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Enrique Granados, música y ensueño

Así como la obra pianística de Granados goza de un reconocimiento internacional, el Granados sinfónico se desdeña injustamente aunque exista su popular «Intermezzo» de la ópera Goyescas (aquella pieza que compuso en una noche en Nueva York a petición del Metropolitan Opera House, que necesitaba más música para llenar el cambio de escena. «Pablo, me ha salido una jota…, dijo. –Pues, claro, Enrique, no podía ser otra cosa: ¡Goya era aragonés!».) ¿Será que quizás esta sea la obra que conecte mejor con el cambio estético que se produciría a partir de aquellos años? ¿O que sus obras anteriores tienen demasiados elementos de lo que fue el Modernismo musical, estilo demasiado desconocido para musicología? En música, el influjo de Wagner especialmente sobre la sociedad catalana del cambio de siglo, así como los elementos folclóricos que se fueron incorporando al nacionalismo hispánico promovido por el musicólogo Felipe Pedrell, fueron el contexto en el que Granados pudo desarrollar su estilo compositivo con la orquesta como instrumento. Posiblemente esta hibridación no jugó a su favor y dio resultados tan contrastados como el que encontramos en la Suite sobre cantos gallegos, de1899, respecto a Dante, de1908. Sin embargo, el sello musical de Granados se constata en todas ellas por su magnífica inspiración melódica, tan evidente en sus obras para piano, y por su esfuerzo en querer entramar un tejido armónico a la altura de sus referentes musicales, entre los cuales se encontraban Camille Saint-Saëns, Gabriel Fauré y Edvard Grieg. La opulencia sonora que podemos sentir en sus obras sinfónicas parece sustentarse en una fuerte ambición europeísta, más que en un ensimismamiento nacional, para poderse equiparar a estos nombres.

Al igual que la obra para piano, Granados tiene una percepción colorista de la música, fundamentada en su pasión declarada por la pintura y en su necesidad de inspirarse en la línea y en el color para provocar su imaginario sonoro. El mismo Granados, en un escrito publicado en la prensa de la época, declaraba que «siento un color muy especial de la orquesta. En algunos pasajes deseo producir sonoridades que se acerquen más al color que a los sonidos: quiero pintar con la orquesta». Por este motivo, también fueron los dibujos y la imaginación del poeta y pintor más representativo del Modernismo catalán, Apel·les Mestres, los que sirvieron a Granados para componer sus obras para el Teatre Líric Català, el proyecto de zarzuela en catalán que impulsó el mismo Granados junto a otros compositores y escritores del momento como fueron Enric Morera o el dramaturgo Ignasi Iglesias. De esta colaboración, surgieron las obras Blancaflor, Gaziel, Picarol o el poema lírico Liliana, incluido en esta integral sinfónica junto a la obra Elisenda, y la ópera Follet, que también ha sido recientemente recuperada con edición de Tritó y grabación de la Orquesta de Cadaqués bajo la dirección de Jaime Martín.

De nuevo la pintura será su punto de partida a través de los cuadros de Gabriel Rossetti sobre La divina comedia. Justo Romero, en las notas del libreto que acompañan estos tres discos, considera el poema sinfónico Dante como «una de las páginas cumbre del sinfonismo español de las primeras décadas del sigloXX». Aunque se hizo una audición privada de la primera parte –«Dante e Virgilio»– en junio de1908en el recién inaugurado Palau de la Música Catalana, la segunda parte –«Paolo e Francesca» para contralto y orquesta– se estrenó públicamente en un concierto que tuvo lugar el19de febrero de1910con la dirección de Franz Beidler, marido de Isolda Wagner, durante la visita que ambos realizaron en Barcelona por los conciertos sinfónicos con obras de Wagner que Beidler dirigió con el Orfeó Català. El carácter claramente wagneriano de esta obra denota la gran influencia que tuvieron sus óperas en Granados, especialmente Tristán e Isolda, cuyas reminiscencias se pueden escuchar en muchos de los pasajes de este poema sinfónico así como en el tratamiento instrumental que hace de la orquesta. Dante se interpretó en Londres en1914dirigida por Henry Wood y un año después sonó en Chicago con dirección de Frederick Stock. La crítica norteamericana la calificó de «revelación» y la comparó con la primera sinfonía de Elgar, que fue compuesta aquel mismo año. El mismo año,1915, se interpretaría de manera completa en Barcelona.

«DE PARÍ́S A GOYA», CUADROS PARA UNA MÚSICA

Dante es precisamente una de las obras que encontramos en la exposición realizada por el Museo de la Música de Barcelona y el Museu de Lleida. Además del cuadro de Rossetti, queda ilustrada con una película muda hecha en italiana el1911. La exposición viaja del París que vio Granados en1887, en plena construcción de la torre Eiffel, al Goya que descubrió en el Prado y que le llevó a hacer su suite para piano solo Goyescas, su obra maestra, que luego convirtió en ópera y que lo llevó hasta Nueva York para su estreno y hasta la muerte en el naufragio del barco de regreso. A través de la poesía, del teatro, de la pintura, e incluso de los perfumes que lo inspiran, descubrimos que la vida y la obra de Granados se construye entre dos mundos: el antiguo y el nuevo, el de las majas del Madrid del setecientos, y el del París de la modernidad del sigloXX.

«Hoy he conocido a Stravinsky, el de los Ballets Russes –dice Granados en una de sus cartas a su mujer – . ¡Es asombroso Amparo! ¡Es tan fantástico! ¡Me quedé anonadado! Nos hemos hecho muy amigos. He ido con Marliave ¡donde han tocado su Sacré du printemps! Ha habido una verdadera revolución de unos protestando a gritos y silbidos y otros aplaudiendo. Pero es asombroso. Ha estado tan agradecido de que le diera un abrazo…». Este abrazo histórico entre Granados y Stravinsky, cien años después, convierte la anécdota en símbolo: unión de la culminación del sentimiento posromántico que aniquiló la Primera Guerra Mundial, como hizo con Granados, con el pulso trepidante de la vanguardia que capitaneaba Stravinsky.

Mònica Pagès, Periodista especializada en música clásica y autora, entre otros, de Granados, el so de la mirada, y de Alicia de Larrocha, Notas para un genio.

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