Desobediencia y justicia, un desencaje irresoluble

Abordar una cuestión como la relación entre la desobediencia civil y la justicia no sólo es una tarea colosal y necesaria sino que es probablemente irrealizable si no se dispone de páginas y páginas. Quizá si no tuviéramos que poner ese punto que finalizara el texto no acabaríamos de escribir sobre ello. Constantemente nos topamos con límites y puede ser que el transgredir estos límites sea lo que proporciona una cierta excitación –Georges Bataille dirá al respecto que al dejar de experimentar una posición como prohibida, el deseo muere de inmediato, la transgresión “levanta la prohibición sin suprimirla” – . No es casual que un relato fundacional como es el de Adán y Eva parta de un gesto de desobediencia y por un acto de desobediencia entra el mal y la muerte –¿hay quizá un límite más paradigmático que este?– en esto que llamamos mundo.

Pero a lo que nos enfrentamos ante un fenómeno como la desobediencia civil no es simplemente un desafío a la ley sino que esta desobediencia sería impensable si no se defendiera en nombre de otra ley, que no diremos que sea mejor aunque se viva de este modo. Esta ley, como diría Jacques Derrida, podría estar “ya inscrita en el espíritu o en la letra de la Constitución” que se pretende desobedecer. Precisamente esto mismo defendía Martin Luther King: no se trataba de desobedecer ni desafiar la ley en general sino aquellas injustas y que entraran en conflicto con la ley moral al aplicarse. La desobediencia nace, por tanto, ante una sed de justicia.

Las ideas de Henry David Thoreau desarrolladas en sus textos políticos pero especialmente en Resistance to Civil Government acerca de la desobediencia civil son las que más han calado en autores y activistas posteriores hasta llegar a nuestros días ya que este protestó de forma frontal contra la injusticia de las leyes. Sin embargo, es fundamental la advertencia que hace Hannah Arendt a la posición de Thoreau puesto que este se basa “no en la relación moral de un ciudadano con la ley sino en la conciencia individual y en la obligación moral de la conciencia”, y la conciencia es apolítica. De ahí que para Arendt sea básico diferenciar el objetor de conciencia (que seguiría la moral del hombre bueno) y los movimientos de desobediencia civil, minorías organizadas basadas en la moral del buen ciudadano. En la medida en que se recurre a argumentos formulados desde la conciencia individual siguiendo una “ley superior” el gesto es totalmente subjetivo e individual, por lo que a estos dictámenes de la conciencia, que como ya se ha dicho son apolíticos, siempre se les podría añadir un “para mí”, un “personalmente”.

Los desobedientes no pretenden eliminar por completo el límite del derecho sino que aceptan la legitimidad de un sistema de leyes. Que estas leyes proporcionan estabilidad en este fluir constante del mundo no es algo que se haya descubierto el siglo pasado. El cambio es constante, escribirá Arendt, e inherente a la condición humana, es la velocidad del cambio lo que no lo es y por eso, en un momento de cambios rápidos se hace evidente la fuerza restrictiva de la ley sin la cual es impensable el marco de estabilidad –coacción que por otro lado era lo que autores como el joven Hegel, Hölderlin… a finales del siglo XIX veían que hacía insuficiente el planteamiento del Estado de Kant y Fichte al igualar el mecanismo de este al engranaje de una máquina – .

La ley, que como afirmaba Thoreau no sólo no es lo mismo que la justicia sino que hasta puede ser causa de injusticias, necesita ser forzada (enforced) –como sostiene Derrida en Fuerza de ley – , y esa fuerza sólo puede dirigirse al cuerpo de las personas y nunca al sentido moral o intelectual. Thoreau nos ilumina con claridad la relación de contingencia entre ley y justicia así como el vínculo entre fuerza y ley, que Derrida posteriormente desarrolla con gran lucidez. La legalidad es una cuestión de poder, no de justicia, como diría Foucault en Vigilar y castigar, o que no hay derecho sin fuerza, según Derrida en el texto que se ha citado, y perfectamente la fuerza sin justicia puede devenir tiránica, como la justicia sin fuerza es impotente.

El hecho de que aparezcan movimientos de desobediencia es una oportunidad valiosísima para tomar posición con aquello que encontramos injusto y cuestionarnos un discurso dominante y normativo, así como juzgar lo que permite juzgar, discriminando la fuerza de la ley de la violencia que se considera injusta. Que la desobediencia haga evidente el límite entre ley, derecho y justicia, implica esclarecer un límite irreconciliable en cierto modo, pues, como se ha apuntado, la desobediencia nace cuando se detecta y no se acepta una injusticia. La desobediencia tendría poco sentido donde todo se considera justo y lo que la justicia es rebasa con mucho el límite de este punto.

Sergi Álvarez Riosalido es doctorando de Filosofía contemporánea y tradición clásica.

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