Uno de los efectos del uso masivo de las redes lo padecen los medios de comunicación. El periodismo se ha visto seriamente desorientado, sobre todo, aunque no solo, como industria y negocio. Y con él la sociedad entera, porque como sabemos, o sabíamos, una sociedad sin buen periodismo es menos democrática. Atrapado en las redes, el periodismo ha perdido calidad. Parece como si los medios no aprendiéramos de nuestros fracasos la lección elemental: que la materia prima del periodismo no es el papel sino la verdad. Para los periodistas se trata de un imperativo moral; para los empresarios es una necesidad económica. “La verdad nos hará libres” es un buen lema para la redacción; “solo la verdad nos hará ricos” debiera serlo para el consejo de administración.
Tan enredada está hoy la verdad que incluso algunos diarios de referencia priman en la red lo instantáneo, convierten lo último en lo primero no porque sea principal sino porque es último. Y componen un mosaico con informaciones supuestamente serias pegadas a banalidades de lo más pasmoso con el objetivo de sumar el mayor número de clics (clics, no lectores) y atraer algún anuncio de pago, pues no se acierta a encontrar una forma mejor de aumentar los ingresos. Y como la información va cara y los recursos no alcanzan, los eres crecen, los sueldos bajan, cada vez menos trabajan más por menos y el producto pierde calidad, prestigio y credibilidad.

redes

Otro gran enredo proviene de los ciudadanos que pretenden influir. En lo que sea, pero influir. Políticos, empresarios, profesores, estudiantes, ociosos, deportistas, predicadores, vendedores de crecepelo, buscadores de pareja… utilizan las redes a su antojo e intoxican sin el menor reparo ni más criterio que la busca de algún tipo de notoriedad o rentabilidad. Estos personajes se mueven por las redes como peces fuera de ellas. El caso del presidente Trump alardeando sin rubor de su inanidad es una de las locuras más sonadas de la historia; las eficaces campañas políticas de los populismos; las tonterías de los llamados influencers; pervertidos sexuales a la caza de incautos; chistosos que comentan las noticias en broma o, peor, en serio… Todo este ruido ha cogido en la redes a miles de millones de personas. Son los enredados.
Pero los excesos acaban por empachar. Tímidamente todavía, empiezan a salir voces de gente razonable que reclama un poco de sosiego, reflexión y distancia. Es una buena noticia. El Ciervo tiene habilitados desde siempre espacios para la tranquilidad y el cultivo del espíritu en secciones como por ejemplo El rincón de la mística o el Pliego de poesía. La nuestra, como saben bien los amigos lectores, es una revista que intenta no enredar y que tiene autoridad moral para contemplar con cierta distancia esta convulsión de los medios: ediciones que van y vienen, revistas que cierran porque no aguantan más o diarios que celebran como éxitos históricos (y lo son) llegar a los 40 años. Felicidades, pero El Ciervo lleva 68, siete décadas sin interrupción y aquí sigue, tratando de dar razones y elementos para la reflexión y el disfrute nuestro y de los lectores. Como un remanso discreto.


Bienvenidas las voces que piden tomar distancia de las redes y hacer más caso al viejo papel –literal o figurado– de los medios. Ojalá tuviéramos rederas en lugar de influencers. El de redero es un oficio básico para la pesca y casi exclusivamente femenino. Las rederas reparan, cosen, arreglan las tramas que en cada faena se enganchan o desgarran. Son especialistas en desenredar. Su trabajo es fundamental pero mal pagado y ocupa cada vez a menos gente: según datos del ministerio de Agricultura, no llegan al millar de trabajadores con papeles en regla, la gran mayoría está en Galicia y en la franja alta de edad, entre 40 y 65 años. Hay preocupación en el sector pesquero porque no se vislumbra relevo generacional y el oficio parece que está en vías de extinción. Las jóvenes no se apuntan, no hay maquinaria o robots que ayuden, es un trabajo manual y artesano. Pide manos y arte.


El oficio de las rederas debería servir de ejemplo y su incierto futuro de aviso al periodismo, porque es justamente la misión de este luchar contra los aludes de intoxicaciones que caen y son arrastrados por las redes, se acumulan, se adhieren a su entramado y forman una malla espesa y maltrecha que no asienta verdades sino confusión y mentiras. Lo que hacen las rederas debe hacerlo el periodismo, antes de que unas y otro se extingan. Reparar. Trabajar. Desenredar.

Revistas del grupo

Publicidad