El largo camino de una familia de refugiados

Kandahar le transforma los ojos negros y adormecidos en dos rocas brillantes y volcánicas. Le abre la boca en forma de sorpresa y le libera un ronquido de risa descontrolada, pero sin risa, que escapa entre dientes desordenados y labios agrietados. Le sacude los brazos a ritmo de espasmos sincopados y robóticos. Kandahar. Con esta ka escupida, mayúscula. Con esta hache casi muda, expirada, que deja la palabra sin final y la aleja. Lejos de aquí y casi dos años lejos. Kandahar era una casa de dos pisos, un árbol de granadas en el jardín, una habitación dormitorio para los cinco y un taller de tapicería. Era una vida, sin ser nueva.

Hoy, ahora, a falta de tres horas y media para terminar el ayuno del duodécimo día del Ramadán, Kandahar es la voz melancólica del cantante afgano Ulfat Ahang que sale del Iphone 6 de prepago de un Ata Mohammad Ataie enternecido y recién duchado. A su lado, con un pañuelo blanco de flores azules que se resiste a resbalar de la cabeza y unas gafas que intentan pasar desapercibidas, su mujer Palwasha tuerce una sonrisa de cristal que bloquea pensamientos y amaga cansancio cuando ve cómo dentro del carrito adaptado de niño de ocho años con parálisis cerebral, los ojos, la boca y los brazos de su hijo pequeño Osman se sincronizan y al son lejano de la cítara y el tambor tablá, bailan Kandahar.

Son las seis de una calurosa tarde de junio y en el hall del Centro de Acogida de Refugiados (CAR) de Mislata una corriente de aire que enfría el paso de las horas hace ondular banderas: la valenciana, la española y la de la Unión Europea; de la que cuelga un crespón negro.

“En este país hubo muertos”, dice en un castellano perfecto Jamil, el mayor de los hijos, de diez años, señalando la bandera estrellada azul. Junto a él, Monir, de nueve, la observa sin demasiado interés, acostumbrado, mientras con el dedo índice hace girar un ‘spinner’ negro, el juguete de moda en todos los colegios.

Si no fuera porque el pelo del mayor ya no se deja peinar por los dedos de Palwasha, los dos hermanos serían como dos gotas de agua, una mas pequeña y menos preadolescente que la otra. Ojos como plumillas negras y boca en posición de sonrisa permanente, de mayores quieren ser bomberos, pero no de los que apagan fuegos sino de los que salvan vidas.

Al regresar de clase, Jamil ha sustituido su camisa de manga corta y cuadros azules por una camiseta del FC. Barcelona con el 4 de Rakitic en la espalda. Monir ha preferido dejar la suya, del Real Madrid, en su habitación. No es momento para lucirla —como hizo hace unos días cuando su equipo ganó la duodécima Copa de Europa— porque tiene el presentimiento de que no van a poder jugar. Es la hora de los mayores, de los que pegan balonazos al poste que dejan la portería temblando y hacen volar palomas adormecidas por los rayos de sol que todavía impactan en la fachada del CAR, un bloque de cuatro plantas de ladrillo rojo situado al final del Camí Vell de Xirivella y rodeado de más cemento que naturaleza en el que viven 120 personas que llegaron desde cualquier parte del mundo siendo fugitivos de la muerte en busca de refugio. Y es aquí, en el CAR de Mislata, donde todos ellos y también la familia Ataie, han ido encontrando poco a poco la normalidad.

Nada fuera de lo común, nada presuntuoso. La normalidad que supone poder ir al colegio, comprar un ‘spinner’ negro en un bazar chino de Mislata, ir a trabajar cada mañana en una bicicleta sin marca o asistir a una fiesta de cumpleaños en el McDonald’s el próximo sábado. La normalidad que supone poder ir al médico andando, dormir en una cama con sábanas o comer alrededor de una mesa. O alquilar un piso amueblado e intentar empezar una nueva vida de cero.

Hace poco más de un año dormían, comían, vivían y llamaban casa a una tienda de campaña modelo twoseconds azul marino. Los talibanes habían descubierto que el matrimonio Ataie alquilaba la primera planta de su casa de Kandahar a una pequeña escuela clandestina de educación mixta. Niños y niñas aprendiendo juntos en un país en guerra en el que los fundamentalistas islámicos prohíben la escolarización a la mujer y los profesores asesinados en la última década ya se cuentan por centenas. Tuvieron que dejarlo todo y huir. Querían poner rumbo a Inglaterra, donde, lejos de bombas y amenazas de muerte, esperaban encontrar una atención médica de calidad para el pequeño; pero todo se torció.

