
La volatilidad de los tiempos y de la opinión pública resulta inquietante. Veamos si no la rapidez con que los acontecimientos se suceden, por ejemplo, en el Reino Unido. En apenas dos años, se ha esfumado todo el capital político acumulado por el laborista Keir Starmer tras su amplísima mayoría de 2024. Después de un batacazo en las urnas en los últimos comicios locales, dimite y le deja vía libre al exalcalde de Mánchester, Andy Burnham. Los cambios de humor electoral son vertiginosos. Las contradicciones, también.
Una década después de que el país eligiera en 2016 marcharse de la Unión Europea en un referéndum que fracturó el país (y su clase política) por la mitad, un 57% de los británicos considera que este divorcio, uno de los acontecimientos más relevantes de este siglo, fue una equivocación, según una jugosa encuesta realizada por el European Council on Foreign Relations (ECFR). Cabe recordar que la victoria a favor de la salida de la Unión fue ajustada: ganó la ruptura por un 51,9% de los votos.
Cuando este think tank pregunta por los mayores beneficios obtenidos gracias al abandono de la UE, las respuestas que más abundan son “no lo sé” o “ninguno”. De hecho, un 66% de las respuestas apuntan que el Brexit ha tenido un impacto negativo en el coste de la vida.
Seis de cada diez británicos verían con buenos ojos priorizar la relación con UE hasta el punto de aceptar a trabajadores de otros países europeos, fruto de la libre circulación, algo que los dirigentes políticos ni plantean. Entre quienes eran demasiado jóvenes para votar hace diez años, siete de cada diez preferirían estar dentro del club. Y, encima, al otro lado del Canal de la Mancha, no se vislumbra rencor: un 66% de europeos apoyaría un regreso total del Reino Unido en la Unión.
Y, sin embargo (la paradoja), los sondeos aúpan semana sí y semana también a Reform UK, el partido de Nigel Farage, “el padre del Brexit”. Aunque el sistema electoral británico de mayoría simple por distritos no implique una traducción en escaños del voto distribuido por el país, las encuestas colocan a Farage en primer lugar: según Opinium, Reform UK, obtiene un 27% de todos los votos, por delante del Partido Laborista (20%) y de los tories (18%). Tras la fulminante dimisión de Starmer está la voluntad de parar la ola de la ultraderecha con un recambio de mayor carisma. A Andy Burnham, por algo le llaman “el Rey del Norte”.
Es tan cierto que Burnham dijo hace unos meses que le gustaría ver al Reino Unido regresar a la Unión Europea “durante su vida” como que, al desembarcar en Londres, descartó cualquier petición en este sentido. Si fuera cierto que el pragmatismo ha reemplazado a la polarización, como concluyó el ECFR al presentar los resultados, ¿por qué ni laboristas ni conservadores ponen sobre la mesa un eventual regreso? Y más, considerando el cambio demográfico producido en diez años: el país ha ganado seis millones de nuevos jóvenes votantes y han fallecido otros tantos votantes del referéndum original.
Los grandes partidos han experimentado, e incluso alimentado, la impaciencia ciudadana. Saben que el humor social cambia muy deprisa y que anda siempre buscando un culpable. Las heridas pueden reabrirse en cualquier momento.
El Brexit fue una reacción a un descontento ciudadano muy real. También fue el primer experimento de desinformación a gran escala de nuestro tiempo. Llegaron a circular autobuses por el país exhibiendo como lema que los 350 millones de libras a la semana que se enviaban a Bruselas podrían financiar la sanidad británica. Poco se habló del famoso “cheque británico”: con el argumento de que el grueso del presupuesto comunitario se destinaba a la agricultura, Thatcher negoció que le devolvieran más de la mitad del dinero que aportaba a las arcas comunes.
Farage supo explotar el malestar social con argumentos torticeros y promesas incumplidas. La economía británica es hoy entre un 6% y un 8% más pequeña. La caída en inversiones extranjeras ha reculado, la exportación de bienes a la UE se ve lastrada por la burocracia. Ahí están los más de un millón de jóvenes que ni estudian ni trabajan, el peor dato en 12 años. La inflación es elevada (3,2%). Las listas de espera sanitarias, pese a la estabilización en primavera, son históricas. Por otra parte, Donald Trump ha dinamitado cualquier relación privilegiada entre Londres y Washington, mientras los acuerdos con países terceros no han podido reemplazar los vínculos con el mercado europeo. La sensación no es la de haber “recuperado el control” cedido a Bruselas. Tampoco en materia de inmigración.
Pero en el mundo de la posverdad, Farage siempre podrá darle la vuelta. Su mensaje: el Brexit no ha fallado. Son los políticos (los otros) quienes no lo han sabido gestionar. •
POR ARIADNA TRILLAS, PERIODISTA