Número 767

Número 767

Enero /​Febrero 2018

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La Biblioteca de José María Ridao

José María Ridao

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Existe una diferencia sustancial entre considerarse dueño de una biblioteca y saberse acompañado por algunos libros, como es mi caso. El motivo nada tiene que ver con la cantidad de los títulos ni la variedad de las materias, sino con la naturaleza del vínculo establecido a lo largo de los años.

A excepción del tiempo que llevo en Estados Unidos a raíz de una decisión inicua de la dictadura argelina, que el pasado verano rechazó mi acreditación como cónsul general en la capital del país, nunca me había separado de mis libros. Con ellos llegué a Angola en los momentos más difíciles de la guerra civil, cuando, al anochecer, comenzaban las escaramuzas entre la guerrilla de Savimbi y las tropas del gobierno. De allí viajaron conmigo al Moscú de la perestroika y del final del régimen soviético, y más tarde a la lúgubre Guinea Ecuatorial que presidía, ya entonces, el más longevo tirano de África. En tres ocasiones diferentes a través de varias décadas estuvieron conmigo en París, la ciudad que siempre me ofreció refugio frente a los aspectos de la vida española que más detesto.

Dónde están las mujeres

Cristina Martínez

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En el caluroso verano de 2017 muchas mujeres españolas estaban disfrutando de unas merecidas vacaciones, otras corrían de un lado para otro para compatibilizar su empleo con el campamento de verano de sus hijos, otras habían postergado la maternidad para prosperar en sus trabajos o simplemente, no perderlos. Cada una con una situación social y vital única. O no tan única.
Fijémonos en las aportaciones del Instituto Nacional de Estadística, especialmente la EPA del primer trimestre de 2017, para intentar localizar a las 23.425.800 mujeres que en ese año viven en España.
LAS INACTIVAS
3.602.100 mujeres en España son menores de 16 años y otras 3.547.500 mayores de 69; salvo excepciones, inactivas debido a su edad.
También existen 5.737.000 mujeres que, pese a estar en edad de trabajar (de 16 a 69 años), se encuentran inactivas por diversos motivos. A partir de los 65 la causa más común es la jubilación o prejubilación (625.400 casos); mientras hasta los 19 años, son los estudios (709.600). Mientras, 2.633.600 se dedican exclusivamente a las labores del hogar, es decir: “el 16,2 por ciento de las mujeres españolas entre 16 y 69 años son amas de casa”. ¿Y cuántos hombres están en esa misma situación? 361.100, el 2,2 por ciento.

En el 90 aniversario de Pedro Casaldáliga

Javier Melloni


Conmemoramos este año (el 16 de febrero) el noventa aniversario de una vida tenazmente entregada, el largo recorrido de una existencia empeñada en humanizar esta tierra todavía por humanizar. No es frecuente encontrar en la misma persona al místico y al profeta, al guerrillero y al poeta, al obispo y al rebelde. Cuando esto sucede, es exigente el don que recibe una generación. Y cuando esto se prolonga en el tiempo, persistentemente y sin claudicar hasta la edad de noventa años, a pesar no solo del envejecimiento sino de la enfermedad del parkinson, no podemos sino sentir una mezcla de estremecimiento y agradecimiento que brotan de la interpelación que tal icono viviente arroja al resto de la comunidad.
Pedro Casaldáliga no se ha movido en cinco décadas de la tierra a la que fue enviado como misionero claretiano después de haberse entregado en sus primeros años de ministerio en los barrios marginales de Sabadell. Llegó al estado de Mato Grosso del Brasil en 1968 y desde entonces no ha regresado a su tierra natal “porque los pobres no pueden viajar”. Por un gesto lúcido de la Iglesia brasileña, tres años después de su llegada fue ordenado obispo de Sao Félix de Araguaia, una de las diócesis más extensas del país. Su defensa valiente e insobornable de “los sin tierra”, tanto campesinos como indígenas, provocó desde el comienzo un duro enfrentamiento con los terratenientes, conflicto que no ha cesado desde entonces y que ha conllevado un riesgo continuo de su vida, incluidos estos últimos años.

