Pasiones pintorescas

Toda época tiene sus extravagancias. La nuestra, sin ir más lejos, ha elevado el correteo de veintidós tipos detrás de un balón durante noventa minutos a la categoría de espectáculo edificante.

El fútbol, además de un perfecto remedio contra el insomnio, no es más absurdo que, por ejemplo, batirse en duelo, costumbre muy de moda en tiempos pretéritos, por lo que cualquier crítica en ese sentido resulta infundada. No obstante, hace tan sólo unos días, con motivo de las celebraciones por el triunfo de no sé qué equipo en no sé qué competición, algunos aficionados tuvieron a bien vandalizar parte de las casetas de la Feria del Libro Antiguo de Madrid. Probablemente, saquear los puestos haya supuesto para ellos la experiencia literaria más intensa que han tenido jamás en su vida. Pero tampoco exageremos lo sucedido. Es cierto que contemplar a la caterva arramplando exaltada con una pila de libros se antoja algo pueril, igual que ver a personas por lo demás respetables berreando en un bar delante del televisor, aunque, en el fondo, el balompié no pasa de ser eso, una tradición pintoresca más.

Ahora bien, ¿por qué el fútbol desata pasiones tan viscerales? Hay personas a las que, por ejemplo, les gusta tanto la ópera que llegan a pagar cientos de euros por asistir a un recital. Lo mismo pasa con conciertos de música, obras de teatro, exposiciones de arte… La diferencia es que esta gente ni lanza bengalas contra los actores, ni profiere alaridos inenarrables contra Juana de Arco, ni le mete el dedo en el ojo a Fígaro, ni destroza nada al salir. Pero es que el fútbol es, ante todo, una competición, y en las competiciones se gana o se pierde. Y eso, ganar, es lo que desata pasiones. Resulta cándido ver a los aficionados del equipo victorioso gritar aquello de «Campeones, campeones» como si realmente ellos también hubieran ganado algo más que una estúpida afonía.

El motivo por el que los seguidores de otros deportes como el baloncesto, el tenis, el golf, el waterpolo, la petanca o el ping-pong exhiben comportamientos más civilizados, se me escapa. Imagino que será una cuestión meramente estadística: el fútbol llega a más gente, y si la mayoría social prefiere un partido de la Liga antes que una exposición del Prado, no es porque el arte sea elitista, sino porque no les gusta, al menos no lo suficiente.

Aún con todo, una virtud sí tiene el fútbol. En un mundo cada vez más carente de empatía en el que el egoísmo se camufla bajo eufemismos de psicología barata, resulta esperanzador ver a completos desconocidos compartiendo por una noche alegrías y decepciones.

 

Marcos López Carrero

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