La Biblioteca de José María Ridao

José María Ridao

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Existe una diferencia sustancial entre considerarse dueño de una biblioteca y saberse acompañado por algunos libros, como es mi caso. El motivo nada tiene que ver con la cantidad de los títulos ni la variedad de las materias, sino con la naturaleza del vínculo establecido a lo largo de los años.

A excepción del tiempo que llevo en Estados Unidos a raíz de una decisión inicua de la dictadura argelina, que el pasado verano rechazó mi acreditación como cónsul general en la capital del país, nunca me había separado de mis libros. Con ellos llegué a Angola en los momentos más difíciles de la guerra civil, cuando, al anochecer, comenzaban las escaramuzas entre la guerrilla de Savimbi y las tropas del gobierno. De allí viajaron conmigo al Moscú de la perestroika y del final del régimen soviético, y más tarde a la lúgubre Guinea Ecuatorial que presidía, ya entonces, el más longevo tirano de África. En tres ocasiones diferentes a través de varias décadas estuvieron conmigo en París, la ciudad que siempre me ofreció refugio frente a los aspectos de la vida española que más detesto.


Ahora que por primera vez me he visto privado de la compañía de mis libros he alcanzado a entrever, al fin, por qué una resistencia íntima me ha impedido ordenarlos cada vez que me he instalado en una ciudad nueva y por qué nunca he sabido reconocerlos como una biblioteca. Según salían de las cajas de mudanza iban pasando a los estantes sin más criterio que el de haber un hueco libre, de manera que los distintos tomos de una misma obra quedaban repartidos en varias habitaciones, juntos el manual de ornitología que me sirvió para escribir uno de mis cuentos preferidos y el Paraíso de Dante, La Celestina y los trabajos de Heisenberg sobre mecánica cuántica, el teatro de Brecht y los diarios de Colón, Kierkegaard y las cartas de Salinas a la amada sin nombre de sus poemas. Mientras mis libros viajaron conmigo, según descubro ahora, su ingobernable desorden consentido no era sino el reflejo fiel de la forma en la que entiendo la relación del escritor con el mundo que lo rodea.
A medida que transcurrían los años en las ciudades a las que siempre he viajado con mis libros, y a fuerza de extraviarme una y otra vez en la anarquía de los estantes, el azar que los colocaba al llegar acababa siempre por rendir sus últimas zonas de sombra a la rutina, y yo mismo me sorprendía ubicando con precisión cualquier título que buscase. Era así como, ahora lo sé, esos libros míos que nunca fueron una biblioteca me ofrecían la más inesperada de sus lecciones, invitándome a hacer de nuevo las maletas y a huir sin concesiones de la apariencia del orden. No para resignarme ante un nuevo desorden, sino para retomar la vocación que me llevó hasta ellos, la inexplicable fe que me empuja a seguir buscando coherencia en lo que no la tiene.

LOS VIAJES DE GULLIVER JONATHAN SWIFT
Muchos han sido los libros leídos en la adolescencia a los que he vuelto empujado por una mezcla de curiosidad y melancolía, y ninguno como este me ha revelado la naturaleza del genio. Swift habla con la voz de la fantasía a los lectores más jóvenes y con la de la más enérgica denuncia a quienes, por edad, estarían obligados a no convalidar los fines más abyectos con las palabras más nobles. A diferencia de autores como Verne o Burroughs, creador de Tarzán, Swift se mantiene fiel a la estirpe de Montaigne, en el sentido de que nunca confunde convención y naturaleza.

LAS TRES ERRES MARK TWAIN
Esta selección de escritos sobre raza, religión y revolución, publicada por la editorial Guadarrama, fue el primer ensayo que cayó en mis manos y el libro que más me ha influido. Gracias a Mark Twain descubrí que existía un género en prosa que no era tributario de la fantasía, sino de la imaginación. Las novelas de Stevenson o los cuentos de Poe recreaban mundos que, aun pareciéndose al real, nunca habían existido. Twain, por el contrario, interpelaba al mundo en el que vivimos, y en el que, gracias a una propaganda que era tan devastadora en el siglo XIX como lo está siendo ahora, un monstruo de crueldad y de codicia como el rey Leopoldo II de Bélgica podía pasar por un filántropo. En vano he buscado durante años el original en inglés de este libro, sin encontrar el rastro.


