histórico-​cultural que refleja la Europa rica pero decadente que acaba en la Primera Guerra Mundial.

Pero, junto a su encuadre formal, uno de los aspectos más relevantes de la obra es el muy especial tratamiento del tiempo a lo largo de toda la narración. Con su personal enfoque, Mann, quizá con influencias de Henri Bergson, nos propone una aproximación sui generis de la percepción temporal y su impacto en nuestra existencia que a veces aparece como inabarcable. Porque la odisea de Hans Castorp, desde su llegada, a ese Zauberberg, –que tal vez debería traducirse como “la montaña encantada”, más que mágica– es que el protagonista queda reducido a vivir en el presente permanente. Sin memoria ni nostalgia del pasado ni proyecto coherente o constructivo para un futuro dominado por la nebulosa incertidumbre de la enfermedad y la sombra de la Muerte. Una especie de vida conventual, contemplativa, esencialista –dentro de un confort balneario– frente a la existencia condicionada de “la llanura”. Y esta rutina causa una gran serenidad y autosuficiencia sin ansias ni necesidad de volver a la tierra llana del pasado. Un nirvana de pocas aspiraciones y compartido con otros tantos afortunados/​condenados a esa reclusión fuera del mundo conocido.

Finalmente, los clarines de la Gran Guerra ya llegan hasta la cima y ni la nieve puede amortiguar su sonido fatídico. De golpe se acaba la inconsciencia voluntaria de vivir aislados y aparte, como si el mundo abajo de la montana no existiese. Poco antes, como un hado premonitorio, la violencia se adueña de las reuniones del balneario y los pacíficos diálogos se tornan serios y agrios enfrentamientos llenos de odio, que llegan incluso al duelo a muerte. De esta forma abrupta se acaba la ensoñación, el arrobo y hechizo terapéutico y contemplativo, fuera del tiempo y del espacio. Al son de los tambores bélicos, Castorp baja del monte para ir al frente y afrontar su trágico destino junto a cientos de miles de soldados europeos en las trincheras. Cese brutal de la Magia y Encanto de la Montaña. Fin de la Paz. El narrador se despide poéticamente de él con una evocación elegíaca de dos pasajes melancólicos del Lindenbaum, de Franz Schubert, melodía que encantaba a Castorp, gran admirador del romanticismo de los lieder de su Winterreise. El melancólico epílogo lírico refleja un claro pesimismo ya que Mann, que había comenzado a escribir la novela en 1912, la terminó en 1923. Y en ese período conoció la época de paz y las tensiones políticas europeas previas al conflicto y después vivió la enorme carnicería y destrucción de la Gran Guerra.

Al terminar la extensa –e intensa– lectura de la novela, las conclusiones sobre su sentido e interpretación confluyen en la mente en busca de un veredicto final imposible que sintetice el sentido de la obra. Porque, por su envergadura, complejidad, profundidad y alcance desborda muchos moldes de la teoría literaria. Su ambición y riqueza creativa justifica sobrada e incuestionablemente que dos de los principales críticos –como Harold Bloom en Estados Unidos y Marcel Reich-​Ranicki en Alemania– la sitúen en sus cánones como entre las mejores obras de la literatura europea o universal de todos los tiempos.

Para recalcar la complejidad y densidad de la obra de Mann hay que agregar que en su novela navegan diversos niveles de figuración que conviven con otras dimensiones que trascienden el primer nivel de la narración. Porque, por un lado, en sus páginas combinan la realidad cotidiana y prosaica, con el lirismo de la melancolía ensoñadora y las descripciones mas gráficas y poéticas, Y, por otro, junto a su bella trama, teje una red de pistas sobre el pensamiento que reflejan –a veces combinadas con ironía y cinismo– las preocupaciones culturales, filosóficas, sociales y políticas de la Europa de su tiempo antes y después de la Gran Guerra. Con todos estos ingredientes y su propio genio creador, Thomas Mann proyecta en su obra maestra desde el microcosmos cerrado y elevado del Berghof, la síntesis de un universo complejo y trágico. En ese escenario de cumbre, como el Venusberg wagneriano, el Hombre, pese a sus esfuerzos de lucidez y conciencia sobre su condición y finitud, no puede huir de la sombra de su Destino, la Muerte que le acompañan inexorablemente. Y esta vida interior individual de claustro acaba siendo traumáticamente arrastrada monte abajo por la vorágine de la Historia.

LA CRISIS DE CIVILIZACIÓN EUROPEA DE SU ÉPOCA

Todos estos inquietantes factores convierten La montaña mágica en una original creación, de excepcional valor literario, una obra en la que el autor, con una prosa excelente, combina magistralmente una mega metáfora filosófica existencial sobre la condición humana y su destino a la vez individual y colectivo con una meditación de largo alcance sobre la tragedia y la crisis de civilización europea de su época. Una bella y sobrecogedora parábola situada en el marco simbólico, mítico y/​o bíblico del Monte cuya magia irradia el misterio de la existencia mucho más allá de sus nevadas cumbres.

Guillermo L. Díaz-​Plaja es periodista. Ha sido corresponsal de TVE en Londres (19841987) Delegado de la Agencia EFE en Viena/​Este de Europa (19881991), Bruselas (199196) y Alemania (19961999).

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