La hora de los bisnietos

Jaume Boix

En 2018 la Constitución cumplirá cuarenta años y esto esuna gesta en nuestra historia. Ahora que a algunos les dapor hablar del Régimen del 78 para , con gratuito desdén,equipararlo al franquismo es oportuno recordar que el actualperíodo democrático que esta constitución garantiza y amparaes ya más duradero que aquella terrible dictadura y está siendomucho más libre, justo, seguro, pacífico y fructífero que cualquier otro en la historia de España. El Ciervo, que ha vividocasi 30 años sin ella y con gozo la vio nacer, valora y celebralo muy beneficiosa que la Constitución de 1978 ha sido parala convivencia. Por suerte, los que la disfrutan digamos desdela cuna son ya la gran mayoría de españoles, más del 70 porciento: 35 millones de personas que hoy no pasan de 55 añosy en 1978 tenían, los que más, 15 años. Ellos sin duda la veránde distinta forma, como es lógico y deseable, porque esta es lagracia de una constitución democrática: que enmarque el cuadro del muy colorista, matizado y cambiante paisaje que entretodos componemos. Algunos siempre hay que por uno u otrolado quieren romper el marco, lo hemos visto repetidamenteen la historia. Pero la gran mayoría lo acepta y lo respeta porque prefiere el confort de la casa conocida a las promesas deque con rupturas estaremos mejor.

Cuando la Constitución cumplió veinticinco años, José Antonio González Casanova señalaba en estas mismas páginas (El Ciervo, nº 633, diciembre 2003) que, de las siete quehemos tenido desde la de Cádiz de 1812, la de 1978 es “laúnica de verdad auténtica porque cumple los requisitos que elderecho internacional moderno exige: que sea norma jurídicade aplicación directa; con supremacía sobre el resto del ordenamiento, reformable con procedimiento extraordinario queconfirma dicha superioridad; que garantice los derechos de losciudadanos como únicos sujetos de la soberanía del Estadoy del poder constituyente; que regule un sistema de poderesseparados pero colaborantes; que sea elaborada en libertad; yesté vigente en todo el territorio”. Además, recordaba nuestroquerido experto constitucionalista, “todas las demás fueronun trágala impuesto por una de las dos Españas (la conservadora y la progresista) a la otra”. Y esta no.

Premio El Ciervo-​Enrique Ferrán de artículos. Acta del jurado

El jurado del 42 Premio El Ciervo-​Enrique Ferrán de artículos periodísticos sobre La intimidad, en riesgo se ha reunido en Barcelona el 19 de diciembre de 2017 y ha decidido por unanimidad otorgar el premio al titulado Soldados del algoritmo cuyo autor es Martín Sacristán.

El jurado, formado por Norbert Bilbeny, Marc Argemí, Arturo San Agustín, Soledad Gomis y Jaume Boix, valora del artículo premiado su claridad en la exposición de una idea que sustenta en datos interesantes sobre el origen y la evolución de internet.
El jurado constata que la gran mayoría de los artículos se centra en la influencia de las nuevas tecnologías como principal condicionante de la intimidad, lo que además de demostrar el papel crucial de las redes en nuestras vidas parece una prueba del predominio de la juventud entre los autores. Destaca también el jurado, y lo celebra, el sólido carácter internacional que ha adquirido el premio, al que han optado 176 artículos, 70 de ellos procedentes de Venezuela, Perú, Colombia, Chile, Argentina, México, Ecuador, Bolivia, Brasil, Israel, Francia y Estados Unidos.


Finalmente, el jurado recomienda la publicación en El Ciervo de los artículos que en su deliberación han quedado como finalistas y cuyos autores son Álvaro Quintana, Alberto de Frutos, Sara Suárez, Àlex Masllorens y Chelo Sierra.


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Artículo ganador

Soldados del algoritmo

Martín Sacristán

MAD significa locura en inglés. Pero es también el acrónimo de Mutually Assured Destruction, destrucción mutua asegurada, término que se acuñó para explicar el desenlace de una guerra entre superpotencias con capacidad nuclear. Desde la Guerra Fría, el temor a que se produzca ha desterrado los campos de batalla, los muertos físicos y las ciudades derruidas. Pero las batallas no han dejado de librarse, en forma de espionaje, influencia en líderes del país enemigo, y manipulación de las corrientes de opinión pública. Internet ha extendido el conflicto, alistando a sus usuarios como soldados, sin advertirles.


Este hecho quedó en evidencia tras la última campaña a las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Las investigaciones del Congreso y el FBI han demostrado que Rusia influyó a través de las redes sociales a favor de Trump. Y aunque no se conozca cuánto se benefició de ello el actual presidente, sí está constatado que hizo crecer la aceptación de un candidato que en principio se daba por perdedor. Cada usuario de Facebook o Twitter que daba a un me gusta de noticias sobre Trump difundidas por Rusia, o que compartía propuestas de su programa, favorecía sin saberlo los intereses de un país enemigo.


