Buenas intenciones

El demócrata Eric Adams, expolicía de 61 años, ganó las elecciones a la alcaldía de Nueva York que se celebraron la semana pasada por un margen histórico de más de 40 puntos. En sus primeras manifestaciones tras la incontestable victoria, afirmó emocionado que “Nueva York ha elegido a uno de vosotros, yo soy vosotros”.

Me pregunto qué quiso decir exactamente con ese “yo soy vosotros”. Mi sensación es que venía a decir algo como que es un ciudadano de a pie que llega al poder para ser un alcalde de a pie. En otras palabras, que su nuevo cargo no será obstáculo para continuar siendo quién es y actuar como piensa.

Si esa fue su intención, no sería el primero que ante la certeza de que va a tomar el poder piensa en subrayar que a él no le va cambiar en absoluto y que seguirá siendo una persona íntegra, tanto en lo personal como en lo ideológico. Yo soy vosotros y lo seguiré siendo, no temáis. Me hace pensar en el “no os defraudaré” y “el poder no me cambiará” de Zapatero e incluso en el primer discurso de Obama como presidente electo, en el que logró convencer a medio mundo de que alguien normal había llegado por fin a lo más alto y que, ante tal expectativa, todo iba a cambiar y a ser… ¿normal?

Con tantos buenos propósitos iniciales y las elevadas dosis de decepción que suelen sucederlos, me viene a la cabeza aquello de que el camino al infierno está lleno de buenas intenciones. Es conmovedor y hasta cierto punto reconfortante ver que hay políticos que antes de tomar el mando piensan en no caer en los errores de los que les precedieron, pero quizá olviden que algunos de los que los cometieron tampoco lo pretendían a priori. El problema es que luego se toparon con el poder. Y tomarlo significa someterse a reglas –escritas o no-, tomar decisiones impopulares que decepcionaran en algún momento a los tuyos y, sobre todo, aguantar las presiones de quiénes querrán impedir a toda costa que seas fiel a tus principios y actúes en contra de sus intereses.

Hace unos años, la exministra socialista Mercedes Cabrera, quien por entonces promocionaba su libro El poder de los empresarios. Política y economía en la España contemporánea (1875-2000), me confesó al finalizar una entrevista que el poder económico mandaba casi lo mismo que el poder institucional. Cincuenta y cincuenta, dijo. Si tomamos ese dato como una aproximación más o menos cercana a la realidad, comprenderemos que una de las razones que quizá expliquen la desafección de la política sea el que nuestros políticos electos se empeñen en ser inocentes y prometan en caliente cosas que después no van a ser capaces de cumplir. Aunque lo deseen con todas sus fuerzas. Si no fuera por lo poco vendedora que es la frase, sería más honesto que dijeran algo así como “os prometo que haré todo lo que buenamente pueda”. Porque ya se sabe que quien hace lo que puede, no está obligado a más. Dicho esto, mucha suerte y aciertos al nuevo alcalde de Nueva York.

Carles Padró, periodista

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