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Nos vamos a Marte

Es una buena noticia que así nos cuenta en las páginas de este número José Ramón Alonso: ya el proyecto Genoma Humano logró la mayor concentración de recursos científicos desde el proyecto Manhattan –el de la bomba atómica– y el esfuerzo que en él se invirtió no es nada comparado con el reto de poner el hombre en Marte, que tiene a más de medio mundo trabajando seriamente en la, digamos, organización de esta gran aventura interplanetaria. Sí, sí, en Marte exactamente. Es algo maravilloso, dice nuestro especialista en ciencias, maravillado no tanto por el proyecto, que él conoce lo bastante bien para no asombrarse, como por que los gobiernos más fuertes de la Tierra apuesten por invertir en la paz y no en la guerra. O más en la paz que en la guerra.

Nos vamos a Marte, pues. Ya no se trata del obús de Julio Verne, del cohete de Tintín o de un cuento de Ray Bradbury, tan sensiblemente homenajeado estos días en la muy bella película de Isabel Coixet La librería. Ahora va en serio y aseguran que antes de 2030, es decir dentro de unos diez años, el hombre –nosotros– pisará el planeta rojo. Las crónicas marcianas que de allí nos manden no serán ya una ficción ni una metáfora de la vida terrícola, sino pura realidad. Se calcula que en 2061, año en el que celebraremos el centenario de El Ciervo, puede haber un millón de humanos viviendo en Marte. Un millón quizá de amigos, como la canción de Roberto Carlos. O tal vez no tanto: nadie garantiza que, por más buena voluntad que pongamos, no acabemos los pioneros marcianos peleándonos como terrícolas. Sería una lástima, bien cierto es. Pero también lo es que los gobiernos de la treintena de países comprometidos en la organización de este viaje, el más grande que habrá emprendido la especie humana en toda su vida en este mundo, no pretenden montar en Marte un falansterio, una comunidad icariana o cualquier otra forma de convivencia ejemplar y paradisíaca. Ya vimos en qué pararon estos bonitos ideales del socialismo utópico. Y no digamos el catastrófico y sangriento desastre que provocó el otro, al que para más inri llamaron científico, es decir el comunismo, del que se celebra o más bien se recuerda ahora el centenario. Lo hacemos también en este número, desde un ángulo muy poco frecuentado, con un magnífico artículo de Jorge Ferrer, el traductor en España de la premio Nobel Svetlana Aleksiévitch.

Viajar y establecernos en Marte va a ser sin duda alguna una conquista pero será también para los que viajen una huida sin retorno. Quizá todos huimos de algo y tal vez a menudo de nosotros mismos, lo que significa que incluso en Marte seguramente vamos a rencontrarnos. ¿Seremos capaces entonces de dialogar, de entendernos, de establecer las bases firmes de la paz, si no lo hemos sido aquí? Deberíamos entrenarnos. Ahora que está de moda enaltecer el fracaso como gran valor de aprendizaje y primer escalón del éxito tal vez deberíamos aprovechar el llamativo fracaso del diálogo entre nosotros para procurar sentar las bases de un mundo mejor, aunque sea en otro planeta. De eso hablamos también en este Ciervo prenavideño. Las religiones, que tantas veces en la historia han sido causas de conflictos y guerras, ¿Pueden convertirse en instrumentos de la paz? La respuesta es afirmativa si se ciñe al testimonio que recogemos de personas comprometidas en su día a día con la práctica del diálogo interreligioso. El problema no está en la buena fe de la base sino en la altura, en las cúpulas, las bóvedas, los minaretes y los campanarios. ¿No podrían los líderes predicar con el ejemplo? Lo han hecho algunas veces pero se diría que con más formalidad que convicción y, en todo caso, con poco efecto. Se lo pide ahora de nuevo la ONU: intervengan en serio, si es preciso trazando un plan conjunto, metódico y colaborativo para desactivar el odio que fermenta en las redes la violencia como un cáncer imparable no entre los que ya trabajan, creen y practican el diálogo sino entre los creyentes sin causa, replicantes como autómatas de mensajes sin razón. ¿Puede la autoridad de los líderes religiosos no solo fomentar el diálogo interreligioso sino el diálogo en general, sin adjetivos? ¿Pueden las religiones traer ya no la paz pero al menos algo de paz, y si no siempre, que eso es mucho, en momentos acaso como estos en que vemos con tristeza cómo la división, la intolerancia, la mentira, el odio, la cerrazón y la sinrazón envenenan las relaciones y ponen en peligro la convivencia? Algo más podrían hacer aquí, porque humanos al fin somos, aunque esas terrenales trifulcas carezcan de la cualidad sublime de los asuntos celestiales y parezcan competencia de otros negociados. A todos nos compete, claro, y por nosotros no ha de quedar. Ahí modestamente queda nuestro propósito y el deseo de El Ciervo para estas fechas y las que vengan: paz a los hombres de buena voluntad. Así en la Tierra como en Marte. Felices navidades.

Jaume Boix, director de El Ciervo

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