Lo que se cifra en el nombre

Sabemos que, en su origen, el apellido familiar aparece con la finalidad de distinguir a unas personas de otras cuando llevan el mismo nombre de pila. En principio, en casi todas las culturas, se adoptó para esta finalidad identificadora un criterio patronímico, consistente en utilizar el nombre del padre junto a la palabra hijo. Los griegos usaron por tanto el sufijo –ides; en el mundo anglosajón y escandinavo el sufijo –son (-sen, en danés), y así podemos ver, en este sentido, los Johnson, británicos, los Johanson, noruegos y suecos o los Jensen daneses. Los eslavos utilizan para ello el sufijo –vich o ick, y los árabes la palabra ibn, seguida por el nombre del padre.

Pero, ajustándonos a nuestra cultura española el origen del apellido sólo se remonta al último tercio del siglo IX. En este tiempo empiezan ya los magnates a firmar con su nombre de pila, seguido del nombre de su padre en genitivo latino y de la palabra filius. Comenzamos por tanto a leer en los pergaminos: Vermudus Ordonnii filius; Ranimirus Ferdinandi filius, etc. Esta fórmula durará sin embargo poco tiempo, ya que un siglo después se procederá a la supresión de la palabra filius, adoptando la terminación del nombre paterno en z que será la prototípica del apellido patronímico español.

Durante el siguiente siglo X, esta costumbre patronímica que empieza por la alta nobleza, se va generalizando a todas las clases sociales. Cuando nos adentramos en el siglo XI todas las personas citadas en los documentos aparecen con su nombre seguido del patronímico y quiero subrayar aquí que el sentido de este último es, sin la más mínima excepción, el que su propio nombre indica, es decir, que al contrario de lo que ocurrirá más tarde, siempre el apellido patronímico, en estas épocas, corresponde al nombre del padre del así apellidado.

En la España altomedieval esta implantación del patronímico fue general, desde el Atlántico a los Pirineos, es decir, Portugal, Galicia, León, Castilla, Aragón, País Vasco y Navarra, incluso en zonas del sur de Francia como el primitivo ducado de Gascuña. Esta terminación en ez no tendrá sin embargo ninguna implantación en los primitivos condados catalanes donde el patronímico se mantendrá en genitivo en los documentos latinos y sin variar su forma, con respecto al nombre de pila, en el lenguaje romance: Arnau, Dalmau, Pons, Guillén, Berenguer, etc.

En el Reino de Valencia la variedad lingüística formará a su vez los patronímicos con su forma característica, Pérez será Peris; Sánchez, Sanchis o Fernández será Ferrandis, etc., e igualmente en Portugal adoptarán las formas que hoy conocemos, Pires, Sanches, Soares, sin que por ello, tanto en un caso como en el otro, dejen de tener el mismo sentido patronímico.

En resumen, la abundancia de formas que adoptan los patronímicos es de tal amplitud que es curioso mencionar aquí algunos ejemplos de las variantes que se pueden producir de un mismo nombre de pila:

Fernando: Fernández, Fernán, Hernández, Her nán, Hernando, Ferrán, Ferrando, Ferraz, Ferris, Herrán, Herráiz, Arranz, Arnáez, Arnáiz.

Hermenegildo: Hermenegíldez, Menéndez, Menendo, Méndez, Men des, Mendo, Armengol, Amengual.

Juan: Juan, Joan, Juanes, Yoanes, Ibáñez, Anes.

Pedro: Pérez, Pere, Peris, Pires.

Rodrigo: Rodríguez, Rodrigo, Ruiz, Roiz, Ruy.

Sancho: Sánchez, Sancho, Sanchiz, Sanchis, Sanz, Sáez, Sáenz, Sáinz, Sáiz.

Este tipo de apellido patronímico, que venimos tratando hasta aquí, por su propia sistemática, cambiaba en cada generación y, en consecuencia, no servía para denominar familias sino únicamente individuos. Se hacía por tanto necesario crear un término para englobar a toda la familia y no solamente a una de sus generaciones.

Por ello, en la segunda mitad del siglo XII vemos ya claramente, cómo se empiezan a utilizar términos para designar linajes concretos utilizando para ello su lugar de origen o de señorío. Este nombre de linaje que surge en estos tiempos, de fuera a dentro se va implantando en la alta sociedad medieval y podemos decir que está perfectamente establecido, con la aquiescencia de todos, en la segunda mitad del siglo XIII.

El uso de un apodo era poco frecuente entre la alta nobleza de Castilla y León, pero mucho más habitual en Navarra y Aragón y, sobre todo, en Portugal, recordemos familias clásicas como Pacheco o Pimentel. Era casi inexistente, en cambio, entre la nobleza de Cataluña donde, por la vigencia plena del régimen feudal, las familias se apellidaban casi en exclusiva por los nombres de sus feudos.

Todo lo que venimos diciendo para la alta nobleza se va haciendo extensivo poco después al pueblo llano, pero, debido a un cierto empobrecimiento onomástico, ya que, al abandonar el pueblo los primitivos nombres hispano-​romanos y adoptar los más eufónicos, para la época, nombres de la nobleza, todo el mundo se llamaba más o menos igual. Había que buscar otro sistema de diferenciación y éste se produce sobre todo a través de la alcuña, formada ésta –en la gran mayoría de los casos– por el oficio ejercido por el cabeza de familia, por alguna característica física descollante o por el lugar de residencia o de origen familiar. Mencionemos entre los primeros Zapatero, Cantero, Labrador, Carnicero, etc. y, entre los segundos, Moreno, Delgado, Rubio, etc.

Pero esta adopción casi general de la alcuña o sobrenombre, ya sea consistente en un apodo o en un topónimo, va dando lugar durante la segunda mitad del siglo XIII, y definitivamente en el siglo XIV, a una auténtica revolución, que consistirá en la pérdida del sentido originario del patronímico, el cual quedará ya sin sentido en el siglo XV. Curiosamente esta supresión es muy desigual en las distintas regiones y destaquemos por ejemplo que es excepción en algunos lugares de la Mancha, y especialmente en la provincia de Toledo, donde se mantienen numerosos apellidos compuestos. En el País Vasco en cambio, excepción hecha de Álava, se suprimirá totalmente el patronímico en la primera mitad del siglo XVI, lo que hace hoy en día a algunos indocumentados tener por maketos los apellidos patronímicos.

Al mismo tiempo, entre los siglos XIV y XVI, se va a producir otra práctica curiosa que consiste en utilizar el patronímico como una prolongación del nombre de pila, indiferentemente de cual sea el nombre del padre, y se basa en imponer a cada niño al nacer el patronímico de la persona en cuyo honor se le ha impuesto el nombre. Veremos así, especialmente en las familias de la nobleza, a los hijos de un mismo matrimonio ostentar distinto patronímico.

A partir del siglo XVIII, el apellido en España quedará consolidado, abandonando estas prácticas descritas, salvo cuando, por obligaciones de un mayorazgo, se adoptaba el apellido de su fundador. También en esta época, con la finalidad de distinguirse unas personas de otras, comienza la práctica de utilizar un segundo apellido, que a veces –no siempre– puede ser el de la madre. Esta costumbre quedará consagrada en la segunda mitad del siglo XIX tras la promulgación de la ley de Registro Civil. Vemos, por tanto que es una práctica relativamente reciente. No obstante, por causas bien fundamentadas, se permitía el cambio del apellido paterno por el materno, tras expediente presentado en el ministerio de Justicia.

Jaime de Salazar y Acha, de la Real Academia de la Historia, es autor, entre otros libros, de «Manual de genealogía española» (Hidalguía, Madrid, 2006).

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