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El autor se confiesa: Karlos Linazasoro

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7-09-2018

El escritor guipuzcoano Karlos Linazasoro se confiesa en el blog de El Ciervo y nos cuenta el proceso de creación y escritura de su libroVersus (Jekyll&Jill, 2018). Naufragios, soledad, nostalgia y obsesiones personales, son algunas de las cuestiones que atraviesan este libro tan singular como maravilloso. 

Mi Versus del alma
por Karlos Linazasoro

Tenía en mente Exercices in style, de Queneau. Me parece maravilloso. Quería hacer algo parecido, escribir un cuento de 99 formas diferentes. Ese era el reto que me planteé. Algo completamente minimalista, algo en las antípodas de lo que hoy se escribe y triunfa, esas novelas gordas e infames donde todo se dice, todo se cuenta, todo es vacuo e inane.

El personaje del náufrago ha estado en mí desde siempre. Ha aparecido en muchos de mis libros anteriores. El ser humano ante la soledad más absoluta. Ese era Versus. Ahí dudé: Versus o simplemente Vs.. Por motivos más bien comerciales decidimos Versus. Luego me acordé de la típica isla de las viñetas, pequeñísima, con su palmera en el centro. Y ahí coloqué a mi náufrago: una isla de 10 metros de largo y 5 de ancho con una palmera en el centro. Eso era todo. Recuerdo que durante algunos días quedé paralizado por el pánico. Me gustaba el planteamiento, pero a su vez me parecía demasiado extremo. Difícil de cumplir. Creo que en algún capítulo del libro se habla expresamente sobre ello.

Lo dejé descansar unos días, no muchos, porque ahí está siempre el insomnio para recordártelo. Ya lo tenía todo, lo único que debía hacer era rellenar las 99 casillas que tenía ante mis ojos. Escribí la primera. Un narrador en tercera persona, que contara lo que le sucedía a Versus, que lo conociera por dentro, pero no mucho; que vacilara, que hablara sobre él pero siempre con dudas, con lagunas, desdiciéndose, con distancia pero a la vez con un gran cariño... También decidí entonces que las escenas debían ser de una longitud similar, entre 10 y 12 líneas, más o menos.

Así pues, poco a poco, fui rellenando casillas. Y despúes de haberme inventado la estructura de lo que sería mi nouvelle, me di cuenta -a posteriori, ya digo- de que el artefacto que tenía entre las manos era ideal para contar mis obsesiones y mis historias. Como el libro renuncia a toda característica o singularidad de la novela, me vi libre para escribir mis neuras, pensamientos, recuerdos, etc. Había creado una especie de cajón de sastre (caja de Pandora, mejor) donde todo cabía. Tiré, pues, sobre todo, de imaginación, y ahí se escaparon todos mis fantasmas. Tal como estaba planteado el libro, no existía problema de verosimilitud. Y si todo es verosímil, si lo que cuentas es creíble y hasta casi real, has conseguido la libertad absoluta, el premio más grande que te puede ofrecer el artificio literario.

Versus, como Flaubert decía de Madame Bovary, soy yo. O también soy yo. No siempre, pero sí a veces. Muchas veces, diría yo. Mío es su humor, su desesperanza, sus grandes lecturas, su biografía, sus filias y sus fobias, su libido, su filosofía y su poética, sus amados poetas y cuentistas, sus patotologías (no todas), su miedo al abismo y la soledad y al ruido del mundo, su hipocondría, su simpatía (perdón), sus recuerdos y sus olvidos, su celebración de la vida y su afligido lirismo, su inveterada crueldad, su desasosiego, su pasión por los mitos...

Todo aquí es absurdo y exageración y caricatura e hipérbole, todo falso y todo ficción y fantasía, y aun así y precisamente por ello, todo tan real y verdadero que cuando ves que Versus se asoma al extremo de la isla y está a punto de ser engullido por los tiburones, se te hiela el alma, ese alma a la que se refería Kafka. Y si no se te hiela, o es que no la tienes, o es que el libro no vale ni para el expurgo. Vale.

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