Número 768

Número 768

Marzo /​Abril 2018

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A desenredar

Jaume Boix

Las redes enredan. En los primeros momentos de la efervescente irrupción de este fenómeno social, cuyo impacto ha sido verdaderamente poderoso, la buena fe y sencilla ingenuidad de la mayoría recibió como una maravilla del progreso este instrumento de comunicación puesto gratuita y generosamente al alcance de todos. Así caímos en la red. Pronto descubrimos que nada es gratis y que cuanto más barato se ofrece un servicio más caro acaba resultando. Del teléfono fijo pasamos al móvil, de las llamadas al sms, del sms al whatsapp, del whatsapp escrito al hablado –esta moda que ha despegado los móviles de la oreja y hace que los chicos vayan por la calle hablando en voz alta con el aparato en posición decúbito supino paralela al suelo y formando un ángulo recto con la cara. Y después, facebook (2.100 milones de usuarios), youtube (1.800), whatsapp (1.300), instagram, twitter, linkedin, skype, facetime, viber, spotify… En fin.

(Des)Montando la bici

Antonio Salido. Se define como biciclante y escribiente. Premio Enrique Ferrán 2015

Mi calidad de vida sería de fábula si fuera a trabajar pedaleando. Pero la distancia es un gran inconveniente. De mi garaje a la oficina, tengo solo cinco metros. Espacio escalofriante, por ridículo. No podría ni sentarme en el sillín. Sería arrancar y alcanzar la meta. Y el ridículo más supino, de un frikismo de órdago.

Presunción de inocencia y privación de libertad

Salvador Viada Bardají, fiscal del Tribunal Supremo

En virtud de lo dispuesto en el artículo 24 de la Constitución Española, todas las personas gozan de la presunción de inocencia, es decir, salvo que se acredite en un proceso ante un juez en la forma establecida por la ley a través de pruebas de cargo válidas y suficientes racionalmente valoradas, las personas son inocentes. Sin embargo, la prisión provisional supone el ingreso en prisión de personas antes de que se haya celebrado ningún juicio.

Ingresar a una persona en la cárcel sin previo juicio es algo que genera legítimamente una apariencia de vulneración de la presunción de inocencia. Pero lo cierto es que la mayor parte de las personas estarán de acuerdo en que hay casos en los que por razones fundadas –la ley recoge taxativamente las que han de concurrir– es necesario proceder a ingresar en prisión a una persona antes del juicio. El riesgo para la vida de la víctima, la posibilidad de fuga, la posibilidad de destruir pruebas, presionar a testigos o cometer nuevos delitos son factores que justifican en muchas ocasiones el adelantar la privación de libertad de una persona al hecho material de la condena, siempre claro está que se trate de delitos graves –es lógico entender que cuanto más grave sea el delito imputado más riesgos existen de que el investigado puede sustraerse a la acción de la justicia – . Y además, en todo caso, que haya evidencias sólidas de la participación del afectado en los hechos investigados. En este sentido, la prisión provisional es una medida cautelar para que el proceso penal pueda llegar a buen fin toda vez que se toma la resolución por parte del juez instructor sobre la base de un juicio sobre el peligro que la libertad del investigado puede suponer para la víctima, o para el correcto desarrollo del proceso, y también cuando se aprecie la probabilidad de que el afectado continúe delinquiendo en libertad. ¿A cuántas personas afecta en España esta medida? Varios miles. Las cifras de 2016 indicaban que, aunque descendiendo en número desde 2010, en España de un total de algo más de 60.000 presos más de 7.000 son preventivos. Es decir, que hay un número considerable de personas en esta situación que hoy abordamos, superior en términos relativos a la mayor parte de los países europeos.prisionLa medida de prisión provisional tiene algunos importantes problemas de concepción. Lo más evidente es el hecho de que por más apariencia que haya de culpabilidad, el ingresado es legalmente una persona inocente hasta que no recaiga una sentencia condenatoria. Por ello, es siempre un fracaso del sistema cuando ocurre que una persona es absuelta tras haber sufrido prisión preventiva, o incluso cuando su condena no alcanza el tiempo que padeció dicha situación de prisión provisional. En esos casos, la indemnización que puede llegar a obtenerse no compensará casi nunca el daño sufrido.


El riesgo de error en la valoración de las circunstancias al acordar la medida está siempre presente. Pensemos que es una medida que solo puede acordarse por el juez de manera rogada, es decir, si se lo pide alguna parte acusadora, pero que exige de aquel una valoración de los riesgos de la libertad en relación con la investigación que está llevando a cabo. El juez tiene entonces que tomar su decisión desde su compromiso con la investigación. Una valoración de las circunstancias que haga prevalecer el buen fin de la investigación sobre la excepcionalidad de la figura (que no puede sostenerse si otras medidas menos gravosas son eficaces a los fines que persigue) puede llevar a una persona de manera precipitada a la cárcel. El recurso de apelación contra la decisión del juez es una garantía, pero la revisión por un Tribunal superior se produce lógicamente cuando ya se ha hecho efectiva. En suma, se trata de una figura procesalmente necesaria pero que por su objetiva colisión con el derecho constitucional a la presunción de inocencia exige sumisión a criterios de excepcionalidad.

Paseando entre géneros con ‘Frankenstein’

David Viñas

La anécdota es muy conocida. Durante el verano de 1816, Lord Byron reúne en Villa Diodati, su residencia de Ginebra, a William Polidori, Percy B. Shelley, Mary Shelley y Claire Clairmont. El mal tiempo los obliga a pasar muchas horas en casa y se entretienen leyendo cuentos de ambientación gótica. Lord Byron hace una propuesta: que cada uno escriba una historia de fantasmas. Así nació Frankenstein, la novela que Mary Shelley publicó en 1818. Doscientos años han pasado y Frankenstein en todo este tiempo no ha dejado de contar cosas a quien ha querido escucharlas. Con más o menos acierto, se han proyectado sobre la novela lecturas en clave de ciencia ficción, lecturas feministas, lecturas moralizantes, y si algo ha quedado claro con todo esto es que la vida de una obra literaria no puede quedar limitada al momento histórico de su aparición. Sobre todo las obras clásicas parecen tener una vigencia sin fecha de caducidad gracias a que las nuevas generaciones siguen encontrando en ellas motivos de interés. Y es que los códigos socioculturales varian de época en época y pueden provocar fácilmente reinterpretaciones de un texto o, incluso, su desplazamiento por distintos géneros literarios.

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