En el 90 aniversario de Pedro Casaldáliga

Javier Melloni


Conmemoramos este año (el 16 de febrero) el noventa aniversario de una vida tenazmente entregada, el largo recorrido de una existencia empeñada en humanizar esta tierra todavía por humanizar. No es frecuente encontrar en la misma persona al místico y al profeta, al guerrillero y al poeta, al obispo y al rebelde. Cuando esto sucede, es exigente el don que recibe una generación. Y cuando esto se prolonga en el tiempo, persistentemente y sin claudicar hasta la edad de noventa años, a pesar no solo del envejecimiento sino de la enfermedad del parkinson, no podemos sino sentir una mezcla de estremecimiento y agradecimiento que brotan de la interpelación que tal icono viviente arroja al resto de la comunidad.
Pedro Casaldáliga no se ha movido en cinco décadas de la tierra a la que fue enviado como misionero claretiano después de haberse entregado en sus primeros años de ministerio en los barrios marginales de Sabadell. Llegó al estado de Mato Grosso del Brasil en 1968 y desde entonces no ha regresado a su tierra natal “porque los pobres no pueden viajar”. Por un gesto lúcido de la Iglesia brasileña, tres años después de su llegada fue ordenado obispo de Sao Félix de Araguaia, una de las diócesis más extensas del país. Su defensa valiente e insobornable de “los sin tierra”, tanto campesinos como indígenas, provocó desde el comienzo un duro enfrentamiento con los terratenientes, conflicto que no ha cesado desde entonces y que ha conllevado un riesgo continuo de su vida, incluidos estos últimos años.


Pastor de su pueblo, ha ejercido impecable y valientemente su misión como obispo, dando pleno sentido a su significado: epi-​scopos, el que vela por encima (epi) para que se alcance la meta (scopos), que no es otra que la utopía del Reino. Así ha sido durante más de treinta y cinco años hasta que tuvo que dimitir a causa del límite de edad. Pero allí ha permanecido y sigue permaneciendo, a costa del riesgo de su vida y de las incomodidades e inclemencias del lugar. Pedro Casaldáliga ha confirmado el nombre heredado de su familia: con vuelo y mirada de águila ha velado por el territorio y por la prole que le fueron confiados hace cincuenta años y los círculos concéntricos de su vuelo se han extendido hasta nosotros.


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A través de sus escritos (poemas, cartas y sermones) podemos reconocer y recorrer el vigor y el compromiso de toda una vida y las causas a las que se ha entregado. “Las causas de mi vida valen más que mi vida” ha dicho muchas veces sobre sí mismo. Sus poemas contienen la brisa y el fuego del Espíritu y son capaces de rescatar la belleza de ese infierno donde fue enviado a servir. Hace diez años, a propósito de su ochenta aniversario, elegí algunos de ellos para El Rincón de la mística. Una década después siguen teniendo el mismo valor, incluso mayor, porque se han ido tatuando en la piel apergaminada de su cuerpo enjuto y tembloroso. Los retomo para dejar que resuenen de nuevo.

Y el llanto y la risa en la mirada /​Y la mano extendida y apretada /​No tener nada. /​No llevar nada. /​No poder nada. /​No pedir nada. /​Y, de pasada, /​no matar nada; /​no callar nada. /​Solamente el Evangelio, como una faca afilada. /​Y el llanto y la risa en la mirada. /​Y la mano extendida y apretada. /​Y la vida, a caballo, dada. /​Y este sol y estos ríos y esta tierra comprada, /​Por testigos de la Revolución ya estallada. /​¡Y “mais nada”!

Veo el color apenas, /​sin las formas. /​Veo el fulgor del rumbo, /​no el camino. /​A los cincuenta años semiandados /​siento la misma Voz /​mal respondida. /​Mañana será tarde. /​Hoy es el día oscuro. /​Ser fiel /​sería /​serlo /​a cada gris instante, /​sin mayores certezas, detrás de la Llamada, /​a tientas por la vida /​en muchedumbre; /​a solas con el hombre /​–humus, semilla, valla y horizonte– /​que me posibilita; /​en paz semipactada /​–gratuita victoria– /​con ese Dios /​sin rostro /​que me espera /​–Padre y Mendigo mío, /​mi Tormenta y mi Puerto-.

La vida sobre ruedas o a caballo, /​yendo y viniendo de misión cumplida, /​árbol entre los árboles me callo /​y oigo cómo se acerca tu venida. /​Cuanto menos Te encuentro, más te hallo, /​libres los dos de nombre y de medida. /​Dueño del miedo que Te doy vasallo, /​vivo de la esperanza de Tu vida. /​Al acecho del Reino diferente, /​voy amando las cosas y la gente, /​ciudadano de todo y extranjero. /​Y me llama tu paz como un abismo /​mientras cruzo las sombras, guerrillero /​del Mundo, de la Iglesia y de mí mismo.
Como un río que me invade mansamente. /​Que penetro, deslumbrado. Como un río /​que me arrastra, poderoso, en su corriente /​mientras abro, libremente, el curso mío. /​Como un río que respeta mis orillas. /​Con el cielo todo entero en su regazo. /​Que yo sigo, por las noches, de rodillas, /​y circundo, bajo el sol, como un abrazo. /​Como un río que me acuna, que me sacia. /​Que yo invento con las aguas de Su gracia. /​Como un río ya llegado y por llegar. /​Donde muere el día y nace el día nuevo. /​Como un río que me lleva y que yo llevo. /​Como un río que se sabe río y mar.

Todo ello emana de su más hondo vínculo con el Señor Jesús:

Mi fuerza y mi fracaso /​eres Tú. /​Mi herencia y mi pobreza. /​Tú mi justicia, /​Jesús. /​Mi guerra /​y mi paz. /​¡Mi libre libertad! /​Mi muerte y vida /​Tú. /​Palabra de mis gritos, /​silencio de mi espera, /​testigo de mis sueños, /​¡cruz de mi cruz! /​Causa de mi amargura, /​perdón de mi egoísmo, /​crimen de mi proceso, /​juez de mi pobre llanto, /​razón de mi esperanza, /​¡Tú! /​Mi tierra prometida /​eres Tú… /​La Pascua de mi Pascua, /​¡nuestra gloria /​por siempre, /​Señor Jesús!

Una vida y una doctrina semejantes manifiestan que existe una patrística contemporánea. Pedro Casaldáliga forma parte de esta saga y tenemos la fortuna de serle contemporáneos. Como testigo de Cristo crucificado, resucitado y resucitante, su palabra tiene un valor confesante y sus actos contienen la capacidad de engendrar vida. Por ello no solo es hermano sino también padre.

Javier Melloni es escritor, teólogo, antropólogo y jesuita

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