Latinoamérica, que ha sufrido el populismo quizá más que nadie, observa con inquietud los primeros pasos y gestos de desprecio que le dirige desde la Casa Blanca Donald Trump. ¿Cómo puede afectar la irrupción de un presidente
aislacionista al equilibrio regional y por tanto al mundial? El profesor de ciencia política Salvador Martí ha coordinado este trasfondo con aportaciones de colegas de Ecuador, México, Argentina, Oxford, Girona y Salamanca que nos dan puntos de vista, datos, reflexiones y pistas para entender mejor nuestro (cada vez más) pequeño mundo.

La inesperada llegada de Trump a la presidencia de los Estados Unidos ha generado múltiples incógnitas sobre cuál puede ser la política norteamericana respecto de América Latina. Esto es así debido a que en la campaña electoral el entonces candidato desarrolló un discurso nacionalista y xenófobo, y sólo se refirió a la región a través de dos temas trufados de prejuicios, a saber, la deportación de los latinos sin papeles y la construcción de un muro en la frontera con México.

A pocos meses de su llegada al poder aún no hay demasiada claridad sobre cuál será la relación entre EE UU y sus vecinos del sur, pero ya hay indicios de por dónde puede ir. Sin embargo, antes de empezar es preciso señalar que tanto la política de deportaciones como la de la construcción del muro no son novedad: desde 1994 hasta hoy los EE UU ya ha construido más de 1.050 km de valla en la frontera, y la administración Obama ya realizó cerca de unos tres millones de deportaciones, casi la mitad de personas sin ningún antecedente penal.

Con todo, parece que la administración Trump tiene una voluntad más explícita e intensa respecto a los dos temas arriba citados, a la vez que muestra algunas tendencias en otras dos cuestiones más: su forma de relacionarse con los regímenes políticos de la región, y la de defender los intereses económicos norteamericanos. En este texto vamos a señalar de forma muy breve la posición de la nueva administración en estos cuatro temas.

El primero se refiere a la política de deportaciones, que se ha consolidado después del decreto migratorio firmado el 25 de enero de 2017 que amplía el abanico de personas que pueden ser detenidas y da más poder a los agentes para detener indiscriminadamente a personas no nacionales. Esto ha generado mucho miedo entre la comunidad latina hasta el punto de que algunas familias han empezado a desescolarizar a sus hijos y muchos trabajadores han dejado su empleo.

El segundo tema es el de la construcción del muro que, si bien parcialmente ya existe, está generando una mayor vulnerabilidad de los inmigrantes que deben buscar pasos más remotos y arriesgados para llegar a territorio norteamericano, y pagar más a las mafias que controlan el paso ilegal de personas. A la vez se ha dado alas a la criminalización de los inmigrantes y más impunidad a los paramilitares que los “cazan” en la zona fronteriza.

El tercer tema es la política de no injerencia en los temas de derechos humanos de los regímenes de la región y la dejación de criterios normativos a la hora de relacionarse con ellos. Parece que Trump continúa la política hacia América Latina iniciada con George W. Bush que prioriza la relación con los países latinoamericanos según suproximidad geográfica. Washington mantiene un gran interés por controlar lo que acontece en su frontera meridional y en el Gran Caribe, interés que se atenúa al llegar al mundo andino y disminuye aún más respecto al Brasil y el Cono Sur. Sin duda este retraimiento de la administración estadounidense hacia los gobiernos latinoamericanos coincide con el viraje de muchos de ellos hacia una posición de derecha pro-​liberal, con una crisis de los procesos de integración de corte latinoamericanista (ALBA y Mercosur), y con la quiebra del régimen venezolano. En este sentido puede presumirse que la relación bilateral entre Estados Unidos y los gobiernos latinoamericanos será poco convulsa en el próximo lustro. Las dos incógnitas son el caso de México, donde no se sabe si el discurso xenófobo de Trump dará alas a la candidatura izquierdista y nacionalista de López Obrador o no; y el caso de Cuba, donde no queda claro si la voluntad de revertir las iniciativas de Obama van a congelar la situación existente o significará un apoyo explícito a las iniciativas opositoras.

El cuarto y último tema es la relación contradictoria de la administración Trump respecto al mundo de la empresa, en la que combina una lógica proteccionista que jalea a que empresas norteamericanas se relocalicen en los Estados Unidos y abandonen los países latinoamericanos, con políticas de apoyo hacia las grandes corporaciones extractivas (mineras, petroleras, forestales) que tienen un nocivo impacto social y medioambiental. En cualquier caso parece que el ímpetu de liberalización comercial que impulsó los Estados Unidos desde los años noventa en todo el hemisferio está llegando a su fin.

Finalmente cabe pensar si en esta nueva coyuntura otras potencias alternativas van a penetrar en una región que históricamente se ha visto como un espacio geopolítico reservado a los Estados Unidos.

Salvador Martí i Puig Miembro del instituto de Ibereoamérica de la Universidad de Salamanca y profesor de ciencia política de la Universidad de Girona