CAMPOS DE NÍJAR JUAN GOYTISOLO
Descubrir a través de un relato de viajes que los paisajes de infancia pueden ser materia literaria fue la primera afinidad que sentí con un escritor al que me acabaría uniendo una amistad fraternal, prolongada durante un cuarto de siglo. Sus descripciones de la miseria en Huércal-​Overa, Garrucha, Carboneras, Las Negras o El Alquián durante los años cincuenta y sesenta del pasado siglo se correspondían con la realidad con la que yo entraba en contacto cuando, viajando desde Madrid, visitaba a mi familia. Nieto de emigrantes de aquellas tierras sin esperanza hacia Cuba, Chicago y Alemania, y universitario y diplomático gracias al esfuerzo generoso de todos ellos, he procurado no perder nunca de vista como modelo para mi escritura y para mi trabajo la comprensión y la sensibilidad que encontré en Juan Goytisolo hacia aquel mundo que era el mío.


LA VELADA EN BENICARLÓ
MANUEL AZAÑA
Mi primer intento de leer esta obra excepcional se saldó con un fracaso. Vivía entonces en Luanda, y al cerrar el libro recuerdo haber pensado que Ortega tenía razón al describir al futuro presidente de la República como un escritor sin lectores. Fue al descubrir la inanidad de una obra como la del incensado Ortega, simple periodista con ínfulas de metafísico cuya idolatría sigue provocando un daño irreparable a la tradición liberal en nuestro país, cuando, en contrapartida, advertí la colosal dimensión de una figura como Azaña, primero vilipendiada, después olvidada y finalmente recuperada al modo de los autores a los que se quiere hacer que simbolicen alguna cosa. Con La velada en Benicarló, Azaña prolonga la tradición ilustrada del diálogo para hacer un balance de la historia de España que le lleva a identificar “una queja murmurante al margen de lo ortodoxo”, de la que se declara heredero.

EL DERECHO Y EL REVÉS ALBERT CAMUS
Al contrario de lo que se suele admitir, Camus no fue un filósofo mediocre, sino el pensador extraordinario de una corriente que no estuvo de moda en los años centrales del siglo XX, dominados por sistemas como el marxismo o el existencialismo. La de Camus es otra genealogía, en la que se encuentra con Nietzsche y Kierkegaard, pero también con Unamuno, cuya obra filosófica sólo pude comprender en toda su riqueza después de desentrañar el libro juvenil de un huérfano argelino que se muestra y se oculta en unas páginas sublimes, sabias y misteriosas que, como los poemas de Rimbaud, parecen redactadas en estado de gracia. Camus llegó a decir que El derecho y el revés fue la fuente de la que brotó su obra. No le faltaba razón: gracias a esa fuente y a esa obra, Camus mantuvo viva en el siglo XX la tradición filosófica para la que reivindicar la razón no es elaborar abstracciones en las que sacrificar a los seres de carne y hueso, sino reconocer la fragilidad de sus fundamentos y las consecuencias letales de sus extravíos.


LAZARILLO DE TORMES
ANÓNIMO
Como tantos españoles que conocieron las primeras letras en las postrimerías del franquismo, mi aprecio hacia la literatura de los siglos XVI y XVII fue tardío. Muchas veces me he preguntado el motivo, y pienso que buscarlo en las deficiencias de la educación bajo la dictadura es un expediente demasiado general. Si no aprecié cabalmente en su día libros como el Lazarillo, La Celestina o el Quijote fue porque no podía encontrar en sus páginas las razones por las que eran alabados. En ningún caso me evocaban la grandeza de una edad de oro en la que España destacaba en todos los órdenes, pero el acuerdo era tan unánime, y la afirmación tan rotunda, que, a falta de convencerme, su único efecto fue hacerme dudar de mis impresiones como lector. Hoy encuentro un desgarrador alegato contra la crueldad del poder en la sarcástica historia del pregonero que, maltratado por la vida, afirma haber encontrado la felicidad sirviendo de tapadera al clérigo de postín que tiene a su mujer por barragana. Ese alegato volví a encontrarlo en el monólogo de Pleberio en La Celestina o en los lunáticos discursos morales de don Quijote, pero también en una de las más hermosas novelas del siglo XX, La plaza del Diamante, de Mercè Rodoreda, en el que la Colometa, como Lázaro con la barragana, alcanza la felicidad junto a un hombre castrado que comprende su sufrimiento como nadie más podría hacerlo, y le ofrece todo el calor humano del que es capaz.


José María Ridao
es escritor y diplomático. Licenciado en Derecho y Filología Árabe. En la actualidad es cónsul general de Washington

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