La hora de los bisnietos

Jaume Boix

En 2018 la Constitución cumplirá cuarenta años y esto esuna gesta en nuestra historia. Ahora que a algunos les dapor hablar del Régimen del 78 para , con gratuito desdén,equipararlo al franquismo es oportuno recordar que el actualperíodo democrático que esta constitución garantiza y amparaes ya más duradero que aquella terrible dictadura y está siendomucho más libre, justo, seguro, pacífico y fructífero que cualquier otro en la historia de España. El Ciervo, que ha vividocasi 30 años sin ella y con gozo la vio nacer, valora y celebralo muy beneficiosa que la Constitución de 1978 ha sido parala convivencia. Por suerte, los que la disfrutan digamos desdela cuna son ya la gran mayoría de españoles, más del 70 porciento: 35 millones de personas que hoy no pasan de 55 añosy en 1978 tenían, los que más, 15 años. Ellos sin duda la veránde distinta forma, como es lógico y deseable, porque esta es lagracia de una constitución democrática: que enmarque el cuadro del muy colorista, matizado y cambiante paisaje que entretodos componemos. Algunos siempre hay que por uno u otrolado quieren romper el marco, lo hemos visto repetidamenteen la historia. Pero la gran mayoría lo acepta y lo respeta porque prefiere el confort de la casa conocida a las promesas deque con rupturas estaremos mejor.

Cuando la Constitución cumplió veinticinco años, José Antonio González Casanova señalaba en estas mismas páginas (El Ciervo, nº 633, diciembre 2003) que, de las siete quehemos tenido desde la de Cádiz de 1812, la de 1978 es “laúnica de verdad auténtica porque cumple los requisitos que elderecho internacional moderno exige: que sea norma jurídicade aplicación directa; con supremacía sobre el resto del ordenamiento, reformable con procedimiento extraordinario queconfirma dicha superioridad; que garantice los derechos de losciudadanos como únicos sujetos de la soberanía del Estadoy del poder constituyente; que regule un sistema de poderesseparados pero colaborantes; que sea elaborada en libertad; yesté vigente en todo el territorio”. Además, recordaba nuestroquerido experto constitucionalista, “todas las demás fueronun trágala impuesto por una de las dos Españas (la conservadora y la progresista) a la otra”. Y esta no.


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A la vista de los sucesos recientes en Catalunya, pareceque todo esto tiende a olvidarse. Tal vez a desconocerse.Una constitución no es un texto sagrado e intocable, pero esalgo muy serio y necesario. En noviembre de 1978, Lorenzo Gomis le daba la bienvenida en su editorial: “Lo importante estener una constitución que envejezca, es decir, que dure. Conenmiendas y, sobre todo, sin guerras civiles. Lo importante estener una constitución que no se quede en letra muerta –quelas hay– sino en referencia arbitral respetada por los diversos partidos y grupos sociales. Ojalá la Constitución de 1978 llegue a ser la de los bisabuelos y pueda incorporar si conviene enmiendas o adiciones de los nietos. Señal que habrá sobrevivido a los hombres y las circunstancias” (El Ciervo, nº 333).

Su ‘ojalá’ hoy se cumple. Los tres padres de la Constitución felizmente en activo, Miquel Roca, Miguel Herrero de Miñón y José Pedro Pérez Llorca, son bisabuelos o, como sus coetáneos, están a sus 78 años en edad de serlo. Ellos, prudentes, no se muestran tan partidarios de reformarla como los más jóvenes, pero sí aceptan que se le practiquen retoques, siempre, advierten, desde un consenso amplio y general, como el que la alumbró en 1978. No es fácil que se obtenga porque el entusiasmo con que los ciudadanos entonces la refrendamos, un entusiasmo que se expresó en el 88,5% de síes en el conjunto de España –tres puntos más en Catalunya: 91,5%– hoy no existe. ¿Qué ha pasado en estos 40 años para que haya perdido gas? ¿Por dónde y por qué lo pierde? ¿No ayudarían ciertos retoques, enmiendas y reformas a que se sienta mejor en la casa común el grueso mayoritario de españoles, de entre 25 y 54 años (22 millones, el 45% de la población), los nietos y bisnietos que no han tenido ocasión de aportar al texto ni una idea, un artículo, un punto ni una coma? ¿Nos olvidamos de ellos? Hay que volver al consenso y al entusiasmo y este aniversario puede ser un buen momento para poner al día la Constitución y darle nuevo impulso, llámese reforma o retoque. La de EE. UU., de 1878, tardó solo cinco años en aprobar las diez primeras enmiendas de las 27 que ha adoptado.

En el artículo citado de 2003, González Casanova ya se hacía eco de las voces que pedían corregir defectos como la limitación de la moción de censura, el monopolio del gobierno para convocar referéndums, la inoperancia del Senado como cámara territorial o la discriminación de la mujer en la sucesión al trono. Para todo eso, y sobre todo para mejoras estructurales como la arquitectura territorial, que cruje peligrosamente por la grieta de Catalunya, hay que montar un buen andamio. Porque una constitución debe adaptarse a los problemas de la sociedad y han aparecido nuevos y muy serios retos locales y globales. El principal y más grave, que nuestros hijos están viviendo peor que nosotros. Y es su hora, su presente y su futuro. Deberíamos aprovechar este aniversario para empezar las obras. Sin frivolidades, pero sin temor. Con mentalidad abierta y ganas de entenderse. Dando voz a los jóvenes. Hay que hacerlo para que nuestra Constitución cumpla muchos años más y pueda ser también la de los nietos de los bisnietos de los bisabuelos de hoy.

Jaume Boix es director de El Ciervo

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