A finales de marzo de 2016 Ata, Palwasha, Jamil, Monir y Osman llegaban al norte de Grecia cargando a sus espaldas el trauma de un naufragio en el Mar Egeo y una mochila en la que solo cabía una reducida porción de la vida que dejaban atrás. Y las puertas ya estaban cerradas.

La Unión Europea, el ‘país’ en el que hubo muertos, había alzado una valla de más de tres metros de altura a la que llamaba frontera. Rodeada de zarzas de alambre y custodiada por tropas militares de la República de Macedonia, frenaba la marcha y las expectativas. Sin quererlo ni desearlo se encontraban en el Campo de Refugiados de Idomeni, un mosaico asimétrico de tiendas de campaña en el que más de doce mil personas respiraban polvo, humo negro de plástico quemado y, sobre todo, frustración.

– – ¿Muchas personas Grecia ahora?, pregunta Ata a menudo.

La nariz le ha crecido más de la cuenta en mitad de una cara chupada y sombreada por un flequillo negro que ya empieza a mostrar el paso del tiempo. Tiene 34 años, ocho más que su mujer, y se siente afortunado y eternamente agradecido.

Su hijo Osman pesaba tan solo siete quilos la noche del 10 de mayo de 2016, cuando las puertas correderas de dos ambulancias procedentes del aeropuerto de Madrid-​Barajas se abrieron al final del Camí Vell de Xirivella y la familia Ataie pisó suelo valenciano por primera vez.

Ata es hoy consciente de que Osman fue la razón de todo. Él era el niño refugiado de siete años con parálisis cerebral que había adelgazado cinco quilos desde que había llegado a Idomeni y que, si no salía de aquel infierno, moriría. Su historia caló en España. Su nombre se convirtió en protagonista de titulares y telediarios y su cara puso rostro a una tragedia que la política observaba en silencio y desde lejos. Nada de esto habría ocurrido sin la labor del equipo de voluntarios y del cuerpo médico de la ONG Bomberos en Acción que trabajaban en Idomeni. Fueron ellos, y no la política, los que detectaron su caso y le dieron atención médica diaria, los que consolaron y tranquilizaron a Ata y Palwasha la mañana que Osman tuvo dos ataques epilépticos y los que lucharon para que el pequeño tuviera las mejores condiciones posibles en un lugar donde las mejores condiciones posibles eran, simplemente, poder tener una nueva tienda de campaña y un poco de sombra.

Fueron ellos, y no la política, los que consiguieron atraer la atención de los medios de comunicación para empezar a generar presión social y los que crearon una petición en el portal Change​.org en la que se reclamaba la llegada de Osman y su familia a España que en menos de dos semanas superó las 160.000 firmas.

Y fue el ministro de Exteriores, García-​Margallo, y no ellos, el que no tuvo más remedio que iniciar los trámites para hacerla efectiva.

Sentado en el segundo escalón de las graderías que flanquean la pista azul de fútbol sala que hay delante del Centro de Acogida de Refugiados, ahora Ata aplaude goles junto con Jamil y Monir y sonríe liberando dos incisivos que le mordisquean el labio inferior. Osman ha doblado su peso y está fuera de peligro, a la familia se les ha concedido el derecho a asilo en España y de aquella noche del 10 de mayo hace ya un año y veintiocho días. Lleva la cuenta con exactitud, como quien cuenta el tiempo que hace que superó una larga enfermedad y puede volver a respirar y a mirar el futuro con optimismo. Porque después de un pasado reciente de cenizas y polvo, Ata respira. Y ve, por fin, un futuro.

Esa fue su única obsesión desde el momento en el que pisó España. Rehabilitar su presente y el de su familia y construir los fundamentos de una nueva vida. Arraigar. Sentía que estaba en deuda con tantas personas que no concebía el hecho de quedarse de brazos cruzados sin poder devolver nada a cambio. Quería dejar de ser tratado como el pobre padre del pobre niño con parálisis cerebral y como un daño colateral de una tragedia injusta. Él, aquí, volvía a ser Ata Mohammad Ataie, afgano, padre de tres hijos, marido y tapicero desde los ocho años. Sin paternalismos. Trabajar, trabajar y trabajar. Fue tal su ímpetu que el personal del CAR tuvo que pararle los pies.

En este año y veintiocho días Ata ha conseguido el nivel uno del curso de alfabetización informática, ha superado un curso online de mecanografía y empezó el curso de castellano que ofrece el Centro para los recién llegados, pero cuando creyó que ya tenía un nivel suficiente para poder defenderse solo, decidió dejar de asistir a las clases. Pese a que su profesor, Manolo, opina que sabe menos castellano del que él cree –y por eso le riñe amistosamente cuando se cruzan por el edificio – , Ata siente que ya ha cumplido con lo que se le pedía. Trabajar, trabajar y trabajar. Ese era, y es todavía, su único objetivo. El idioma de su oficio, que domina desde que es un niño, es universal y lo habla a la perfección. Para tapizar el cojín de una silla de dentista basta con un metro de piel sintética negra, unas buenas tijeras y una precisión vocacional.