El problema es que aquellos usuarios estadounidenses creyeron manifestar su preferencia política desde el anonimato. Algo fundamental en la sociedad de EE UU, porque la ideología es algo especialmente sensible, y no se saca a colación en reuniones sociales, a menos que se tengan lazos muy íntimos. Cuanto menos en internet. Lo mismo ocurre con aquellas estrellas de Hollywood que se fotografían desnudas con su móvil en la intimidad. No en una, sino en varias ocasiones, informáticos habilidosos han sido capaces de recorrer en coche las cercanías de sus casas, piratear su red de datos, obtener dichas imágenes, y difundirlas.
Estos ejemplos pueden llevarnos a sacar la conclusión de que existen muchas amenazas a nuestra intimidad en internet. Pero eso no es más que un sesgo de usuario. Es decir, una interpretación equivocada de cómo funciona la red. Jamás ha sido un espacio privado, sino completamente público, y tan íntimo como una calle concurrida.


Para entender por qué es así, debemos volver a la década de 1960, cuando aparecieron los misiles nucleares de largo alcance. En 1962 la llamada Crisis de los Misiles disparó todas las alarmas, porque los rusos iban a instalar en Cuba una base desde la que alcanzarían territorio estadounidense. Había temor a que se produjera el MAD, pero también a que el ejército de EE UU quedara fuera de combate con un único disparo de misil. El centro de mando se apoyaba entonces en un ordenador central, y bastaría destruirlo para que no hubiera respuesta alguna a un ataque. Eso desequilibraba el MAD, asegurando la destrucción de solo uno de los contrincantes.


La solución militar fue descentralizar el centro de mando. Había que dividir la información en muchos puntos, y a la vez ser capaz de usarla unida, mediante una red de conexiones. Si alguno de los puntos era destruido se replicaría en otro, y si un misil alcanzaba parte de las conexiones de red, el resto mantendría operativas las comunicaciones. Esa estructura informática se denominó Arpanet, y treinta años después de su puesta en funcionamiento fue autorizado su uso civil y comercial bajo la denominación Internet. Un arma defensiva pasaba a poder ser empleada por todo el mundo. Y como en el caso de las pistolas o los fusiles, mantenía intactas sus características militares. Especialmente la más importante de ellas, el acceso a datos por parte de terceros.
En internet siempre hay un tercero. Nuestros datos los tienen las compañías de telecomunicaciones que proveen el servicio de acceso, las empresas intermedias como buscadores o redes sociales, y los creadores de contenidos finales: tiendas, periódicos, blogs, etc. Entidades privadas sujetas a unas leyes que las limitan a la hora de invadir nuestra intimidad. Esta al menos fue la creencia hasta que Edward Snowden dio a conocer los programas empleados para la vigilancia masiva de ciudadanos en internet. Tras ellos se escondía el acuerdo de países aliados –EE UU, Canadá, Reino Unido y Australia– para espiar a todos los usuarios sin distinguir fronteras. Los antiguos virus informáticos habían sido reconvertidos, y muchas personas que jugaban al Angry Birds, o empleaban Google Maps, estaban cediendo, sin saberlo, sus datos a gobiernos propios y extranjeros.


Seguimos haciéndolo cada día. Y no podemos dejar de hacerlo. Lo que fue en origen un centro de mando militar descentralizado opera ahora en todos los ámbitos de nuestra vida. Hacienda, la Seguridad Social, el historial bancario o laboral, trabajan dentro de internet, y fuera de ellos no existimos. Es tan imposible no estar en la red como no tener cuenta en un banco. Y es tan imposible tener intimidad allí como en plena calle. Técnicamente, son los algoritmos los que la impiden. Ese conjunto matemático de órdenes que hace funcionar la red se alimenta de nuestro uso. Cada vez que visitamos una página, damos a un me gusta, o estamos en un lugar con la función “ubicación” de nuestro móvil activada, alimentamos inadvertidamente el algoritmo. Con ese conjunto de informaciones construye una base de datos sobre nosotros, deja testimonio de nuestra conducta, y predice lo que haremos en base a ella.


La conclusión es clara. No es que la intimidad esté en riesgo. Es que el propio funcionamiento de internet la hace imposible. Desde el primer día. Somos nosotros los que no nos hemos informado sobre una herramienta que usamos en nuestro día a día. Cuando navegamos nos creemos a salvo, como en nuestra casa, ocultos a ojos extraños. Y en realidad estamos en plena calle. No pasearíamos desnudos por ella, y no podemos hacerlo en internet. No sin correr el riesgo de que alguien nos vea. Somos, solo por estar allí, soldados involuntarios del algoritmo. Pero si tomamos conciencia de ser observados ocultaremos al menos aquello que llamamos nuestra intimidad.

Martín Sacristán es periodista, escritor y creador de contenidos editoriales

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