El dinosaurio ya estaba aquí

Asalto al Ciervo

Artículo publicado en el N.º787 (May-Jun 2021)

“A quien compete salvaguardar la libertad de prensa no le cabe la indiferencia ante hechos como este”. Con estas palabras, dirigidas claramente a la autoridad incompetente en la materia, el periodista José Manuel Gironés condenaba el asalto a la redacción de El Ciervo perpetrado por un grupo ultraderechista autodenominado V Comando de Hitler. Antes que Gironés, que lo hizo en el semanario Mundo, la mayoría de grandes cabeceras diarias —desde La Vanguardia, hasta Le Monde, el Herald Tribune, el Times o el Frankfurter Allgemeine— se hicieron eco de la noticia: el 4 de julio de 1973, a las cuatro menos cuarto de la  tarde, un total de cuatro hombres entraron por la fuerza en la redacción de la revista, amenazaron con una pistola a la secretaria —la única persona que se encontraba allí en ese momento—, la ataron a una silla, cortaron el cable del teléfono y destrozaron prácticamente todo lo que estaba a su alcance.

Pero más allá de la violencia explícita, que no buscaba sino infundir miedo, las esvásticas, exaltaciones a Hitler y los “Arriba España” con los que llenaron las paredes y el mobiliario dejaban claro que la intención del asalto tenía también que ver con otra forma de violencia, que no por simbólica era menos peligrosa: la de una ideología fascista que no podía tolerar la libertad de pensamiento de los redactores de El Ciervo.

El Ciervo no era una revista de opinión política, aunque la admitía, ni estaba al servicio de una ideología concreta; tampoco había sido nunca un boletín de difusión del dogma nacionalcatólico; más bien, igual que hoy, practicaba un periodismo comprometido con la transmisión de ideas y el pensamiento crítico. No había tampoco un fin empresarial: El Ciervo era el resultado de la necesidad de expresión de un grupo de jóvenes intelectuales e inquietos que en los años 50 no podían sentirse satisfechos frente a las injusticias que les rodeaban. Y aunque hoy, en la época de los medios digitales, la creación de una revista puede parecer relativamente simple, en 1951 constituía toda una apuesta; un acto de fe que no solo debía hacer frente a las instituciones franquistas y a su aparato represivo sino también al odio de unos ultras que no toleraban la apertura de la sociedad y la cultura españolas, tarea en la que El Ciervo, que llevaba ya entonces veintidós años de vida, tuvo un destacado papel.

Pero mejor que recordar la violencia de una minoría intolerante, sería más honroso hacer mención a la protesta unánime de la prensa en la condena al asalto. Así, la Asociación de la Prensa de Barcelona hizo pública una declaración en la que hacía constar su preocupación por los hechos ocurridos contra la revista, y ofrecía servicios jurídicos a sus trabajadores. La reacción unánime del sector anunciaba la transformación inminente del país; se avanzaba lentamente y con algún susto o paso atrás, pero la libertad de expresión, pesase a quien pesase, iba a ser una realidad y la integridad intelectual de El Ciervo —antes, durante y después del asalto— no hizo más que certificarlo.

Berta Gómez Santo Tomás es redactora de la revista El Ciervo.

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