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Hitos de la ciencia ficción

El género de la ciencia ficción, aunque presente desde los inicios del cine con Viaje a la luna (1902), de Georges Méliès, estuvo relegado a los seriales de Flash Gordon y Buck Rogers en los años 30 y luego a filmes de la más estricta serie B, aunque con títulos de mérito, como La humanidad en peligro (1954), de Gordon Douglas, y La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), de Don Siegel. Hasta el imperio de la televisión puede decirse que se ignoraba a los clásicos de la literatura actual del género, como Stanislaw Lem, Isaac Asimov o Ray Bradbury. En 1968 se produce la definitiva eclosión de la propuesta con 2001: una odisea del espacio, de Stanley Kubrick, adaptación de relatos del autor inglés Arthur C. Clarke.

Catorce años después y ya sin los prejuicios que habían lastrado la categoría, Ridley Scott estrenaba uno de los hitos de la ciencia ficción: Blade Runner. La acción se situaba en un futuro próximo y en un Los Ángeles azotado por la lluvia contaminante. Allí, un agente especializado es encargado de la eliminación de cinco replicantes, robots esclavos con aspecto humano que han escapado de control, trasladándose de las colonias al planeta. Enmarcado en una estructura de relato negro, el film constituía una reflexión acerca de la relación entre criatura y creador, resumida en la impresionante escena entre Batty y Deckard en la cumbre del edificio Bradbury. Adaptación de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, del visionario Philip K. Dick –el autor de las correspondientes a los filmes Desafío total y Minority Report – , se nos mostraba con una estética acorde, una ambientación opresiva y con unos impresionantes efectos especiales del gran Douglas Trumbull.

La acción de esta continuación del original de Ridley Scott tiene lugar treinta años después de que la pareja Rachel y Rick hayan desaparecido con rumbo incierto. Un joven blade runner llamado K –luego rebautizado como Joe, ambas denominaciones en homenaje al personaje de El proceso, de Kafka– es reclutado por la policía de Los Ángeles para descubrir la realidad derivada del descubrimiento de unos restos de la replicante Rachel, que llevan a la conclusión de que resultó embarazada y dio a luz a un hijo, algo impensable dadas las características de genética artificial de su especie. En paralelo, también los sicarios de la empresa Wallace –continuadora de la desaparecida Tyrell– le siguen las huellas para aprovechar el descubrimiento en su provecho.

Si en la primera Blade Runner el fondo era filosófico y hasta cierto punto teológico, en el sentido de que los replicantes habían alcanzado el desarrollo mental suficiente como para preguntarse sobre sí mismos y sobre su relación con el creador, en esta segunda el alcance es más de índole social. Los replicantes son ya numerosos y se podrían enfrentar a su integración en las leyes naturales, lo que supondría la adquisición de unos derechos frente a los en principio humanos. Ello alteraría el equilibrio racial, la división entre amos y sometidos, acabando por alimentar el fuego de una rebelión, cuyas primeras brasas ya están encendidas en los subterráneos.

El film de Villeneuve sigue las huellas del de Scott en el sentido de continuar con la atmósfera y la adscripción narrativa a ciertos cánones del cine negro. Se consigue a base de una iluminación impresionista, con el añadido en cuanto a las localizaciones de lugares situados en los alrededores de la megalópolis de Los Ángeles y en una ruinosa Las Vegas como cubil del refugiado Rick Deckard.

Una de las constantes establecidas en el tránsito entre una y otra película es la duda entre los personajes sobre si son naturales o replicantes. Los finales alternativos del Blade Runner de Scott pueden abrirse a la consideración de que también Deckard es un replicante. Pero lo verdaderamente estimulante de la propuesta es la inseguridad creada, la sospecha acerca de la propia identidad, de la realidad de los recuerdos –implantados o no – , del miedo a haber sido creado en un laboratorio para servir a una raza dominante. En el caso de la secuela, lo inquietante adquiere dos posibilidades: o que puedan ser fértiles las relaciones entre natural y replicante o las que se han producido en circunstancias muy especiales entre replicantes evolucionados.

Blade Runner 2049 se inscribe en esta corriente de ciencia ficción adulta que en los últimos años nos ha dado cintas como Gravity e Hijos de los hombres, de Alfonso Cuarón, Interestelar, de Christopher Nolan, o A.I. Inteligencia Artificial, de Steven Spielberg, opuestas en sus pretensiones a las sagas de aventuras como Star Wars o Star Trek.

El franco-​canadiense Denis Villenueve se había dado a conocer como realizador con la adaptación de la impactante pieza teatral de Wajdi Mouawad Incendies. Su espléndido inicio en la ciencia ficción –nada apocalíptica, por cierto– lo vimos el año pasado con La llegada.

Manuel Quinto, crítico de cine

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