Metaverso: la toxicidad de nuestro espejo

Las revelaciones que Frances Haugen, trabajadora de Facebook, hizo al Congreso de los Estados Unidos resultan escalofriantes. Revelan el mal que produce a nuestra sociedad ser capaz de relacionarnos masivamente mediante el anonimato en las redes sociales. Ya sabíamos que en el mundo virtual podemos comportarnos como auténticas bestias, pero Haugen señalaba, entre muchos otros excesos de la empresa de Mark Zuckenberg, que Facebook había conseguido además reducir los esfuerzos gubernamentales de la administración norteamericana para vacunar a la población. Gracias a los grupos de antivacunas, a los difusores de teorías delirantes sobre los chips que incluye el pinchazo para controlar nuestras mentes, o a ese grafeno magnético que hace pegarse las cucharas a la piel, muchas personas han rechazado una medida útil y eficaz contra la pandemia. Cumpliendo aquel inicio de Historia de dos ciudades de Charles Dickens «era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad…». Era 1859 cuando el autor inglés que mejor reflejó una sociedad aquejada de los males de la Revolución Industrial escribía esas palabras, y parece que ahora vuelven a ser la introducción a nuestro propio presente. El de la Revolución Tecnológica. Cuyo nuevo paso anuncia que las redes y la desinformación de internet no solo han venido a quedarse, sino que pronto acapararán más tiempo de nuestra vida en el mundo virtual que en el físico. El objetivo es que cuando estemos cansados de la pantalla no bajemos a la calle a dar un paseo, sino que entremos en el metaverso.

Zuckerberg ha acaparado el anuncio sobre la creación de ese mundo virtual, pero es una iniciativa global de todas las tecnológicas de Silicon Valley. Sin más espacio para crecer económicamente -ya lo hacemos prácticamente todo por internet- necesitan la realidad virtual a fin de ampliar su negocio. Por ciencia ficción que hoy pueda parecernos, mañana podremos ponernos unas gafas y entrar «físicamente» en la sucursal de nuestro banco, en nuestra oficina, en la fábrica, o en una calle comercial o centro comercial ha hacer nuestras compras. Porqué querría nadie hacer eso, se preguntarán muchos. De hecho una generación de niños y adolescentes ha tenido que hacerlo en la pandemia, y los videojuegos les han permitido no solo entretenerse, sino seguir relacionándose con sus amigos, a los que no podían ver en clase, en el parque, o en las calles. Jugaban en grupo, reían en grupo, se relacionaban en grupo, desde su salón y con su consola. Que mañana les parezca el metaverso tan natural como hoy a los más mayores pasear por las calles no debería parecernos tan raro. Esta evidencia, unida a la inversión milmillonaria que Facebook y otros como Intel, Nvidia, etc., realizarán para conseguirlo parece anunciar que, efectivamente, existirá en unos años.

La pregunta es a dónde nos conducirá un mundo aún más interconectado. Internet y las redes sociales han alumbrado una sociedad polarizada, que en medio de los más maravillosos avances del intelecto -como lo es crear una vacuna apenas meses después de comenzada una epidemia, no años ni décadas, meses- convence a grandes masas de población de que ese avance científico es un mal que campa a sus anchas. Asistimos también a la expansión de los mensajes de la ultra derecha y del populismo, soluciones fáciles y rápidas a una realidad difícil, que gobiernan Hungría o Polonia, países de la UE, como la cosa más natural del mundo. Estos mensajes lesivos para la vida en común no habrían alcanzado tal repercusión sin internet. Imaginemos cuánta alcanzarán con un metaverso.

La tecnología no es tóxica, los somos nosotros. Y hay solución. Volviendo a abrir un debate que ya se libró en tiempos de nuestros abuelos, cuando la radio y los periódicos crearon la primera sociedad conectada globalmente. Aparecieron entonces los carteles de Prohibido escupir, Se prohíbe el cante, o No se fuma. Aún queda alguno, y son la evidencia de una sociedad que trataba de imponer la cortesía en el trato social. No es poca cosa el intento en un siglo, el XX, que provocó dos guerras mundiales y cientos de conflictos civiles. Nosotros lo tenemos mucho más fácil, al menos si adquirimos la conciencia de que en ese metaverso, o en las redes sociales de hoy, hay que poner un cartel muy grande y muy visible: No se agrede. O como diría Ibai Llanos, «toxicidad fuera, mala vibra fuera».

Martín Sacristán, periodista y escritor

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