Alonso Martínez, el dueño de la tapicería en la que Ata trabaja desde hace dos meses, dice que lo contrató porque si algún día se encontrara en su misma situación, le gustaría que alguien hiciera lo mismo por él. Lo que no dice, pero se intuye detrás de sus gafas de pasta, es que le ha tocado la lotería. Ata mide, marca, corta y cose como si sus manos fueran pies que bailan ballet encima de tapiz negro y anticipan movimientos de una coreografía completamente interiorizada. Es un profesional. Yo te pago 1.200 euros al mes si consigues ganar 1.500 con los trabajos que nos encarguen, le propuso Alonso el día que llamó a la puerta de su taller, desde donde se contemplan las copas de los árboles de los jardines del Turia. Y lo logró en prácticamente una semana. Ahora tiene un contrato laboral temporal que, si todo avanza según lo previsto, se convertirá en indefinido. Han pasado un año y veintiocho días de aquella noche del 10 de mayo y poco a poco la estabilidad empieza a apartar las turbulencias que han sacudido la familiaabandonar Kandahar.

Hace justo veinticuatro horas Palwasha veía como su marido Ata Mohammad liberaba una mueca de decepción tras comprobar la hora en la pantalla de su Iphone 6. Si no aparecía el autobús de un momento a otro, llegarían tarde. Él, repeinado y con una camisa de cuadritos azules. Ella, con un vestido de terciopelo marrón estampado con ramilletes color bronce. Los dos, inquietos como el niño que intenta desayunar antes de empezar el primer día de colegio. Mejor coger un taxi.

En el despacho de la inmobiliaria de la calle Archiduque Carlos, Dionisio, propietario de un piso amueblado de cinco habitaciones, les esperaba junto a Javier Bodego, de Bomberos en Acción, que había venido en AVE desde Zamora en calidad de avalador de la familia Ataie expresamente y solo para estampar su firma en un contrato de alquiler de 630 euros al mes –gastos incluidos– del que sería su nuevo hogar.

La casa de dos pisos con jardín de Kandahar quedaba ya atrás, eran otros tiempos, otro estatus y otra vida, y sus pretensiones se habían simplificado. Lo primordial, que en el edificio hubiera ascensor para poder subir el cochecito de Osman, que el piso tuviera una habitación de invitados, para no dejar sin techo ni cama a nadie que viniera a visitarlos, y que estuviera cerca del hospital. Pero no fue nada fácil. Por ser refugiados, por ser pobres, por ser musulmanes, en esta ciudad repleta de “se alquila” pegados en paredes y balcones se habían encontrado demasiados portazos. Quizás por eso Ata y Palwasha no intercambiaron ni una palabra durante los diez minutos que había durado el trayecto en taxi hasta la inmobiliaria, como si hubieran querido aguantar el aire dentro de sus pulmones para poder expulsarlo de una bocanada, media hora después y entre golpes de afecto y felicitaciones, una vez oficializado el contrato de la que seria, deseaban, la última de sus nuevas vidas.

–Pero ¿qué pasará, ahora? –se pregunta Palwasha.

Apartada unos metros de las graderías del campo de fútbol, tuerce una sonrisa de cristal que bloquea pensamientos y amaga cansancio cuando ve a su marido y a sus hijos Jamil y Monir convertidos en afición de una pachanga no apta para menores. Musulmana, ayer fugitiva, hoy refugiada y tres veces madre desde hace ocho años, parece ser la única de la familia que no está del todo tranquila. Después de todo este tiempo viviendo entre las atenciones del personal del CAR, que lo hacían todo más fácil, el miedo a lanzarse de nuevo a lo desconocido le enturbia la emoción que siente de poder coger las riendas de su vida. Un país nuevo, un piso nuevo, un futuro nuevo. Le abruma pensar que tendrá que apañárselas ella sola mientras su marido trabaja durante todo el día, pero nadie duda de su capacidad para salir adelante. Después de haber vivido lo que les tocado vivir, esto es coser y cantar.

Mientras decide cómo hacerlo, dos juegos de llaves sin llavero escondidos dentro de un sobre arrugado reposan en la mesilla de noche de su dormitorio, en el tercer piso del CAR, un año y veintiocho días después de haber pisado España por primera vez y a falta de poco menos de tres horas para finalizar el ayuno del duodécimo día de Ramadán. Quedarán envueltos en papel blanco hasta el día que empiecen las tareas de limpieza, como muy tarde el fin de semana siguiente. Si pueden, les gustaría poder terminar el Ramadán en casa. Su casa.

Martí Renau es periodista.

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