Siempre quiero ser lo que no soy, de Aloma Rodríguez

Los cuentos, las narraciones de Aloma Rodríguez (Zaragoza, 1983) tienen una particularidad. Se ocupan fundamentalmente de los espacios de cambio y actúan como sendas ciclables. Los comienzos son inmundos, tendemos a recrearnos en ellos y a recordarlos a nuestra manera: nos los inventamos; los finales marcan el fin de la conversación, y en los textos de Aloma se habla y se lee mucho y ambas cosas se hacen bien. Este interés por lo que sucede en el «durante» es poco frecuente, si tenemos en cuenta el rosario de preocupaciones actuales, que no son más que artificios corrientes, en torno a los tiempos verbales. En los libros de la zaragozana, el tiempo es un chicle, y aprendes a disfrutar no solo de su sabor, sino también de su plasticidad. Al fin y al cabo, el tiempo solo es tiempo si te dejas arrastrar.

Tras la publicación de París tres (2007), Jóvenes y guapos (2021), Solo si te mueves (2013) y Los idiotas prefieren la montaña (2016), todos estos títulos publicados en Xórdica, aparece Siempre quiero ser lo que no soy (Milenio, 2021). Pero antes de remangarnos y charlar sobre este volumen de relatos, hagamos un pequeño inciso, una prescripción. La lectura de Los idiotas prefieren la montaña debiera ser un paso obligatorio a la hora de efectuar el mapa de la última literatura contemporánea española, no solo por los leitmotiv del texto, la incertidumbre, la muerte, el dolor, la amistad, sino por su voluntad de estilo y vocación por los espacios que mencionaba. Lo que no se dice mucho es que cuando cambiamos o estamos en etapa de cambio es porque algo nos ha sucedido y todo se empieza a observar desde ese falso presente que alumbramos; «We tell ourselves stories in order to live», que dijese Joan Didion. Esa ficción nos permite situarnos en la estancia y abrirnos paso no andando, sino corriendo hacia la galería donde se expone todo aquello que habrá de pasarnos. Caminar el texto es abrirse a la multitud con prudencia, y esto es un poco lo que hace nuestra autora, reírse de lo cotidiano, porque en los textos de Aloma se habla y se lee, es verdad, pero también se ríe y se discrepa del gentío para sentarse en un banco a observar su estupidez. La mirada es además una mirada desde el «yo» que habita ese tránsito y la pericia de la escritura se instala en ese mostrarlo todo, decirlo todo, el puro cachondeo del decir, pero ¿dónde está la narradora? ¿Se muestra verdaderamente? Aloma Rodríguez subraya en Los idiotas prefieren la montaña algo que ya había señalado con anterioridad en sus otros títulos, la libertad del que nos cuenta una historia íntima, real. Esto es, el margen de decisión que un creador tiene para escoger los materiales que transformará y ofrecerá como literatura. Para ello emprende el viaje a la ficción con los útiles necesarios para construir una primera persona finita, hermosa y sin alharaca. Alguien con quien se puede charlar. Con muchos narradores que hoy día esgrimen este tipo de ficciones es imposible hacerlo, son ombliguistas; son, en fin, un rollo.

Siempre quiero ser lo que no soy es, como habíamos dicho, un volumen de cuentos que narran el suceso cuando está pasando; que tratan la libertad de mirar con amplitud y sin sorna, pero con delicadeza, calidez y humor. La libertad, el amor, los malentendidos, la amistad aparecen con una fuerza inusitada a la que solo puedes agarrarte, imagínate que no vuelven a pasar. Es un libro en el que el tiempo se comprende como algo que se puede mirar y que quizá se pueda tocar. El tiempo, que es el invento más irracional de todos, se convierte en un entre material que se puede sentir con los dedos y cuyo devenir nos parece hasta lógico. De pronto, en los relatos de Aloma, casi se podría decir que es una instancia maleable, ¿verdad? Mientras leía tenía la sensación de que algunos de ellos eran rostros amigos que podía tomar entre las manos y hacerles perrerías, muecas, estirar los mofletes. Morderlos. El libro funciona igualmente como un catálogo de argumentos en contra del minutero y a favor del bailar, del moverse. La zaragozana parece, además, mostrarse en demasía, pero lo cierto es que, ¿dónde está? ¿Dónde está Aloma? Hay motivos comunes que se pueden rastrear en sus incisivas, pero siempre certeras columnas de opinión o artículos sobre algún libro que esté leyendo, pero lo cierto es que no, te ha parecido confundir a la narradora con la escritora, pero no ha sido así.

La ventaja que ofrecen los libros de cuento es que puedes empezar por donde quieras. Si bien es cierto que este libro funciona o se podría leer como una novela sobre todas aquellas personas que queremos ser sin ser ninguna de ellas, se permite la travesura. Yo empezaría por «Dos muertes, veinte euros, un anillo y una estampita». Por cierto, Aloma, que «No sé cómo hacer para leer, o escribir».

Andrea Toribio, hispanista y editora

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